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Por los besos de la China… (II)

Basta de vueltas con esto de “la Franja y la Ruta”. Hay que decirlo: es un proyecto fenomenal; una monstruosidad logística nunca vista a la que ya adhieren más de 140 países del globo, y que resulta extremadamente conveniente para China. Solamente para China.

Por Pablo Casals

Pensando en chino el porvenir es fabuloso. Los tipos facilitan contratos comerciales de largo plazo, bien pagos; más un conjunto de obras de infraestructura en materia energético/logística sin precedentes en Argentina. Según informan desde el Gobierno Nacional, con la decisión del Presidente Fernández de adherir a dicha red, las autoridades estiman que podrían rubricarse acuerdos de financiamiento por obras por más de 23.000 millones de dólares. Todas ellas, funcionales al sentido de expansión comercial del gigante asiático.

Según se difunde desde los canales chinos de comunicación con el mundo – léase: propaganda china -, este asunto de la Franja y la Ruta sólo en 2021, realizó inversiones en 145 países por 60 mil millones de dólares: 14.000 en inversiones directas y lo demás en créditos del Banco Asiático (chino) de Inversiones en Infraestructura (BAII) -retengan ese nombre y esa sigla.

Es más, oficialmente se difundió información que asegura que “con la adhesión al Memorándum de la Franja y de la Ruta de la Seda se suscribieron trece documentos de cooperación de carácter interinstitucional en distintos ámbitos y entre diferentes contrapartes”. Los “ámbitos” serían el desarrollo verde, la economía digital, el área espacial, tecnología e innovación, educación y cooperación universitaria, agricultura, ciencias de la tierra, medios públicos de comunicación y energía nuclear. Todas ellas áreas que nuestro país domina en forma holgada y es referencia mundial; y que desde la Casa Rosada informan que implicarían inversiones y financiamiento por US$ 9.700 millones.

¿Pero qué? ¿China no desarrolla para sí misma dichas actividades? La respuesta es sí; está comenzando. Al haber conseguido elevar su volumen económico en los últimos 30 años en forma tan exponencial, ha logrado generar un “clima industrial” fronteras adentro que le permite proyectar esas actividades. Obviamente, tiene los mismos dos caminos que todos los países: o genera planes internos de desarrollo en forma autónoma de esas actividades estratégicas, cosa que implica años y recursos para en un país un liderazgo mundial al alza; o corta camino y compra licencia industrial y conocimientos a otros países.

¿Y por qué Argentina? Porque no somos el único país del mundo que domina las áreas mencionadas, pero seguramente debemos estar entre los mejores y los más baratos. Entonces, pensando en chino, el acuerdo es fenomenal: jalea real, cadena de proveedores de excelencia a cambio de chauchas.

Hay que comprender lo siguiente – y pensemos en argentino por favor…

Por un lado, nuestro país le vende a China materias primas a granel o de escaso valor agregado; minerales en bruto. Es decir, productos internacionalmente “baratos” que no generan gran cantidad de mano de obra local, justamente por no tener procesos industriales aplicados. Ahora, Argentina también le venderá tecnología y conocimiento industrial de altísima complejidad, también “baratos”, y que también en el país significan muy pocos puestos de trabajo. No hay en nuestro territorio centenas de miles de técnicos e ingenieros nucleares, aeroespaciales, o de telecomunicaciones fabricando artefactos para los chinos.

Pero por otro lado, compramos al gigante asiático, productos industriales manufacturados de todo tipo y color; baratos y berretas; y en el mejor de los casos desarmados. Anunciamos que se abre una fábrica de motos, que arma los rodados con piezas que se importan por zona franca, y de los cuales Argentina no fabrica ni el capuchón de las bujías. Entonces, lo que le compramos a China es trabajo industrial, malo, ineficaz, barato; y se destruyen los puestos de trabajo industrial en nuestro país.

Al menos el 70% de las manufacturas que Argentina importa anualmente, podrían fabricarse acá sin inconvenientes. Productos de calidad, durables y a precio justo; con trabajadores cobrando salario industrial tres o cuatro veces superior al actual Salario Mínimo Vital y Móvil.

Pero, ¿entonces qué fue a firmar a China el Presidente?

En lo formal, lo que fue explicado en los primeros párrafos de la nota. En lo real, fue a convertirse en la base austral de las dos cadenas comerciales más grandes del mundo y que mayor daño causan a nuestros países de América del Sur.

En el año 2000, el entonces presidente De la Rúa, firmó el tratado para formar parte de la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA). Allí los países sudamericanos se sumaban al proyecto estadounidense de cortar seccionalmente el continente americano en diez grandes corredores bioceánicos, con el objetivos de bajar los costos logísticos internos para poder extraer materias primas a bajo precio, e inundar los mercados nacionales de productos manufacturados de origen extranjero. De los diez, cuatro atraviesan territorio argentino. La financiación de las obras de esos corredores de transporte, debían estar a cargo de los Estados nacionales, y sus fuentes principales de financiación eran el Banco Interamericano de Desarrollo; el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, a demás de cualquier posible inversión directa de capitales extranjeros. Estados Unidos en estado puro.

Unos párrafos atrás, les pedí que retuvieran este nombre: Banco Asiático (chino) de Inversiones en Infraestructura (BAII). Como ya se dijo, es uno de los organismos chinos de financiación de créditos e inversiones de infraestructura con incidencia directa en 145 países. Lo que está haciendo China es evidente: está armando su propia red internacional de proveedores de material primas y de mercados internos cautivos para realizar su comercio exterior, ser influencia en materia de precios y desarrollo interno. Al igual que Estados Unidos, está “amoldando” la fisonomía de los países y las regiones a su propia conveniencia.

Una sola cosita más, de la que se habla poco, pero en los acuerdos siempre está: ninguna de las principales potencias imperiales o sus aliadas – salvo Inglaterra, por supuesto -, admite mediáticamente sus intenciones sobre el continente antártico. Pero ambas requieren de Argentina los servicios aeroespaciales de exploración y observación. Tanto Argüello como Vaca Narvaja, sacan pecho de las gestiones que han hecho como embajadores argentinos en ambos países, para acercar posiciones al respecto. Pero curiosamente, ninguna de las dos redes planetarias de comercio, tiene por el momento influencia antártica directa. De eso se encarga Inglaterra.

Hay mucho más para decir sobre China pensando en argentino… y pensando en chino también. Otro día la seguimos.

La saga promete…

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