La Antártida y el Marinero Adrián Lagarrigue

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A small iceberg floats in the clear cold waters of Andvord Bay with the Antarctic Peninsula beyond.

La permanencia argentina en la Antártida está poblada de una rica historia, con hechos denominados heroicos, de pioneros y otros vinculados a los operativos de asistencia logística a las bases y anecdóticos. Gran parte de ellos se desconocen o sólo están en libros o se enseñan de manera marginal. En esta oportunidad se contará sobre el por qué en la toponimia antártica de la Bahía Andvord, al oeste de la península antártica, donde la armada instala un refugio en la Campaña 46/47, figuran “Puerto Lagarrigue” y “Punta Lagarrigue”.

Redacción

Atilio Aníbal Bardabori egresó de la Escuela Naval Argentina en 1944 y cumplió, hasta su retiro en 1967, una destacada actuación en distintos buques de la Armada, fundamentalmente en la zona austral argentina. En 1999 se editó su libro “Rumbos a la Antártida”, una visión autobiográfica sobre sus viajes en los transportes Vicente Fidel López y Pampa a la zona austral del país y los destacamentos antárticos Melchior y Decepción, en los años 1947 y 1948. Eran viajes de sostén logístico a nuestros pioneros en esa región.

El libro no sólo constituye un aporte testimonial importante, sino que encierra historias como la del marinero Adrián Lagarrique, que tiene un contenido trágico y explica por qué en la toponimia de la Bahía Andvord figuran “Puerto Lagarrigue” y “Punta Lagarrigue”.

“Y el 2 de abril, a las diez y media de la noche, se tomó el fondeadero Puerto Melchior.

Dos días más tarde, y después de efectuarse las correspondientes entrega y recepción del destacamento entre los tenientes de fragata Rolando Milton Franco y su compañero de promoción Pablo Marinelli -los tres nos hicimos grandes amigos-, zarpamos a las nueve y veinte de la mañana con destino al puerto Pingüino ubicado en la bahía Andvord. Navegamos, a la voz del comandante, para inspeccionar la zona. Pasamos por el canal Schollaert en dirección al estrecho de Gerlache, arribando a aquella bahía con la intención de fondear en el puerto citado; pero la maniobra no pasó de ser una intención pues, a pesar de largar el ancla en cinco o seis oportunidades, no se logró que hiciera cabeza. Entonces, el comandante decidió amarrarse al costado de estribor del remolcador Sanavirón, aprovechando que el ancla de este buque, al fondear, había hecho cabeza gracias a que sus características facilitaban el fondeo en zonas de glaciares. Como medida precautoria, y atendiendo a las recomendaciones marineras para estos eventos, arriamos el anda de estribor a pique, hasta que tocara fondo, dejando un hombre de guardia en la maniobra de proa.

En esos instantes se estaban viviendo momentos muy difíciles en el remolcador. Tres marineros bajaron a tierra con el propósito de distender sus músculos.

A pesar de las recomendaciones dadas por el segundo comandante de su buque, el teniente de corbeta Fernando Sergio Di Fonzo, los jóvenes comenzaron el ascenso de la costa montañosa cubierta de nieve como consecuencia de una fuerte nevada ocurrida la noche anterior, la cual estuvo acompañada por vientos de mucha velocidad, muy fríos, que fueron cubriendo lentamente las grietas del glaciar próximo.

Lamentablemente, estos tres “proyectos de escaladores”, no adoptaron ninguna de las medidas recomendadas por el segundo, al extremo que no se amarraron entre ellos con cabos de cáñamo de los que tanto abundan en los buques. Ni siquiera salieron provistos de un bichero para medir la dureza del piso, elemental medida de seguridad personal a tener en cuenta. Todo esto los expuso a correr riesgos innecesarios. Y fue en estas circunstancias en que uno de ellos, el Marinero 1º de Mar Adrián Lagarrigue, se aventuró en demasía, en su afán juvenil por trepar con la intención de llegar a la cima del monte. Subió hasta que, sin reparar en la débil capa de hielo y de nieve que tenía por delante, la rompió con el peso de su cuerpo, cayendo inmediatamente en una profunda grieta que se iba estrechando, hasta que quedó detenido. Allí quedó calzado, mientras se desmoronaban los escombros de nieve y de hielo desprendidos a causa de su propia caída. Todo sucedió ante la sorpresa de sus compañeros de ruta, quienes trataron infructuosamente de hacer algo para ayudarlo, ya que no contaban con los elementos que hubiesen resultado apropiados. Ante tal impotencia, y sin más pérdida de tiempo, corrieron hacia la costa en busca de apoyo, a la vez que avisaban a los gritos la tragedia.

Con gran premura, recién se pudo intentar el socorro con elementos de a bordo a la media hora, tiempo más que suficiente para que el pobre marinero Lagarrigue -que inicialmente había transmitido su calor vital a los hielos y escombros que prácticamente lo cubrían- quedara infortunadamente integrado al glaciar. El segundo comandante del Sanavirón, el ya nombrado teniente Di Fonzo, bien amarrado con cáñamos adecuados, se deslizó por la grieta quebrada en toda su longitud, y de casi veinticinco metros de profundidad, portando otro cáñamo con el que el cabo 1º enfermero Adolfo Mulleady amarró el brazo del infeliz marinero, después de comprobar la muerte por reflejo parpebral, haciéndolo tirar sin éxito desde la superficie del glaciar, y corriendo además el riesgo de arrancarle el hombro. Luego, al asomar de entre los hielos el cinturón, repitió la maniobra, que también se frustró. La posición del segundo en la grieta, según nos lo relató, era por demás incómoda y le impedía actuar con total normalidad pues, al estar de perfil, se encontraba inmovilizado y debía hacer todo sólo con una mano, teniendo ante sí a su marinero sin capacidad alguna de reacción.

Después de casi una hora de forcejeos, y mientras avanzaba el atardecer con sus incipientes tinieblas, expuestos al frío que ya se hacía sentir, en especial en la grieta, debió abandonarse el intento de salvataje. La noche integró aún más al marinero con el glaciar, acompañada por la inmensa e indescriptible tristeza de todos nosotros.

Un intento por colocar cargas de dinamita que llevábamos a bordo de nuestro buque no fue aceptada por razones de prudencia ante la probable provocación de aludes. Además, serían necesarias grandes cantidades de explosivos para tratar de mover tan siquiera un poco al colosal glaciar. Esa noche velamos en silencio al querido marinero Adrián Lagarrigue deseándole la paz para su espíritu, con la seguridad de que el Altísimo lo tendría consigo a su diestra. Su travesura nos mostraba la inocencia de su carácter juvenil. Al día siguiente, siendo casi las dos de la tarde, se largaron las amarras después de efectuar desde el Pampa un saludo de tres pitadas, cumpliéndose así con la tradición naval para con el marinero Lagarrigue”.

Otros datos

En el Derrotero Argentino, Parte V, Antártida y Archipiélagos Subantárticos Argentinos, en la edición del año 1984 publicada por el Servicio de Hidrografía Naval de la Armada Argentina, en la página 235 podemos leer:

“Puerto Lagarrigue. Se ha informado que sobre la Costa Danco -en el Continente- en la entrada N. del canal Herrera y aproximadamente 1 milla al S. del nunatak Negro, hay una caleta de 200 mts. por 50, apta para desembarco con embarcaciones menores, debiéndose tomar con resguardo a los bajofondos cercanos a la costa, que pueden ser advertidos fácilmente desde la lancha por la transparencia de las aguas”.

En la página 238 encontramos los siguiente: “Puerto Neko; es una pequeña caleta con fondo de glaciar que se abre en la costa N.E. de Bahía Andvord y a 6 millas del cabo Beneden. Su costa S. es baja, libre de hielos y termina en la Punta Lagarrigue, con playa de pedregullo y arena, de regular pendiente…”.

Fuente: APP

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