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Los rusos y su obstinación a pensar en ruso

De ambos lados del Atlántico cuestionan a Rusia con el argumento de que socava el derecho internacional. Pero Moscú, favorable a un mundo multipolar, replica que Washington debe compartir el poder y respetar el principio de soberanía de los Estados. Y con la guía de Vladimir Putin, recupera posiciones de liderazgo.

El mundo visto desde Moscú

¿Qué quiere Rusia? Si les creemos a numerosos analistas occidentales, Rusia se aferra a un orden internacional ya acabado: el sistema de Yalta de los años de la Guerra Fría, durante los cuales el Kremlin disponía de una esfera de influencia en Europa del Este. La anexión de Crimea en 2014 demostraría que no piensa permitir que Ucrania se le escape. El informe sobre la estrategia de seguridad nacional (National Security Strategy) de Estados Unidos, publicado el 18 de diciembre de 2017, calificaba a Rusia de “potencia revisionista”, insinuando su voluntad de destruir el sistema nacional existente (1). Se trataría de un régimen autoritario que pretende desviar la atención de sus problemas internos gracias a una temeridad exterior. Peor aun: de aquí en más, Moscú pretendería exportar su modelo político, creando una alianza de autocracias con China.

Los desafíos que Moscú lanza a Occidente refuerzan la cohesión política del país. No obstante, sería un error explicar su comportamiento en función de esa única consideración. ¿Qué quiere el Kremlin realmente, y qué papel juega el acercamiento con China en la persecución de sus objetivos?

La exigencia fundamental del poder ruso es convertirse en cogestor de los asuntos internacionales y ser reconocido como tal. Ambición amargamente frustrada. Al final de la Guerra Fría, la Unión Soviética, y luego Rusia, intentó transformar lo que se complacía en llamar el “Oeste histórico” en un “Gran Oeste” que incorporara a Rusia (2). Moscú esperaba que esa configuración liberase a Europa Occidental del marco institucional e ideológico atlantista de la Guerra Fría; que permitiese desarrollar una cultura del diálogo político y de la interacción mutuamente provechosa. Pero Occidente solo concedió una extensión del sistema establecido. Liberado de la amenaza ideológica y militar de la Unión Soviética, el orden liberal tomó la forma de una doctrina Monroe (3) universal bajo el liderazgo de Estados Unidos: la esfera de influencia estadounidense se ampliaba al mundo entero, sin dejar lugar a subconjuntos independientes del centro hegemónico.

Rusia termina oponiéndose a ese universalismo, que consideraba utilizado para otros fines. Como ministro de Relaciones Exteriores (1996-1998), luego como Primer Ministro (1998-1999), Evgueni Primakov fue el primer dirigente que dio a su país el estatuto de potencia resistente. Cuando se hizo evidente que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) continuaría incorporando nuevos miembros y preparando su intervención en Kosovo sin tomar en cuenta los intereses de Rusia, Primakov volvió a poner en circulación el concepto de multipolaridad. Durante una visita a India, en diciembre de 1998, formuló la idea de hacer contrapeso al unilateralismo estadounidense. Sobre esa base, sugirió una alianza entre potencias no atlánticas, un “triángulo estratégico” Rusia-India-China, que más adelante se convertiría en el núcleo de la asociación de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Su política estaba inspirada en la doctrina de la “coexistencia pacífica” de Nikita Kruschev, el ex secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, según la cual ciertos sistemas sociales y políticos pueden ser antagonistas sin entrar necesariamente en conflicto (4).

Cuando llega al poder, en el año 2000, Vladimir Putin se esfuerza por combinar el atlantismo del primer período poscomunista con la estrategia de Primakov. En 2001 se crea la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), compuesta en ese momento por China, Kazajistán, Kirguistán, Rusia, Tayikistán y Uzbekistán –India y Pakistán se incorporarían en 2017–. Su nacimiento marca un paso suplementario en la creación de un sistema de alianzas no occidental. Paralelamente, Putin procura estrechar vínculos con la Unión Europea. Se analiza incluso la adhesión de Rusia a la OTAN. Pero con el paso de los años, con las intervenciones de Estados Unidos en Irak, la decisión de George W. Bush en 2002 de derogar el tratado ABM (Anti-Ballistic Missile) de 1972 –que limitaba el despliegue de esas armas–, así como las “revoluciones de color” apoyadas por fundaciones cercanas al Departamento de Estado, Putin pierde sus ilusiones. Condena sin ambages a Estados Unidos en la Conferencia de Seguridad de Munich, en febrero de 2007. Advierte contra los peligros de un “mundo unipolar […] en el que hay un solo amo, un soberano”, y termina haciendo notar que Rusia, “con sus mil años de historia”, no necesita que nadie le enseñe cómo debe comportarse en los asuntos internacionales.

En esa época, el Kremlin todavía veía posible trabajar con las potencias atlánticas sobre asuntos de interés común concretos, en particular en la lucha contra el terrorismo. Todo eso se desploma por la intervención de la OTAN en Libia en 2011. Y en 2014, la vigorosa reacción contra lo que en Moscú se percibe como una tentativa no negociada de la Unión Europea de integrar a Ucrania a la esfera de influencia atlántica provoca la más grave crisis de la pos Guerra Fría.

Hacia una “gran Eurasia”

Sinónimo de rechazo a la hegemonía de Estados Unidos, omnipresente en el discurso de los dirigentes rusos, la multipolaridad sigue siendo un concepto vago. ¿Es un objetivo a alcanzar, como componente de una estrategia activa –dar más peso a potencias de segundo rango, como Rusia–, o se trata de una realidad tangible, resultante de un reequilibrio en la escena mundial? El 19 de septiembre de 2013, durante una sesión del Club Valdai (un think tank que reúne a decisores y expertos rusos y occidentales, creado en 2004), Putin condenó “las tentativas orientadas de uno u otro modo a restaurar el modelo estándar del mundo unipolar”, sugiriendo que este último pertenecía objetivamente al pasado. “Un mundo así –añadió– no necesita Estados soberanos, sino vasallos. Históricamente, equivale a rechazar la propia identidad y la diversidad del mundo que Dios nos ha dado.” En otra reunión, el 27 de octubre de 2016, expresó su esperanza de que “el mundo [se vuelva] más multipolar”, viendo en ello la condición necesaria para que un día “unas reglas comunes universalmente aceptadas […] garanticen la soberanía y los intereses de los pueblos”, principalmente a través de Naciones Unidas.

Cuando se trata de describir la ambición de Rusia, el término “neorrevisionismo” parece más apropiado (5). También aplicable a China, refleja un descontento hacia el modo en que actualmente se conducen los asuntos internacionales. Para esos países, no se trata tanto de delinear sus propias esferas de influencia, sino de reafirmar el principio –típicamente formulado en términos de soberanía– según el cual los Estados deben forjar las relaciones con sus respectivos vecinos (lo cual no siempre asume la forma tradicional de pertenencia a un bloque).

¿Simple retorno al modelo de Westfalia del siglo XVII, en el que los Estados interactúan como si fueran bolas de billar, haciendo alianza con unos para contrarrestar a los otros? Moscú y Pekín conciben la multipolaridad con mayor sutileza. Si bien la soberanía sigue siendo a su entender el valor central, proponen moderarla con un compromiso a favor de las instituciones multilaterales, sea creando nuevas a nivel regional, sea defendiendo aquellas de vocación universal emanadas de los Acuerdos de Bretton Woods de 1944. La cuestión es liberar a las segundas de su subordinación al sistema atlántico dirigido por Estados Unidos, creando un sistema internacional pluralista.

Rusia y China son el corazón de un alineamiento antihegemónico naciente (6). Mientras Rusia enfrenta las sanciones económicas y China enfrenta la presión militar estadounidense en el Pacífico, los dirigentes de ambos países se reunieron cinco veces en 2017 y cuatro en 2018. En distintos grados, todos los dirigentes rusos buscaron una integración económica eurasiática, pero Putin la inscribió en una lógica geopolítica más profunda. Con la Unión Económica Eurasiática (UEE), oficialmente creada el 1º de enero de 2015, expresó claramente su voluntad de construir sus propias redes de integración regional. Lo cual se confirmó en mayo de 2015, cuando firmó con el presidente chino Xi Jinping un acuerdo de armonización (sopryazhenie) entre la UEE y la iniciativa de las “nuevas Rutas de la Seda” (Belt and Road Initiative, BRI). Rusia también anuncia el proyecto de “gran Eurasia”, en reemplazo del proyecto muerto al nacer de “gran Europa” (de Lisboa a Vladivostok), soñado por el último líder soviético, Mijail Gorbachov. Este englobaría a la mayor parte de la región dentro de un conjunto de geometría variable de circuitos interconectados que incluyen entidades ya existentes, como la Asociación de las Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN).

Ese dispositivo representa lo que podemos llamar la estrategia de la “tierra del medio” (heartland), concepto clásico de geopolítica –teorizado por Halford John Mackinder (1861-1947) y reformulado por el politólogo estadounidense Zbigniew Brzezinski–, que convierte a Eurasia en el pivote geográfico del mundo, y por lo tanto, en el objeto de una lucha entre grandes potencias. El 9 de julio de 2015, en la apertura de un encuentro conjunto entre los BRICS y la OCS, en presencia de otros dirigentes de la UEE en Ufá, Rusia, Putin declaró: “Para nosotros, este bloque continental eurasiático no es un tablero de ajedrez, no es un campo de juego geopolítico; es nuestro hogar. Todos queremos que sea pacífico, próspero y que no esté a merced del extremismo o de intentos de protección de los intereses de unos a expensas de los de los otros” (7).

Objetivo fundamental: velar por que Eurasia no se transforme en una extensa zona de fractura en el enfrentamiento entre un sistema atlántico ampliado y las potencias ascendentes de Asia, en particular China. En 2018, Pekín aumentó por vigésimo cuarto año consecutivo su gasto militar, que así y todo no representa más que el 40% del de Washington (649.000 millones de dólares). El presupuesto militar de Rusia empezó a bajar en 2016, pero sigue siendo el sexto del mundo (8). Eurasia se encuentra entrampada entre un Occidente todavía muy poderoso y un frente oriental en pleno ascenso. Entre ambos, Rusia ocupa una posición ideal pero peligrosa.

Sigue habiendo diferencias relevantes entre las posiciones de Moscú y Pekín. Rusia reconoce la primacía de Estados Unidos en los ámbitos militar y económico. En el Foro Económico Internacional de San Petersburgo, el 17 de junio de 2016, Putin declaró: “Estados Unidos es una gran potencia, tal vez hoy la única superpotencia. Nosotros aceptamos esa realidad”. A la inversa, China, más confiada en su poderío económico, empieza a formular un proyecto político global. Pekín anticipa una serie de ideas tales como la “comunidad de destino”, basada en relaciones “ganador-ganador”. Los escépticos ironizan, pero el hecho de que estos conceptos se apoyen concretamente en las grandiosas inversiones de las nuevas “Rutas de la Seda” y la creación de un banco multilateral invita a pestarles cierta atención.

El acuerdo chino-ruso no se extiende necesariamente a la cuestión fundamental de la identidad cultural. Aunque Rusia se ha ido alejando cada vez más del sistema atlántico, especialmente tras los setenta y ocho días de bombardeos de la OTAN contra Serbia en 1999, jamás renunció a su identidad occidental. Putin lo decía implícitamente incluso cuando castigaba la decadencia de Occidente en la reunión del Club de Valdai en septiembre de 2013: “Vemos cómo muchos países euroatlánticos niegan realmente sus raíces, incluidos los valores cristianos que constituyen la base de la civilización occidental”. Pekín sospecha, probablemente con razón, que Rusia sigue soñando con tomar la iniciativa en la reinvención de Occidente si las circunstancias lo permiten. ¿Qué quedaría entonces del proyecto de la Gran Eurasia? 

Notas

1. “National Security Strategy of the United States”, Casa Blanca,Washington, DC, 12-2017, www.whitehouse.gov

2. Véase Hélène Richard, “Quand la Russie rêvait d’Europe”, Le Monde diplomatique, septiembre de 2018.

3. La doctrina de política exterior definida en 1823 por el presidente James Monroe transformaba a América Latina en el “patio trasero” de Estados Unidos.

4. Evgueni Primakov, “The world on the eve of the 21st century: problems and prospects”, International Affairs, Vol. 42, N° 5-6, Moscú, 1996.

5. Richard Sakwa, Russia Against the Rest: The Post-Cold War Crisis of World Order, Cambridge University Press, 2017.

6. Véase Isabelle Facon, “Pékin et Moscou, complices mais pas alliés”, Le Monde diplomatique, París, agosto de 2018.

7. “Interfax: Putin says Eurasia’s not a chessboard, it’s our home”, Johnson’s Russia List, 9-7-2015, http://russialist.org

8. “World military expenditure grows to $1.8 trillion in 2018”, Instituto Internacional de Investigación sobre la Paz de Estocolmo (SIPRI), Solna, Suecia, 29-4-2019.

Richard Sakwa. Profesor de la Universidad de Kent (Reino Unido); autor de Russia’s Futures, Polity Press, Cambridge, 2019.

Fuente: Rebelión

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