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La agricultura no es la minería, pero si usamos la cabeza…

No solemos hacer coberturas desdobladas. Peor para quién no está en tema, comprender el mundo de la preparación de los suelos para la campaña agrícola es un misterio. Y nuestro trabajo se trata de contar lo que pasa y explicar cómo funciona. Acá va una parte, y mañana la seguimos.
Redacción
Los agroinsumos químicos son un componente estratégico dentro de la actividad agropecuaria. Para Argentina es un sector muy importante porque está directamente asociado a la única actividad productiva con escala internacional que le permite al país estar en condiciones de obtener buenos dividendos en el comercio internacional.
Lógicamente, por estas semanas las discusiones en torno a los precios de los agroquímicos se han multiplicado y diversificado. Sucede que nuestro país, importa mayoritariamente estos productos desde Rusia y la guerra los encareció. Pero además, como el precio de los granos y oleaginosas también aumentó exponencialmente en el último semestre, toda los insumos de la cadena lo hicieron al mismo tiempo, ya que la actividad en términos integrales arroja buenos márgenes.
Sin embargo, no todos los productores argentinos gozan de fuertes finanzas y cuantiosas utilidades económicas.
Si bien casi en forma unánime manifestaron que volverán a producir, la inversión inicial será menor. Eso en gran medida, deriva de los altos costos. Por ejemplo, días atrás hablamos de que muchos volver´n a utilizar las técnicas de labranza por sobre las de siembra directa, intentando generar “nutrientes baratos” mediante la oxidación de materia orgánica joven.
Hay una gran resistencia desde las organizaciones y principalmente desde las empresas de insumos agropecuarios. Casi al punto de señalar a esos productores como los que harán bajar los rendimientos promedio de la próxima campaña; y al mismo tiempo, la calidad del producto final.
Para las y los lectores que no están familiarizados con la actividad, podemos decir que en la actualidad, a partir del paquete tecnológico aplicado, se comprende a los campos desde las lógicas del corto o del mediano plazo. Quedó atrás, la concepción d ella mejor tierra del mundo como factor geopolítico estratégico. La cultura de que “el campo es mío y produce gracias a mi esfuerzo y no a otra cosa” ganó generacionalmente la partida.
Entonces, la lógica cortoplacista dice que hay que encarar el uso del suelo intentando maximizar el rendimiento de los agroinsumos aplicado en menores cantidades. En criollo, tratar de levantar la mayor mercadería que pueda, usando la menor cantidad de insumos posibles. Es preferible ganar poco, que quedar hecho y esperar.
La mediana placista se propone establecer una continuidad y progresión en el rendimiento del suelo, cosa que le permite a mediano plazo aumentar el valor del suelo, obtener mayores volúmenes de producción, establecer una posición regional que permita proyectar mejores negocios en la zona de cultivos, y planificar mediante los insumos un ciclo productivo de varios años en las mismas tierras.
Claramente, el primer razonamiento, ocupa las mentes del pequeño tenedor de tierras o arrendatario. El segundo, está más próximo a las empresas de siembra directa – los pooles – y sus cadenas de contratistas.
Mientras tanto, se ha desatado una especie de carrera por los fertilizantes de cara a la siembra del trigo y la cebada, que tiene en vilo a una gran parte de la cadena. Y es lógico: la fertilización del suelo en esta parte del año, es fundamental tanto para la fina como para el segundo cultivo anual: la soja.
¿Quién puede jugar un rol determinante en esto? Adivinó. El Gobierno. Deberían dejar de jugar a los misterios y los detectives; y sobre todo, abandonar el lamento por la pandemia y la guerra en Europa, para poner el acento en algo que está sucediendo en las entrañas del mismo Estado y que contiene el germen de una posible solución de mediano plazo.
Como dijeran unos colegas días atrás “hacer agricultura no es hacer minería”. Por lo tanto, el enriquecimiento de los suelos puede planificarse y puede renovarse sin inconvenientes con procesos y tecnologías nacionales convenientes.
¿Cómo sería? Mediante un proceso sistemático de reposición de nutrientes, luego de cada campaña. Además debe contemplarse la posibilidad del acceso masivo a los fertilizantes por parte de los productores, con alguna especie de “banco” de productos; o mejor, una empresa estatal productora o al menos dispensadora de nutrientes, en el marco de un plan productivo de mediano y largo plazo.
Esta alternativa es preferible, antes de pagar anualmente 3.500 millones de dólares en químicos a “paquete cerrado”.
Desde las multinacionales del sector, argumentan que Argentina está en problemas porque Brasil podrá producir más barato. Esto sería así, porque el hermano país puede producir más cantidad y al mismo tiempo, se fabrica una importante porción de su demanda anual de fertilizantes nitrogenados (urea).
Argentina también lo hace pero en menor cantidad y calidad proporcional y más caro. A la vez debe importar fertilizantes fosforados, porque dicen las empresas que nuestro país no puede producir dicho insumo al carecer de roca fosfárica. De hecho, durante 2021, Argentina compró a Perú 335 mil toneladas de roca fosfórica para elaborar en el país parte de la oferta interna de fertilizantes.
Más allá de que el precio internacional de la urea esta descendiendo a nivel mundial, y que la agricultura no es minería, el secreto de tecnología conveniente para nuestro país podría provenir de esta última. SEGEMAR y el INTA lo saben. Y nosotros, se lo terminaremos de contar mañana.

Fuente: INDEC / INTA / SEGEMAR / El Diario de La Pampa

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