Estados Unidos, Gran Bretaña y Malvinas

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Estados Unidos, Gran Bretaña y Malvinas

A 21 años de su inicio, el siglo XXI pareciera todavía no forjar una identidad propia. El ser humano contemporáneo promedio tiene un mayor acceso al pasado (y a las construcciones, interpretaciones y representaciones de este) en comparación con la humanidad de siglos anteriores. Por Juan Augusto Rattenbach

Uno podría pensar que con toda esa información accesible del pasado, el ser humano del siglo XXI prometería ser un Homo Reflexivo con la capacidad de hacer un balance mucho más sustancial que sus versiones pasadas y por lo tanto podría proyectar y construir un futuro prometedor.

En este sentido los seres humanos de este tiempo convivimos permanentemente con representaciones del pasado a una escala muy superior a tiempos anteriores. La alfabetización y el acceso a internet de forma masiva y los avances en las técnicas audiovisuales e investigaciones históricas hacen que el tiempo pasado lo sintamos más cerca, ya sea en el plano político-económico como en el artístico-cultural. Tomando en cuenta que vivimos en un mundo comunicacionalmente globalizado a la construcción del tiempo le podemos agregar la variable geográfica. Hoy una persona de sudamérica puede forjar su identidad a través de representaciones del pasado de Asia o alguien de Europa reafirmarse a través de imaginarios de Oriente Medio y viceversa.

Todo esto si lo tomamos de forma optimista, de lo contrario lejos de ser humanos reflexivos podríamos convertirnos rápidamente en seres humanos nostálgicos, en donde adoremos el pasado como respuesta a la frustración e imposibilidad de poder construir una identidad que nos contenga con los elementos de nuestro presente.

¿Y qué tiene que ver esto con Malvinas?

El pasado 11 de febrero la cuenta de Twitter de las Fuerzas Submarinas en el Atlántico (dependiente de la Armada de los E.E.U.U.) comunicó la presencia de un submarino con capacidad de arsenal nuclear en el Atlántico Sur con el apoyo de la aviación británica proveniente de las Islas Malvinas con el objetivo de “demostrar el alcance global de las fuerzas de ambas naciones”. Inmediatamente se publicaron las propias palabras del Comandante a cargo, Daryl Claudle, que manifestó que “nuestras Fuerzas Submarinas dependen de alianzas y asociaciones para disuadir la agresión marítima, defender nuestros intereses nacionales y dominar el dominio submarino”.

A excepción de la guerra de independencia estadounidense (1775-1783), la guerra anglo-estadounidense (1812-1815) y algún que otro episodio aislado, la relación entre el Reino Unido de Gran Bretaña y los Estados Unidos de Norteamérica siempre fue de amistad, cooperación y complementariedad en relación a los intereses estratégicos a escala mundial.

Lamentablemente para nuestra historia, el primer ensayo de esta amistad geoestratégica entre ambos países fue justamente en la disputa por Malvinas a menos de 20 años de finalizada la guerra anglo-estadounidense.

Repasemos un par de datos: desde la Batalla de Cepeda en 1820 nuestro país se fragmenta en un mosaico de Provincias con un altísimo nivel de autonomía. Para esa época la extensión territorial de Buenos Aires comprendía toda la Patagonia continental, Tierra del Fuego, Malvinas y las demás Islas del Atlántico Sur. En esa estructura confederal esta Magna Buenos Aires se iba a encargar de representar a las demás Provincias en el exterior. Este modelo de articulación política lo podríamos sintetizar en la frase “los trapos se limpian en casa”, puertas para afuera nadie dudaba que éramos una Nación recientemente independizada. En esta década no sólo obtuvimos el reconocimiento por parte de Gran Bretaña (1825) sino que además iniciamos relaciones consulares y comerciales con los Estados Unidos.

Malvinas en ese entonces, lejos de ser una perdida perla austral, era un punto de suma importancia geopolítica y geoeconómica. Además de la inmensa cantidad de ganado bovino originado del período colonial, las costas de Malvinas se encontraban llenas de lobos y elefantes marinos del sur. En tiempos de revolución industrial, la grasa y el aceite de estos animales, así como de las ballenas eran fuertemente demandados. A esto le sumamos que en una época en donde no existía el Canal de Panamá, atravesar el Estrecho de Magallanes o el Canal de Beagle eran las únicas opciones para cruzar del océano Atlántico al Pacífico. La elevación de Malvinas al rango de Comandancia Político y Militar en 1829 no sólo probaba una vez más que las Malvinas fueron y son argentinas, sino la importancia estratégica que tenían las Islas para la construcción de nuestra soberanía en la Patagonia Austral y el Atlántico Sur.

Un día de 1831, el Comandante Luis Vernet se encontró con tres buques estadounidenses que no tenían el permiso de Buenos Aires para cazar mamíferos marinos en las costas de Malvinas. La respuesta norteamericana no se hizo desear y en las vísperas de fin de año una corbeta militar, la USS Lexington, bombardeó las Islas Malvinas en defensa de los intereses comerciales de los Estados Unidos.  Juan Manuel de Rosas, quien gobernaba en ese entonces, decidió reclamar una indemnización por el atropello a nuestra soberanía. Las tensiones diplomáticas fueron tales que el gobernador expulsó al cónsul norteamericano del territorio argentino.

Previo a la finalización de su mandato, Rosas buscó impulsar la reconstrucción del pueblo argentino en Malvinas. A menos de un mes de asumido Juan Ramón Balcarce, los británicos, aprovechando la vulnerabilidad fruto del bombardeo anterior, usurpan las Islas un 3 de enero de 1833 a través del desembarco de tropas militares quiénes venían en la HMS Clío.

Del episodio de la usurpación de nuestras Islas Malvinas observamos la conjunción entre los estadounidenses, quienes a partir de ese entonces tuvieron libre acceso a todos los recursos marítimos de las costas del archipiélago y los británicos, quienes se apoderaron del punto geopolítico y estratégico para poder controlar las rutas que comuniquen a su metrópoli al resto de sus colonias en América, África, Oceanía y Asia.

149 años después sucedió lo que todos ya conocemos: el Conflicto del Atlántico Sur alias “la guerra de Malvinas” en pleno contexto de la última dictadura cívico-militar. La Junta, esta vez encabezada por Galtieri, creyó que podía acelerar los “lentos” caminos de la diplomacia y recuperar Malvinas con una dotación militar compuesta principalmente por soldados conscriptos. Esta idea “tenía sentido” dado que la cúpula militar creía que el Reino Unido no respondería militarmente ante el despliegue de tropas argentinas y en caso de que lo hiciera, Estados Unidos nos iba a apoyar. Por más ridículo que suene, La Junta Militar verdaderamente especuló que su participación en el golpe de Bolivia de 1980 y la formación de contras nicaragüenses (entre otras cosas) serían suficientes para una complacencia con los Estados Unidos.

Quizás hubiera sido más fácil leer uno de los tantos libros editados sobre Malvinas en la década del sesenta en el marco de la aprobación de la Resolución 2065 para intuir que E.E.U.U. no iba a cambiar su posición respecto de la de 1831. Y así fue: el apoyo logístico y económico militar fue decisivo para que las tropas británicas triunfaran en el teatro de operaciones de Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. La asociación entre Reagan y Thatcher bendecidos ideológicamente por Milton Friedman marcaron el espíritu de una época y la perdurabilidad del vínculo anglo-estadounidense.

El siglo XXI, sin embargo, nos pone en un escenario distinto a los tres países. La Argentina avanzó de forma inédita con el reclamo de soberanía por Malvinas logrando la adhesión de forma unánime de todos los países de Latinoamérica y el respaldo solidario de los países de la Unión Africana, la República Popular de China y la Federación de Rusia. La respuesta británica ante estos avances diplomáticos fue la de la remilitarización de Malvinas y el Atlántico Sur. La primera vez que denunciamos la presencia de submarinos con capacidad de arsenal nuclear fue en 2012 cuando el ex canciller Héctor Timmerman presentó la queja ante el Consejo de Seguridad de la ONU en donde no sólo estaba comprometida la seguridad nacional sino también la de nuestros países vecinos.

El Reino Unido, por su parte, acaba de firmar recientemente el divorcio de “mutuo acuerdo” con la Unión Europea. En lo económico se mantiene el libre comercio entre ambas partes. El capitalismo occidental no podía depender de un referéndum optativo cuyo resultado ajustado se definió por las nostalgias nacionalistas de generaciones antiguas de Inglaterra y Gales. Pero en lo político el vínculo cambió sustancialmente, dado que quedaron excluidos del acuerdo comercial las colonias británicas de ultramar, entre ellas, las Islas Malvinas. La noticia cayó muy mal en el archipiélago porque peligra la rentabilidad de la usurpación británica de posguerra sobre los territorios marítimos que permitieron la depredación de nuestros recursos ictícolas e hidrocarburíferos. Todo esto mientras se vuelve a agitar en Europa la discusión por Gibraltar por parte de España.

Estados Unidos parece no escapar a un escenario similar. La consigna electoral de Trump por la cual ganó en 2016 no fue otra que Make America Great Again. El Again evocaba una época de gloria pasada que el candidato republicano hasta el día de hoy nunca aclaró específicamente cuál era. Sin embargo, nos dejó un símbolo: una vez asumido Obama en su despacho de la Casa Blanca decidió sacar el busto de Winston Churchill, que Blair le había regalado a Bush, reemplazándolo por uno de Martin Luther King Jr. Al llegar Trump a su despacho decidió revertir el cambio de Obama, volviendo Churchill al despacho del Presidente de los Estados Unidos. La elección de Theresa May primero y Boris Jonhson después en el Reino Unido avizoraba un remake del tándem de Reagan/Thatcher.

Pero la nostalgia o el pasado como un vicio probó ser un espejismo. En el siglo pasado la política de Estados Unidos era manejada por un grupo de hombres blancos que decidían por izquierda o derecha qué hacer con los obreros, la juventud, las mujeres, los afros, los ítalo-americanos, los hispanos y una gran cantidad de humanos que cayeron en el cómodo rótulo de “inmigrantes”. Estos grupos que no veían otra opción que manifestar sus reclamos en las calles hoy ocupan cargos y espacios de decisión en los tres poderes del Estado. El melting pot como slogan de un “nuevo crisol de razas” norteamericano pasó de una mera declaración en los manuales escolares a impactar en las usinas políticas. Si bien Estados Unidos, en palabras de Cristina F. de Kirchner, no es un país presidencialista sino un “país sistémico” en su interior se vislumbra un resquebrajamiento de lo que solíamos conocer. Al asumir Joe Biden nuevamente fue retirado el busto de Winston Churchill para ser reemplazado por el busto de Martin Luther King Jr.

Las preguntas que nos quedan pendientes por responder son ¿podrá seguir sosteniendo Inglaterra su predominio sobre Escocia y Gales? ¿Podrá seguir ocupando Irlanda del Norte? ¿Podrá sostener en el largo plazo su presupuesto de Defensa y sus colonias de ultramar?

La crisis política de Estados Unidos, ¿podrá surgir a futuro un cambio en el rumbo sistémico de su política exterior? Si gobiernan los que nunca gobernaron, ¿podremos ilusionarnos quiénes vivimos en el “fin del mundo” con un Atlántico Sur como zona definitiva de paz y bajo soberanía argentina? ¿Podrá ser que ante nuestro pedido de diálogo y paz por Malvinas la respuesta no sea un desfile marítimo de armas que jamás se van a usar?

Por de pronto vemos que el Vicealmirante Daryl Claudle cree que navegando con un submarino nuclear en nuestras aguas del Atlántico Sur estaría recreando su etapa de estudiante universitario, en plena Guerra Fría, cuando el Reino Unido y los Estados Unidos creyeron erróneamente (como hace casi 200 años) que estaban defendiendo “sus intereses nacionales” tan lejos de sus propias casas mientras en el continente de a poco nos vamos aplicando la “Sputnik-V”  para obtener la tan ansiada inmunidad colectiva contra el COVID-19.

Fuente: La Baldrich

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