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Causas del Terrorismo de Estado II

Compartimos la segunda parte de un documento publicado por Social 21, La Tendencia en noviembre de 2018, donde se detallan una serie de procesos, acontecimientos, y conquistas populares, que fueron las causales del Terrorismo de Estado y sus calamidades. Mañana publicaremos la tercera parte. Tengan a bien leer y difundir.
Redacción
Causas del Terrorismo de Estado II

La fenomenal reducción de los costos salariales producida por las listas negras del terrorismo de estado no necesariamente redundó en una baja de precios de bienes y servicios. La fuerte caída en la parte de los trabajadores fue inmediatamente apropiada como ganancia por la patronal, en absolutamente todos los casos. Pensare como conservador acólito del régimen militar o como secreto opositor de la progresía, el total del empresariado capitalista absorbió gustoso la plusvalía manchada con sangre. Se vería en el futuro si ese suculento beneficio extraordinario merecía alguna expiación culposa de su parte. No entonces, no cuando era la hora de recaudarlo. Tal vez después, quizá más adelante, si la política cambiaba… No aceptar era riesgoso.
El inesperado, pero no tanto, superavitario resultado en las arcas empresariales, disoció el mercado interno de sus principal demanda, los salarios industriales. El contraste fue feroz, cruel, pero el colchón de bienestar social heredado del gobierno constitucional tardó un tiempo en diluirse. Y el terror mantenía a raya la reivindicación política. Recién para 1979, la CGT Brasil, Ubaldini, lanzó un paro nacional, de acatamiento notable si se atienden las circunstancias. El conflicto inter pares entre el empresariado y la embajada poco tardó en plantearse. Los primeros decían tener excedentes exportables, pero la segunda solo aceptaba los de origen primario. No le interesaba una colonia proveedora de productos industriales, por baratos que fuesen.
Internamente, la tercerización a ultranza, el out sourcing importado de EEUU, comenzaba a dar lugar a una carrera de corrupción galopante, no exenta de negocios cerrados a punta de pistola y con el Unimog de la tropa esperando en la puerta. Porque también la empresa privada recibió visitas de cortesía para convencerla de subcontratar empresas fantasmas, de mano de obra barata pero altamente calificada, y delegar en ellas tareas rentables que ejercía por sí misma… socializando ganancias con los esbirros del régimen. Oferta que casi nadie osó rechazar y forzó a los jefes de personal a despedir trabajadores con cualquier excusa para luego retomarlos bajo el mando de la compañía sub contratista y para hacer, exactamente, el mismo trabajo. Tan vil e impune era la circunstancia, que muchos trabajadores-rehenes ni se molestaban en llevarse la ropa y efectos personales. Dejaban la taquilla del vestuario con el candado puesto, ya que antes de una semana volverían al mismo lugar, para hacer el mismo trabajo, con las mismas herramientas. Lo único que cambiaba era su patrón.

Brutos sin consuelo, al punto en que solo un militar puede serlo, el terrorismo de estado creyó que podía ser aceptado por el primer mundo, que Roma pagaría traidores. Con esta ilusión, lamió cuanta bota extranjera se expuso a sus lambetazos… con resultado nulo. Cuanto más esforzada era su obsecuencia, peor y más humillante era la respuesta de la embajada. Entonces, descorazonado, el régimen vuelve sobre sus pasos y trata de congraciarse con la Patria argentina y su Pueblo trabajador. La consigna es inapelable para propios y ajenos: Malvinas. La reivindicación secular que nadie osó atender, tampoco la democracia. El Gral Galtieri tiene, llena y rebosante, su Plaza de Mayo… y con su dueño histórico, Perón, muerto. Es el caos.
El empresariado capitalista nacional y extranjero, tan insaciable como el del cualquier otra parte del mundo, comprende que es un error estratégico y se abre lo más cuidadosamente que puede. Pero se abre. Una cosa es matar argentinos y muy otra ingleses. Una cosa es defender el capitalismo extranjero y muy otra el territorio nacional. La embajada, gustosa, deja que los niños vengan a ella. Es tema más del Pentágono que de la Secretaría de Estado. No es tema de empresarios ni es negocio. “Si quieren venir, que vengan, les presentaremos batalla” hace explotar de patriotismo a la multitud. Pero “yo interpreto al pueblo argentino” produce una rechifla igual de intensa, acto seguido. El borracho rencoroso, único cadete en reprobar West Point, gana y pierde por goleada en un mismo discurso. El caos crece sin parar, parece no tener límites.
Estados Unidos es el país más poderoso de la tierra. El Pentágono, no el Capitolio o la Casa Blanca, es la institución más poderosa de EEUU. El complejo industrial-militar lo más poderoso del Pentágono. Y Northrop Grumman, el mayor fabricante de armas del planeta, es el grupo más poderoso de ese complejo militar-industrial. Todo empresario lo sabe, aunque no lo diga. La embajada se lo enseña, gratis y sin tener que pedirlo… a la fuerza. Y la voz del imperio dijo: Ni siquiera los peores de los argentinos son confiables. Hasta los que secuestraron, torturaron y asesinaron a 30.000 de sus compatriotas, cumpliendo la geopolítica norteamericana para la región, la doctrina de la seguridad nacional. Hasta ellos, diluído su poder inicial, necesitados de congraciarse con la gente, apelaron a la causa de Malvinas. Causa que la sociedad reivindica por popular, latinoamericana y anti imperialista. Es decir, antinorteamericana… Inglaterra debe ganar.
Así el empresariado se preparó a obedecer a la nueva guardia colonial. Se alineó con la embajada contra el gobierno militar de la misma forma que antes lo había hecho con el terrorismo de estado contra el Pueblo trabajador. Eran marxistas, pero de Groucho. Los que cambiaban eran los mandantes. Ellos siempre eran obedientes. Y tenían principios para todo tipo de liderazgo. Su misión era hacer dinero, no política. De fabricantes nacionales se convirtieron en importadores. De industriales en financistas. Diversificaron toda su cartera de inversiones. Y eran capaces de ir a todas partes donde el lucro los llamara. Siempre en calidad de colonos que jamás desafían al imperio que les da poder. Esto es, EEUU y el capitalismo. Así fue y aún es.

Ideologizar el terrorismo de estado es algo que no todos toleran. Porque son de derecha. Pero lo que sucedió con el mismo fue una restauración del orden colonial, que la democracia desafiaba superándolo por mucho en bienestar popular, producción industrial, empleo, vivienda, cultura, turismo. Era la movilidad social ascendente peronista lo que acontecía. Feliz y a toda velocidad, sucedía. Porque se resistía a perder el terreno ganado, la clase trabajadora y su militancia fabril, universitaria y barrial fue demonizada. El diagnóstico falso de Ricardo Balbín denunciando una guerrilla fabril que no existía y declarando que la Unión Cívica Radical no tenía solución para la situación creada fueron luces verdes al golpe, que tal vez no imaginó tan cruento.
Esta caracterización fue repetida a ultranza por la pyme capitalista, que mordía la mano que le daba de comer. Esto es, el Estado Empresario y la protección política del mercado interno argentino. La producción nacional de bienes y servicios. La regulación de salarios y condiciones de trabajo por medio de convenios colectivos, con discusión paritaria entre capitalistas y trabajadores. Ese sistema, solidario y unificado, hacía que un metalúrgico aislado, de Tierra del Fuego, fuera defendido en su salario por las masas conurbanas y capitalinas, que tenían fuerza suficiente para hacerlo, en un convenio colectivo con el país como territorio único. Igual los trabajadores rurales de los campos de la oligarquía nucleada en la Sociedad Rural Argentina. Igual los albañiles empleados en las obras de empresarios de la Cámara Argentina de la Construcción. Gente adinerada que protestaba contra la unidad nacional de los trabajadores… olvidando que UIA, SRA, CAC y todas las cámaras empresariales también unificaban el territorio nacional cuando les convenía.
Esta típica doble vara, se estiró hasta el relato policial con el regreso de la democracia, pero no toleró el político, el ideológico, el causal del terrorismo. Porque los derechos humanos se detienen ante la propiedad privada de la misma forma que las libertades republicanas ante las ganancias imperiales. Lo que no está dicho todavía, lo que no tiene aún memoria, ni verdad, ni justicia, es que el sistema partidocrático demoliberal cesa cuando el imperialismo capitalista lo desea. Y que, aunque se hayan logrado de forma pacífica y republicana, la propiedad social de los medios de producción, la protección del mercado interno, el estado de pleno empleo, los salarios dignos y el desarrollo de la pyme nacional, fueron negados violentamente, con secuestro, tortura y muerte, a favor de privilegios indebidos de las cadenas de valor extranjeras. La Nippon Electronic Company, socia de Perez Companc en Pecom Nec, arrasó con todo lo desarrollado en el país. Objetaron a Fate diversificarse hacia la electrónica siendo una fábrica de neumáticos. Pero olvidaban que Perez Companc venía del petróleo… Lo que realmente se objetaba era que Fate era autónoma y nacional, y el otro un prestanombre, un facilitador del país, own country brocker de los japoneses para meterse en el mercado interno argentino.
La amenaza de dumping, con la expresa anuencia del gobierno militar, era ejercida para reconvertir lo libre en dueño de sus cadenas. Chloride International le ofreció a fabricantes y distribuidores de ATMA ser parte de su estructura y vender importado en vez de nacional. La oferta, que no podían rechazar, consistía en plegarse inmediatamente, antes de ser destruídos por precios con los que no podrían competir, y mantener la cartera de clientes, pero ya sin fabricar ATMA nacional, vendiendo Chloride importado. No acceder era tal vez morir… en el más amplio sentido de la palabra, no solo industrial o comercialmente. Así, trabajo, capital y conocimiento acumulados durante años de profesión, eran arrumbados en un rincón para vender extranjero. Y la mano de obra, acendrada en años de genuina labor argentina, era bombeada a la baja, hacia las manos de subcontratistas que la parasitarían, intermediando innecesariamente entre el trabajador y quien lo necesite. La transformación de algunas víctimas, no todas, poco y nada tardó en llegar: lamiendo, adulando la mano que lo explotaba, egoísta y cagador, individualista a ultranza, ventajero y miserable, el terrorismo de estado también generó su perfil de obrero. Sumiso y delator, obediente y chupamedia, era el preferido de los jefes de la hora.

Los suculentos beneficios del terrorismo de estado para los subcontratistas de mano de obra, se vieron sobre todo en la prontísima capitalización de sus dueños. Las listas negras de los despedidos por la economía formal, en blanco, generaron una mano de obra esclava que se vendía al mejor postor, con salario a la baja, en pésimas condiciones de seguridad e higiene, ilegal y precario. Siendo, en aquel entonces como ahora, la ley del tercio una norma no escrita pero de estricto cumplimiento, un tercio era costo, otro impuesto y otro ganancia patronal. Así, dado que lo único que ponía el subcontratista extorsivo era la mano de obra de su empleado, de mínima se llevaba un sueldo por cada uno que pagaba. Pero, siendo evasor, podía duplicar esa renta, abandonando para siempre su oficinita alquilada, desapareciendo en la noche junto a secretaria, teléfono y escritorio, y dejándole el muerto de salarios impagos, indemnizaciones, juicios laborales y demás deudas a sus forzados contratantes, mancomunadamente responsables con estos delincuentes, según la ley.
Pronto, el mecanismo cundió por todo el país como picardía criolla que aceleraba las ganancias de un modo jamás visto, y para empresarios debutantes, más instruídos en el manejo de pistolas ´45 y fusiles FAL que en el del trabajo industrial. Les bastaba tener 50 trabajadores introducidos en alguna obra para recaudar 100 salarios por cada mes que aguantaran sin conflicto. Y 1.300 salarios si pasaba un año. Lejos de quejarse, el trabajador de las listas negras muchas veces agradecía al explotador como a la mano que le daba de comer… asociar al que lo despedía de la empresa formal para engrosar la planilla del subcontratista podía ser harto peligroso. La lucidez política estaba prohibida, y podía ser castigada hasta con pena de muerte. Tan fuerte se hizo ese silencio y esa disociación forzada, que se naturalizó y perduró aún ya vuelta la democracia. Del modo descripto, a sueldos de bolsillo de U$ 400/mes, un ignoto subcontratista, de apenas 50 operarios, podía hacerse con más de medio millón de dólares, para él… en solo un año de trabajo ajeno.
Minimización de los costos, maximización de las ganancias, cero conflicto laboral, cero impuesto, amo y señor de vidas y haciendas, el terrorismo de estado era la epifanía del subcontratista de mano de obra esclava. Los más inteligentes, una minoría, invirtió comprando máquinas, un predio, construyendo un galpón u obrador. Los más, brutísimos, perdieron todo con la misma velocidad y torpeza con que lo acumularon. Su perfil daba más para verdugos que para empresarios. Fueron la verdadera cara del capitalismo colonial: el que, cuando sus ganancias son las que considera suficientes, respeta el orden partidocrático demoliberal, pero, si no lo cree así, no vacila en obtenerlas por medio del terrorismo de estado. Y esto, la continuidad del capitalismo, la geopolítica en su modo terrorista, ha sido silenciada. La muerte de la democracia tuvo como culpable casi excluyente al militar golpista. Pero los que hicieron las ganancias fueron los empresarios capitalistas. Con aprobación ficta de muchos políticos profesionales y jerarcas religiosos. El acuerdo tácito en no ideologizar la historia, es una concesión indebida al sistema capitalista. Su peor, atroz naturalización.

Las embajadas fueron más que partícipes necesarias del terrorismo de estado. Fueron instigadoras. Los verdaderos embajadores, los que perduran aún cuando las relaciones diplomáticas se rompen, son los agregados comerciales… la más política y mandante de las voces en una embajada extranjera. Si no ocupa un puesto más visible y jerárquico en la estructura, es para enmascararse. Es por disimulo, no por falta de poder. Y esos, los agregados comerciales, son los que reciben las quejas de las empresas multinacionales y tramitan excepciones que las favorezcan en la colonia de turno… lo que incluye golpes de estado cuando los estrategas del gran capital así lo consideren. Los intereses norteamericanos en otros países y el autoproclamado destino manifiesto del propio, que se transforma en guerra cuando el golpe de sus títeres fracasa, así lo demuestran.
El rol del empresariado durante el terrorismo de estado, el registro, estudio y denuncia de su conducta política, económica y laboral, es una asignatura pendiente de la democracia. Pero quedaría incompleta sin la inclusión del modo capitalista de producción, el carácter colonial impuesto a la economía argentina y la total responsabilidad en lo actuado de las embajadas extranjeras, alineadas a la norteamericana. No hubo bloqueo alguno a partir del 24 de Marzo de 1976. Ningún negocio fue obstruido o perjudicado por el orden dictatorial. Al contrario, como ya se explicó, el out sourcing de mano de obra, la tercerización en beneficio de genocidas convertidos en subcontratistas, intermediarios entre la mano de obra esclava de las listas negras y el capital concentrado, florecieron como hongos después de la lluvia a lo largo y a lo ancho del país. Estado Empresario y empresas multinacionales por igual sufrieron la extorsión armada de estos parásitos casi tanto como su peor víctima: el obrero expulsado de su trabajo, desamparado ante el terror y necesitado de llevar el pan a su mesa.
La causa política del terrorismo de estado, la imposición del capitalismo, la colonización del país, la esclavización del trabajador en listas negras, el parasitismo de la subcontratación a ultranza, no caben en los relatos policiales del secuestro, la tortura y la muerte. Requieren una investigación de la responsabilidad de los empresarios y las embajadas que se beneficiaron económicamente del terrorismo de estado. La no discusión paritaria de los convenios colectivos de trabajo redundó en que la inflación se comió los salarios sin la más mínima actualización. Esa reducción del costo productivo no se trasladó a los precios sino al bolsillo de los patrones. El dinero manchado con sangre de la represión, se transformó en plusvalía, una mayor ganancia de los propietarios a expensas de los proletarios. La Cámara Argentina de la Construcción, la Unión Industrial Argentina, la Sociedad Rural Argentina, aumentaron su lucro a expensas del sueldo de sus empleados. Ellos también podían hacer lo que los subcontratistas de mano de obra, y lo hicieron. Aún hoy lo hacen, lo intentan. Sobre una masa de 100 albañiles, si logran quitarles un 10% de salario a cada uno de ellos sobre 400 U$/mes, harán 4.000 U$/mes de ganancia por reducción de costos laborales… En esta conciencia, cuando vuelve la democracia, El Sapo Grinspun, ministro de Raúl Alfonsín, daba todos los meses un aumento automático de salarios del 1% por encima de la inflación del mes. Eso también fue memoria, verdad y justicia.

Cuando se rompe el abastecimiento interno de bienes y servicios, el que primeramente y más sufre es el trabajador, no el empresario. Los obreros no dejan de producir para transformarse en importadores. Se vuelven desocupados que traccionan a la baja los sueldos y las condiciones de trabajo de quienes aún, por ahora, no se sabe hasta cuándo, conservan su empleo. Este ejército de reserva del capitalismo, que Carlos Marx describió en el siglo XIX, es un acto consciente y deliberado del sistema, no un efecto colateral del mismo. Así lo prueba el hecho de que todos los economistas, los conservadores pero los progresistas también, aceptan acríticamente una desocupación del 5% de la población económicamente activa como pleno empleo. Esta naturalización con fórceps, considera a ese porcentaje como una masa de trabajadores que está en busca de un trabajo mejor. Eufemismo que hoy ocultaría el drama de por lo menos 1.250.000 desocupados.
Pero desde un punto de vista de poder y control político más que social y de beneficio económico, el terrorismo de estado puso a la empresa capitalista como voz mandante, en nombre y representación del mercado, para la asignación de recursos materiales y la propaganda de valores espirituales. El éxito en los negocios y la prosperidad económica se volvieron una bendición del cielo, una señal contundente del amor de Dios, verificable, material, mientras que el fracaso y la pobreza otra de condena, que daba cuenta de un castigo divino cuya causa, no por desconocida, dejaba de existir… por algo habrá sido. Así, ética protestante norteamericana, libertad de mercado y terrorismo de estado se daban la mano acá, al sur del Río Bravo. La marca de la embajada en todo esto es inconfundible. Son huellas dactilares, ADN genético de Wall Street, la Secretaría de Estado, el Pentágono, la CIA, Ford, Chevrolet, Chrysler, el mercado de cereales de Chicago.
Es el imperialismo,…
Colaborando con la impunidad, revisión histórica y justicia penal restringieron culpa y búsqueda de los culpables a las personas. No a las instituciones, no a las embajadas, no a las empresas capitalistas, que lucraron, y en grande, con el terrorismo de estado. La recuperación de plusvalía de la empresa capitalista y el control extranjero, multinacional, del mercado interno argentino fueron objetivos explícitos del golpe de estado de 1976. No efectos colaterales indeseados, sino el motivo fundamental del hecho y la metodología del terror que le siguió. El retroceso, sistemático y atroz, de todo lo avanzado velozmente en materia industrial, laboral, social y política durante el gobierno democrático. Y la más grande de las instituciones, mayor aún que las embajadas y las empresas multinacionales, es el sistema capitalista. El plan general de negocios de las empresas que, cuando el estado de derecho se le subordina, lo respeta, pero que no duda en violentarlo si restringe sus ganancias, si no le permite transformar derechos en mercancías, si emancipa a sus explotados.

Como ya se dijo, la del tercio es una ley no escrita del capitalismo. Un tercio ganancias, otro costo, otro impuestos. También en la construcción, donde la mano de obra oscila entre 45% y 55% del total del costo. Entonces, al caer derechos laborales y precio de la hora de trabajo humano, Techint, Benito Roggio y demás agrupados en la Cámara Argentina de la Construcción, tomaron como ganancias propias la reducción del salario ajeno. Lo mismo hizo la Unión Industrial Argentina. Igual la Sociedad Rural Argentina. La sangre de los 30.000 abonaba sus negocios y le decía a los demás que mejor recuperar la vieja cultura del no te metás y del igualmente antiguo qué dirán, al que se le agregaba ahora el nefasto por algo habrá sido.
Así una obra que facturase 1 millón U$/mes, si la reducción de salarios fuese del 40%, beneficiaba a la empresa capitalista, a igualdad de precios, con aproximadamente 60.000 U$/mes de ganancia extra. Es decir, unos 780.000 U$/año en caso de que mantuviese el pago de aguinaldo. Pero bastante más, otro extra de unos 150.000 U$/año, si no lo hacía, victimizandose ante sus trabajadores por la situación tan dura que nos afecta a todos. Particularmente conscientes de esta situación, los nuevos empresarios del típico out sourcing norteamericano, los subcontratistas de mano de obra, acosaban a sus clientes exigiendo ser parte de la fiesta, disfrutar del botín que el terrorismo de estado tan generosamente volcaba sobre la mesa de sus presupuestos. Ladrón que roba a ladrón, cien años de perdón era una consigna irresistible del subcontratista ante sus, para nada virtuosos, contratantes. Si los clientes dudaban, aunque excediera su competencia comercial, ofrecían el costeo por absorción como herramienta contable de justificación interna del absurdo gasto por sus servicios.
La corrupción política del Estado Empresario actuó como legitimador de estas prácticas. Del mismo modo que durante el gobierno democrático fuera un ejemplo de lo que se debía hacer en sueldos, condiciones de seguridad e higiene, salarios familiares, aportes jubilatorios, derechos laborales, ahora lo era del secuestro, tortura y muerte de trabajadores, anulación de todos sus derechos, evolución a la baja de sus sueldos… y de la subcontratación a ultranza de mano de obra con cualquier excusa que fuera. Así, la oficialidad militar igualó e instruyó a los gerentes industriales en el uso del terror como herramienta de gestión. La plantilla de personal se nutrió de delatores a sueldo tanto como de obreros especializados. Una llamada de la oficina de personal se volvió algo misterioso y amenazante, difícil de enfrentar, porque tanto podía ser por algo administrativo como la antesala del despido y la muerte. Los semblantes eran sombríos. Y el miedo, como Dios, omnipresente.

El pensamiento científico analiza el tiempo, el espacio, la materia y la causalidad que los explica. Sin la causalidad del terrorismo de estado, sin empresas, sin geopolítica imperial, sin embajadas, sin sistema capitalista que las explique, su análisis deviene en anecdotario policial. Memoria, verdad y justicia resultan incompletas. Sin militancia por la liberación nacional, sin la propia vida como discurso más elocuente, sin el registro de los avances populares a que dio lugar el gobierno democrático, sin la vulnerabilidad y derrota del orden colonial a la vista, el terrorismo de estado parece una exageración absurda. Una descomunal torpeza, una terrorífica sobreactuación, una innecesaria matanza de los militares argentinos contra otros argentinos. Pero no fue asi. Hubo premeditación y alevosía. Sus ejecutores actuaban coordinadamente. Militares golpistas, empresarios capitalistas, jerarcas religiosos, y algunos políticos profesionales también, actuaban de acuerdo unos con otros. Casildo Herrera se borró con absoluta conciencia de lo que se venía. Ese, sabía.
Rodolfo Walsh, otro que también sabía, jamás se borró. Hubo de todo en los años de plomo, tan argentinos y dignos de vergüenza nacional como otros de orgullo. Porque justo es reconocer que los sujetos colectivos pueden ser tan abominables como los individuales. Y el empresariado capitalista en general, no dejó ventaja sin aprovechar, viniere de donde viniere, también del terrorismo de estado. El sujeto colectivo propietario de los medios de producción, hostigó, humilló y explotó al sujeto colectivo proletario empleado en sus fábricas, su comercio, su obraje. Maximizó sus ganancias materiales como nunca antes, y sometió por un largo tiempo a la clase trabajadora. Estamento que, con el gobierno peronista, había osado avanzar al punto de nacionalizar el comercio exterior, rompiendo el bloqueo a Cuba con automóviles Ford, desequilibrar en su beneficio al mercado interno, llegando al pleno empleo del 100% de la población económicamente activa, y generar una crisis de consumo, en la que se compraba meses por adelantado, porque la industria no daba abasto, produciendo 24 hs/día, y no tenía permiso de aumentar los precios para achicar la demanda.
Esta ruptura del orden colonial capitalista, lograda pacíficamente, con instituciones democráticas como el gobierno popular, la discusión paritaria entre el capital y el trabajo, el acceso popular al trabajo genuino, la salud, la educación, la vivienda, la seguridad social, fue lo que el terrorismo de estado vino a destruír. Esta felicidad argentina, digna como nunca antes, erguida sobre sus propios pies, libre, justa y soberana, fue la que resultó intolerable para las embajadas en general, prolongaciones imperiales de Estados Unidos, Europa y Japón. El empresariado multinacional y el autóctono se plegaron, disciplinados y rápidos, al viejo-nuevo orden colonial que los militares venían a restaurar. Pymes, burguesía nacional, oligarquía terrateniente, cámaras importadoras de valor agregado extranjero y exportadoras de productos primarios argentinos, todos, comulgaron con lo que creyeron un golpe de estado más. No supieron ver que lo peor aún estaba por venir. Lo peor de los represores… pero también lo peor de sí mismos: el dinero sangriento.

La constitución nacional argentina manda a levantarse en armas en su defensa si es violentada. Orden que hace de quien resista, por cualquier medio que sea, el legal, y al terrorismo de estado, el ilegal. Pero poder judicial y militares golpistas se amañaron para convivir, respetando la independencia de los jueces… hasta de la propia constitución fueron independientes. Hubo excepciones, como también entre políticos profesionales, empresarios capitalistas y jerarcas religiosos. Pero la convivencia fue la regla. Como en asado conservador, de política, religión y fútbol no se hablaba. Transeúntes en la calle, pasajeros en un tren, hinchadas en la cancha, los argentinos eran una multitud de solitarios. La justicia, como desde 1930, cuando el golpe a Yrigoyen, no se dió por aludida y, de facto, por omisión, continuando sus rutinas, tan aterrorizada como los demás, legalizó.
Entonces, cuando alguien le reprochaba a otro el plegarse dócilmente a los acontecimientos, le bastaba al acusado señalar hacia arriba para mostrar otros, insignes, más culpables que él. Este modo de dar excusas señalando conductas ajenas, exhibiendo la propia impotencia, advirtiendo el peligro en el que estaban todos, él también, fue la excusa predilecta de la empresa capitalista para dar vuelta la página de la política y volver a lo suyo, que decía ser el trabajo, la obra, la producción, pero en realidad era y es la ganancia. Lucro que más se incrementaba cuanto mayor fuese la incidencia de la mano de obra en su estructura de costos. Lo que hizo que el terrorismo de estado encontrara rápido consenso en los mandamás de la construcción, 45% a 55% del costo explicado por empleados directos, y un poco más lento en los de menor incidencia, 8% del costo en sueldos de choferes en una empresa de colectivos. Motivo por el cual los militares invitaban a los más distantes a participar de la fiesta evadiendo impuestos, las cargas patronales primero que nada.
Prohibida la actividad gremial, el sindicato se volvió tan sospechoso como cualquier institución. A comienzos de los ´80s, con el genocidio ya a la vista de todo el mundo, Juan Horvath, secretario nacional de ATE, viaja a la Organización Internacional del Trabajo, OIT, con Albano Harguindeguy, general usurpador del ministerio del interior, para decir en Ginebra, Suiza, que no había desaparecidos en la Argentina. Ese era el contexto en el que el trabajador estatal de planta permanente veía entrar a las compañías subcontratistas de mano de obra, nutridas de personal barato, rehén, esclavo, por las listas negras que los empresarios privados y los militares en el estado confeccionaban de común acuerdo. Así veían descender a la Patria argentina y su Pueblo trabajador los militantes que tanto y tan bien habían luchado por la justicia, la libertad y la soberanía… Pero aún en esas horas aciagas hubo nobleza de espíritu y valor revolucionario. Pasados los años y regresada la democracia, en el Centro Cultural Malvinas de La Plata, presentando un libro de su autoría, el Vasco Gurrucharri agradeció, a Beatriz Ronco entre otros, morir bajo tortura pero en silencio para permitirle escapar.

Ver “Causas del Terrorismo de Estado I”, aquí.

Fuente: Social 21, La Tendencia

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