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¿El arado o el bidón?… Esa es la cuestión

Hay un debate que hace más o menos una década va cobrando fuerza en el campo: labranza o siembra directa. Ninguno de los dos es esencialmente bueno o malo; sino que responden a un paquete tecnológico aplicado al proceso de producción, a sus costos y a sus resultados.
Redacción
Es indudable que el modo de producción agropecuario que se impuso en Argentina hace más de 20 años, ha aumentado exponencialmente los rendimientos de los cultivos y “acortado” el tiempo de desarrollo de una unidad productiva dedicada a la siembra. La tecnología aplicada al proceso, con sus agroquímicos, maquinaria y cadena de comercialización, ha dejado atrás en dividendos y márgenes de ganancias a los resultado de hace tres, cuatro o cinco décadas atrás.
Pero como siempre, el hilo se corta por lo más finito. Si bien se estaría registrando una suba enorme en la cotización internacional de los granos, oleaginosas y subproductos; al mismo tiempo los precios de los insumos necesarios para la producción han aumentado exponencialmente los precios. Eso tiene en principio tres explicaciones: una, que desde el combustible, agroquímicos, semillas, arriendos, honorarios contratistas y demás servicios, están asociados a la cotización internacional y no a una referencia interna “obediente” al mercado interno. La segunda, que la mayoría de esos servicios están además cotizados y presupuestados en dólares, o directamente se importan del exterior.
La tercera, es que la estructura de impuestos sobre la actividad, no obedece a la dinámica real del sector agropecuario, sino – como hemos dicho muchas veces – que responde a la “lógica fiscalista de la recaudación”: “el agro genera mucha guita, cobrémosle impuestos a discreción”, sin meterse en los pliegues internos del sector, ni utilizando lo recaudado para salvar costos futuros. Por ejemplo: destinemos parte de lo recaudado a desarrollar el flete, el almacenamiento y la maniobra mediante un actor nacional estatal, donde la eficiencia, velocidad y estructura de precios sea mejor que la presente. Otra alternativa es el diseño y composición de semillas y agroquímicos convenientes para Argentina y sustituyendo importaciones: 4,7 millones de toneladas agroquímicos se compran en el exterior cada año, contra 1.000.000 de producción nacional.
Podríamos enumerar otras alternativas tanto en materias de políticas de Estado frente a la actividad y el sector, como para la lógica de producción “puertas adentro” de la actividad. Sin embargo, más allá de lo que podríamos decir, “el campo” está hablando por sí mismo.
Desde las entidades agropecuarias se está mirando con atención el hecho de que una buena cantidad de productores está volviendo a la labranza tradicional (el arado) para los cultivos de invierno, dejando de lado la siembra directa.
En los primeros registros de siembra de trigo – los de denominado “ciclo largo” – la mudanza de metodología se notó sensiblemente. Los argumentos giran en torno ha “meterse dentro de los márgenes y afinar el lápiz” – dado que además de los costos de producción al final de camino está la siempre desfasada carga impositiva – hasta por otro lado, analizar que luego de tantos años de aplicación contínua de agroquímicos, la proliferación de malezas tolerantes y resistentes a esos principios activos sumada ala poca humedad en suelos por la sequía, implica que de seguir con la siembra directa los costos relativos se continuarían elevando y el margen bruto final sería significativamente inferior.
Los sectores que ven como negativas estas decisiones – ligados a los sectores de la química y servicios – , estiman que lo que ahorrarán en insumos de aplicación lo gastarán en combustible. Otros, manifestaron que pasarán por alto la siembra de invierno, con el objeto de enfocarse en la “gruesa” sin abandonar el paquete tecnológico. Sin embargo, combinarán técnicas de aplicación de pre-emergentes como cletodim (durante la germinación de la semilla) y post-emergentes como glifosato (ya cuando el cultivo está arriba).
Digamos que encada región se aplicarán diversas técnicas, pero todas con el fin de achicar costos al máximo y al mismo tiempo no perder rendimiento. Los precios de los insumos se encarecen cada vez y el campo tiene poca agua. Entonces, la maleza compite con la producción para capturar el líquido vital.
Técnicamente es una explicación coherente pero el problema de fondo es político: la conducción de la planificación del proceso productivo está en manos de la cadena internacional de valor agropecuario; y sus costos son los que son. Mientras no se abandone ese patrón, la lógica de acción, los problemas y sus consecuencias serán los mismos de todos los años.

Fuente: INTA / BCR / Infocampo

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