Sin ofensa ni temor 32: La causa Malvinas y el pensamiento nacional (2° Pte.)

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Sin ofensa ni temor 32: La causa Malvinas y el pensamiento nacional (2° Pte.)

Columna destinada a mover la cabeza. Si temes hacerlo, no la leas. Reproducimos el muy interesante y rico trabajo de Juan Godoy* publicado recientemente en la revista “Punzó”. En el repasa la cuestión Malvinas desde el pensamiento nacional. Un texto que más que hablar del pasado, nos abre la puerta al futuro. El trabajo fue dividido en dos partes debido a su extensión. He aquí la segunda entrega.
El Editor Federal

Lea la primera parte, aquí.

“La juventud podrá entender la lucha intelectual de Ugarte, Scalabrini Ortíz, Jauretche, Hernández Arregui, Irazusta, Rosa y otros ilustres argentinos sobre la naturaleza del imperialismo inglés entre el humo de los disparos” Jorge Abelardo Ramos

Un resplandor en medio de la oscuridad: la recuperación

“Toda la Pampa te llama. Seguirán las mil banderas del mar, azules y blancas” Atahualpa Yupanqui

Vamos a avanzar sobre el discurso desmalvinizador para observar como se asienta y difunde. Coincidimos con Francisco Pestanha que entiende que se suele marcar como inicio de la desmalvinización una entrevista de Alain Rouquié de marzo del 83, pero que en realidad —sin quitarle “mérito” al francés— la cuestión viene de tiempo atrás, pues durante la misma dictadura y la guerra los intereses económicos de Inglaterra no fueron afectados (Pestanha, S.f.). Por eso, apenas terminado el conflicto bélico “con una admirable capacidad de comprensión, toda la sociedad anglófila, la prensa, los partidos políticos de la “multipartidaria” (que olfateaban las lecciones), los intelectuales europeizantes, en suma, toda esa parte de la sociedad argentina que se había formado en los últimos cien años a la sombra de Europa, respiraron con satisfacción apenas velada. Nadie quiso hablar más de la guerra. Todo el mundo quería hablar de la “postguerra”. La canalla de los vendepatria quería tapar cuanto antes la batalla de las Malvinas” (Ramos, 1982: 210-211).
Para enmarcar la reivindicación soberana sobre Malvinas tomamos a Juan José Hernández Arregui que no nos permite caer en equívocos en relación al nacionalismo. El autor de “la formación de la conciencia nacional” pone de relevancia la distinción del nacionalismo de un país opresor en relación al que pregona un país oprimido. Mientras el primero es un nacionalismo expansivo que “constreñido” por sus fronteras nacionales procura avanzar sobre las mismas ya sea de forma directa y/o indirecta avallando la soberanía de los pueblos, es el nacionalismo de las potencias coloniales o imperiales. Por el contrario, el segundo nacionalismo, el de los países coloniales o semi-coloniales, es un nacionalismo defensivo, procura defenderse ante el avasallamiento de su soberanía nacional por el colonialismo y/o el imperialismo. Levanta banderas nacionales ante la opresión extranjera. En palabras de Arregui: “hay un nacionalismo defensivo de los pueblos débiles y un nacionalismo expansivo o que tiende a él” (Hernández Arregui, 2004: 63). En este sentido, claramente Inglaterra se desenvuelve como nacionalismo opresor y nosotros reivindicamos el nacionalismo desde un país oprimido. Equivocar uno con el otro es sumamente pernicioso en términos históricos y políticos, desorientación que aparece en la desmalvinización.
De esta forma, cualquier esquema de análisis de un enfrentamiento entre naciones de este tipo debe comenzar por esta distinción, y si se precia de un contenido de reivindicación nacional deberá tomar posición claramente por la defensa de lo nacional ante el avance colonizador en la forma que sea. Este es el enfrentamiento principal que no podemos soslayar en un análisis. Debemos destacar también que toda guerra anti-colonial se hace, al menos en principio, en inferioridad de condiciones por las características de los países que se enfrentan.
Por otra parte, tomamos nuevamente a Scalabrini Ortíz, que sostiene que Gran Bretaña tuvo con la Argentina una política con dos caras: la visible y la invisible. De esta forma, “la voluntad de mando de la política sudamericana derivaría por dos cauces: uno visible, impetuoso, apasionado, muy florecido de grande palabras y bellas declaraciones, otro (invisible) secreto, cauteloso, de connivencias personales y pactos musitados más que dichos” (2001: 113). La primera consiste en las declaraciones de amistad, el reconocimiento de nuestra independencia, las supuestas ayudas, todo adornado de bellas palabras en las cuales los ingleses no tienen ningún otro interés que el de cooperar con nuestro país. Ahora bien, esa claramente no es la política que se impone, la real es la que denomina invisible. Esta última consiste en que Gran Bretaña va a procurar una vez emancipados nuestros territorios ejercer una dominación indirecta sobre nuestra patria, colonizando la estructura económica y haciendo que la misma responda a su interés, logrando que nuestra riqueza drene al extranjero y manteniéndonos en el “primitivismo agropecuario”. Al mismo tiempo que apuntalar un proceso de balcanización en Nuestra América que impida la posibilidad de realización de la Patria Grande. En fin, obturando nuestra posibilidad de ser realmente independientes. Complementariamente a esto, Marcelo Gullo afirma certeramente que “Malvinas fue el rostro visible de la ocupación invisible de Gran Bretaña en la Argentina y en América Latina” (AAVV, 2011b: 23).
Ahora bien, si como afirma Hernández Arregui “la conciencia nacional es la lucha del pueblo argentino por su liberación. En este sentido el interés por la historia es la conciencia de la libertad como necesidad. Esta conciencia es colectiva pese a que sus formulaciones conscientes surjan de mentes individuales” (2004b: 43), la Causa Malvinas aparece como un jalón en la conformación de la misma, de ahí también la necesidad de revisar su historia pero no desde cualquier punto de vista, menos aún claro desde el colonial, sino que se debe hacerse en función del fortalecimiento de la misma y de la liberación.
Las potencias imperialistas se valen de la superestructura cultural de colonización pedagógica para reforzar la conciencia falsa de lo que somos y desarticular las fuerzas defensivas para la liberación de las ataduras que nos impiden el desarrollo pleno como nación (Hernández Arregui, 1973). Asimismo, coincidimos con Fermín Chávez, que considera que el quiebre de los hábitos que impone la colonización pedagógica, mayormente viene de la mano de la experiencia vivencial, más concretamente de la práctica política. Este pensamiento aparece claramente en el caso Malvinas (Chávez, 1994). Muchos compatriotas se “desayunaron” en el 82 que la Argentina no pertenecía a Europa.
La colonización pedagógica disemina en todo el tejido social un conjunto de zonceras, entre las cuáles Jauretche considera que civilización y barbarie es la madre de todas. Como sabemos, la definición de la civilización refiere a lo ajeno: lo europeo, norteamericano, lo anglosajón, y lo bárbaro es lo propio: el indio, el negro, el gaucho, también la herencia española (Jauretche, 2004). Recordemos incluso que Sarmiento había dicho con respecto a la ocupación colonial de 1833: “Inglaterra se estaciona en las Malvinas. Seamos francos; su invasión es útil a la civilización y al progreso” (Cit. en Galasso, 2011: 433). Así, como se verá, la desmalvinización aparece totalmente penetrada por la lógica de la madre de todas las zonceras. También podemos considerar que es otra de las hijas de aquella.
Hernández Arregui piensa que, cuando se produce el proceso de emancipación con respecto a España, la clase dominante Argentina va acercándose cada vez más a lo británico y lo francés (posteriormente lo hará a los Estados Unidos), mientras que el pueblo sigue “aferrado al suelo”, a la cultura nacional. Así, el enfrentamiento de dos identidades que se van conformando recorre nuestra historia: la identidad nacional, como identidad del pueblo argentino y latinoamericano, contra la identidad de las clases dominantes, la oligarquía, ligada a las potencias imperiales. Las clases dominantes poseen la superestructura cultural a partir de la cual van a “penetrar” en su “forma de ver al mundo” a otros sectores sociales, principalmente los medios, pues “la anglofilia y la francofilia fueron la enfermedad sutil más difundida en las costumbres, la cultura y la vida social argentina en los últimos cien años” (Ramos, 1982: 194). El imperialismo penetra y rompe con la cultura nacional. Apunta a destruir el ser nacional, barrera defensiva contra el avance imperial.
Para su accionar, el imperialismo cuenta con la “pata interna”, la oligarquía que conforma el país dependiente, aparece como aliada y agente de los intereses extranjeros, es anti-nacional. Salvador Ferla considera que esa oligarquía fue en la guerra de Malvinas “el sector más reticente en respaldar la recuperación militar del archipiélago (…) que en contraste con la reacción popular se mostraba desesperada por el deterioro de la relación con los ingleses y norteamericano” (1985: 53).
A partir de esto, observamos que, en la Guerra de Malvinas, nuestro país se enfrenta a Inglaterra (y a los Estados Unidos [1]), es decir combate contra las potencias que las clases dominantes habían adoptado como aliados y, por qué no, “amigos”. La desmalvinización apunta a re-establecer (¿y a pedir perdón?), esa relación “dañada”. Hay que “volver al mundo civilizado”. El objetivo político es “deslegitimar la guerra contra el imperialismo inglés por la vía de sembrar indignidad y deshonra en todo lo que tenga que ver con Malvinas (…) impedir que esa reivindicación (…) se convierta en una consigna que galvanice voluntades opuestas a la entrega nacional” (Cangiano, 2011: 2). La “desmalvinización” está ligada a una operación de sometimiento con respecto a las potencias que avanzan sobre Nuestra América, y sobre todo a partir de la implementación de regímenes neoliberales que van a sembrar “hambre y miseria”, como había profetizado el Libertador Simón Bolívar, a nuestro continente en general, y a la Argentina en particular. Por eso, estas dos identidades que decía Hernández Arregui se hacen presentes en la guerra, porque “mientras el pueblo común sigue con todo su corazón la evolución de los acontecimientos, los intelectuales, las clases “cultas”, los políticos, los banqueros, están cavilosos. Temen al poderoso Occidente. Tiemblan al pensar en la pérdida de sus preciosos contactos con las grandes potencias, de los que se envanecían hasta no hace mucho tiempo” (Ramos, 1982: 204).
En la “desmalvinización”, afirma Fernando Cangiano (psicólogo y veterano de Malvinas), “el ex combatiente fue arrojado a una zona de invisibilidad social en tanto sujeto con identidad propia y con un mensaje para transmitir. Pierde la palabra de protagonista activo, solo se le permite describir el hambre y el frío padecido en el terreno. Comenzó a cobrar forma la figura del chico de la guerra” (2011: 1). Esta cuestión del “chico de la guerra” va a calar profundo en amplios sectores de la sociedad. El que combatió por una causa nacional pasa a ser considerado una víctima más de la última dictadura cívico-militar genocida, “la desmalvinización es una operación discursiva que hizo desaparecer al combatiente y nos los devolvió transfigurado en víctima, en una sombra de sí mismo, alguien que no tendría otra cosa para decir más que el relato de sus padecimientos personales» (Cardozo, en AAVV, 2011b: 200).
Resulta evidente, pero conviene remarcarlo, los combatientes de Malvinas no fueron a las islas a defender ninguna dictadura, sino nuestra soberanía. En esta concepción de los “chicos de la guerra”, “se continúa subestimando la acción de los combatientes que impidieron desembarcar y tomar posesión en tierra a los británicos y a la OTAN por casi 3 semanas, que destruyeron o averiaron 31 buques y 45 aeronaves y que ocasionaron, según fuentes oficiales británicas, la muerte de 255 agentes enemigos, hiriendo más de 700 de ellos” (Recalde, 2011: 1). En los últimos años, incluso aparecieron en un documental británico testimonios que indican la posibilidad de que nuestro país hubiese ganado la guerra (Bonasso, 2012; La Nación, 2012), sobre todo en relación a si lograba resistir un tiempo más, y si algunas de las bombas caídas sobre buques británicos hubiesen explotado (aquí también la “desmalvinización” hace mella sosteniendo que no explotaban por deficiencias, cuando no es así), y otras circunstancias. Incluso hay relatos e informes de británicos que afirman que pensaron en rendirse ante la férrea posición de nuestros combatientes. Si bien resulta contrafáctico, lo que llama la atención es la autodenigración de lo nacional que comentamos en relación a nuestras “nulas posibilidades” de triunfo. Así como también “la anglofilia va unida a la autodenigración, y estas manifestaciones de alienación cultural están conectadas a los planteos económicos que nos asignan el rol de factoría, y a la conducta de estos personajes de utilizar su influencia en los factores de poder argentinos para servir intereses extranjeros” (Ferla, 1985: 25).
Los asesinos de nuestros compatriotas ya no parecieran ser los ingleses, ¡cómo van a ser ellos que son la civilización!, sino los propios argentinos. Los culpables de los muertos no serían los que viajaron 14 mil kilómetros, cometieron varios crímenes de guerra (todos impunes), los que apretaron el gatillo o tiraron bombas contra los nuestros, sino los que “decidieron” una “aventura loca”. No importa la ocupación colonial, sino la dictadura. Un veterano de Malvinas escribió hace poco tiempo con claridad en una carta: “nosotros, la gran mayoría de los Veteranos de Guerra de Malvinas, no nos sentimos víctimas de la dictadura, por el contrario estamos orgullosos de haber ido a defender a la Patria. Fuimos a Malvinas por mandato popular con el uniforme de San Martin a defender la Bandera de Belgrano, no fuimos pensando en Galtieri, y fuimos a combatir contra un enemigo externo, el imperio y su aliado EEUU” (Carta Rubén Pablos. 2016).
Los crímenes de guerra como el del Crucero General Belgrano son invisibilizados por el discurso “desmalvinizador” según el cual se llega a afirmar que los británicos nos trataron mejor que los argentinos. Julio Cardozo apunta que “por esta razón, las posiciones desmalvinizadoras tiene enormes dificultades para incorporar a su discurso palabras como héroe, sacrificio, Patria, coraje, causa, América, imperio, coloniaje, saqueo. Son palabras que resultan problemáticas porque la carga de sentido de la que son portadoras es inconcebible desde el punto de vista “del loco”. Al evitar el carácter anti-colonial del conflicto, la desmalvinización opta por un discurso de perspectiva introvertida que pone acento en otro vocabulario: fuimos llevados, zapatillas, estaqueo, hambre, frío, vergüenza, miedo” (Cardozo, en AAVV, 2011b: 200).
Rosana Guber, que desde la academia intenta pensar la cuestión Malvinas lejos del pensamiento y de las zonceras desmalvinizadoras, rara avis en dicho ámbito, argumenta que las preguntas realizadas a los veteranos sobre las “penurias” de la guerra, del estilo ¿tuviste frío?, ¿hambre?, evidencian una actitud de un adulto con respecto a un niño. Devuelve a los veteranos a la condición de “chicos de la guerra”, no los deja “poner” como “sujetos” con un discurso a pronunciar, los deja en la “minoría de edad”, al mismo tiempo los transforma “en las víctimas indefensas de sus superiores, no de los ingleses” (Guber, 2012: 166). Lleva a transformar también entonces a la Causa nacional de Malvinas en una “guerra absurda”.
Fernando Cangiano también pone en cuestión la demonización de los oficiales y suboficiales, en tanto ciertas caracterizaciones que los tienen como parte del “genocidio planificado” sobre los soldados, una faceta más del Terrorismo de estado. Los actos heroicos aparecen limitados a la fuerza aérea. Hubo, desde ya, oficiales y suboficiales que no “estuvieron a la altura de las circunstancias”, cometiendo aberraciones, pero también hubo otros que sí lo hicieron. En este sentido, Cangiano afirma que “existen innumerables testimonios de soldados, suboficiales y soldados luchando codo a codo en el terreno contra las tropas invasoras (no obstante) es cierto que oficiales y suboficiales no estuvieron, en su mayoría, a la altura de las circunstancias, pero no por las razones que se invocan. En efecto, raramente cumplieron su rol de verdaderos líderes en el terreno, esclareciendo a la tropa sobre la naturaleza del conflicto, el papel de Gran Bretaña en nuestra historia, la lacra del colonialismo, la solidaridad latinoamericana, el rol de Estados Unidos, etc” (Cangiano, 2011: 6).
En el caso de la Fuerza Aérea, que es emblemático y prácticamente no se discute el heroísmo (tanto en muchas de las crónicas argentinas como británicas), sí aparece otra idea que se hace fuerte en relación al discurso desmalvinizador. La cuestión reside sobre todo en vinculación a los “vuelos rasantes” que realizan nuestros pilotos para no ser detectados por los radares, infligiéndole muchísimo daño a la fuerza naval del enemigo (no obstante no estar preparada para una guerra aeronaval), incluso llevándola (según el Ministerio de Defensa inglés), “al día más negro en la historia de la flota británica”[2]. A partir de este tipo de vuelo, y lo arriesgado de lo mismo, comenzó a circular un discurso que los trata como kamikazes (fuerzas japonesas que se suicidaban en los ataques, por diversas cuestiones que no vienen a cuenta aquí), la intención de este “etiquetamiento” es quitarle racionalidad a nuestras fuerzas, lo cual es conveniente al discurso desmalvinizador. Los pilotos argentinos si bien sabían que podían encontrar la muerte en combate, lo aceptaban, pero no lo buscaban, sus maniobras heroicas de combate, rozando los buques, tenían como finalidad darle el mayor daño al enemigo, para inmediatamente realizar “el escape”, y quedar disponible para dar otra batalla (Guber, 2016).
Otra idea que cala profundo en amplios sectores sociales, es que la victoria en Malvinas llevaría a la perpetuación de la dictadura genocida, por lo tanto la derrota significó el fin de la misma. Un análisis simplista y equivocado, en tanto no tiene en cuenta las múltiples causas de la caída de la misma (este tipo de análisis, no solo en este caso, sino en los más diversos obturan la posibilidad de comprensión), entre la que se destaca la rápida y férrea oposición de los trabajadores argentinos. Esa visión suele venir “de la mano” a la que Alfonsín sería el “padre de la democracia”, eclipsando en contraposición el liderazgo de quien consideramos aquí más ligado al regreso del orden democrático, de la resistencia de los trabajadores que mencionamos, Saúl Ubaldini. Ahora bien, aunque resulte contra-fáctico, no es descabellado hipotetizar que una victoria en Malvinas llevaría a agigantar las contradicciones de la dictadura colonial: ¿cómo congeniar esa entrega con el fortalecimiento de la conciencia nacional y anti-imperialista del pueblo argentino? Ese renacer de la conciencia nacional es también lo que viene a romper la desmalvinización. En este sentido, “la guerra de Malvinas debía ser eliminada como factor de movilización popular para la lucha anti-imperialista. Era preciso despojarla de cualquier vestigio de patriotismo y de heroísmo” (Cangiano, 2011: 11).
Otro núcleo desmalvinizador es que la dictadura “usó Malvinas” para llevar al pueblo argentino a una guerra “sin sentido”. Se sabe a esta altura que el objetivo de la misma no era llegar a un enfrentamiento sino que con la recuperación del territorio, abrir la negociación y retirarse. El veterano de Malvinas Rubén Moro anota que luego de cumplida la misión de recuperación de la soberanía: “solo debía quedar en las islas el gobernador designado y una pequeña fuerza militar para respaldar su autoridad y acción de gobierno” (1985: 61). Esta última etapa del plan trazado no se logra cumplir.
En relación a estos acontecimientos, Virginia Gamba afirma que“el hecho de que Gran Bretaña hubiera colocado a las Malvinas en la lista de descolonización y tuviera el antecedente de un Memorándum de Entendimiento que proveía la transferencia eventual a la Argentina en 1968, indicaba que era factible pensar que Gran Bretaña cumpliría con su palabra si se la presionaba para que negociara seriamente” [3] (1984: 87). Recordemos que la Operación Rosario [4] tenía entre sus puntos no causar la muerte a ningún inglés, de modo de no llamar al enfrentamiento armado, “el 2 de abril no fue ninguna declaración de guerra, ni ninguna guerra comenzó aquel día. Por el contrario, fue la potencia invasora la que no pudo soportar ni 1 día de negociaciones pacíficas en condiciones adversas (sin tener ocupado militarmente el territorio en disputa). De hecho, y el historiador oficial británico así lo prueba, la decisión de despachar la Task Force se consumó el 31 de marzo. ¡Y la Argentina había pacientemente negociado con las islas ocupadas durante 149 años!” (Bernal, S.f.).
La presión de los intereses económicos británicos también resulta fundamental para el estallido de la guerra. Vale destacar aquí también que es Inglaterra quien se niega a una salida negociada antes de la guerra, durante la misma (y, desde ya, después). Contextualizando el hecho, recordemos que antes del conflicto Thatcher había decretado una fuerte reducción de la flota británica: gran número de fragatas, destructores, el buque HMS Endurance por ejemplo (incluso el porta aviones Invensible estaba ya vendido a Australia), etc.
En este marco, actúan grupos de presión: Falkland Island Company[5], la British Antartic Survey y el Falkland Island Committee[6], que apuntan a que no se logre una salida negociada, “la alianza con los intereses de la Armada Real Británica terminó generando un pequeño, compacto y poderoso grupo de presión que no solo mantendría el interés sino que trataría de exacerbar cualquier situación o incidente para evitar, por las malas, que ellos mismos se quedaran sin su área de interés y potencial mejora económica”[7] (Gamba, 1984: 119). El Falkland Island Committee específicamente fue creado por un influyente abogado William Hunter Christie en Londres en 1968 aspirando a consolidar al imperio británico en el Atlántico Sur.
El usurpador que ocupaba el puesto de Gobernador de las Islas por entonces, Rex Hunt, se identifica con este grupo de presión. Estos grupos de presión son exitosos en su tarea y determinantes en el curso de los acontecimientos. Aquí también cumple un importante papel la prensa británica. Rubén Moro sostiene que “poco (o nada) sabían los ingleses acerca de unas islas “Falkland” en el Atlántico sur. Pero el hecho de que un país de tercer orden hubiera osado desafiar al león británico era algo que incitaba a su curiosidad (por un lado), y ala irascibilidad (por otro)” (Moro, 1985: 67).
Ramos sostiene que las Fuerzas Armadas desde 1965 venían haciendo planes y realizando ejercicios en torno a la recuperación de nuestro archipiélago. En 1982, se produce la decisión política del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, “fundaron su decisión en varias hipótesis, todas erróneas” (Ramos, 2006: 464). La dictadura genocida venía haciendo planes, al menos, desde el año anterior (Rosana Guber sostiene desde diciembre del 81 la idea toma fuerza y para el 30 de marzo las fuerzas para el desembarco ya estaban reclutadas –Guber, 2012-). Esto da “por tierra” la idea también vinculada a la tergiversación de los hechos que impone la desmalvinización que pretende ligar el acto de fijar soberanía en las Islas el 2 de abril, con la feroz represión sobre el movimiento obrero organizado de pocos días antes. Vale mencionar aquí entonces también que el movimiento obrero organizado, con Saúl Ubaldini a la cabeza, apoya fuertemente la recuperación de las islas. Tradición que sigue hasta el día de hoy en muchos sindicatos de nuestro país.
La cuestión es que la recuperación de la soberanía causó una oleada popular de apoyo a ese acto soberano, más nunca a la dictadura. Los testimonios de la plaza que vitoreaba la recuperación de las islas, pero condenaba a la dictadura dan cuenta de esto. Enrique Manson cuenta sobre la manifestación de apoyo del pueblo argentino a la recuperación de la soberanía, haciendo hincapié en esta distinción que realizaba gran parte del mismo en relación al apoyo de la gesta soberana, de repudio a la dictadura y a sus personeros pro-imperialistas. Así, además de los clásicos “el que no salta es un inglés”, “Patria sí, colonia no”, de los aplausos a las referencias a las Malvinas, y los abucheos cuando se hablaba del “proceso”, se escuchaban expresiones como “Aserrín, aserrán, que se vaya Alemann”, “Levadura, levadura, apoyamos las Malvinas pero no la dictadura” (…) “Galtieri, Galtieri, prestá mucha atención, Malvinas Argentinas y el pueblo es de Perón” (Manson, 2010: 83).
Circula también la idea que lo combatientes fueron obligados a ir a la guerra, falsificando la historia. En relación a esto, el corresponsal de guerra Nicolás Kasanzew cuenta hace poco tiempo en una entrevista al portal Infobae que “200.000 civiles se anotaron como voluntarios para ir a defender nuestra soberanía en Malvinas. Se anotaron pilotos civiles que decían que querían ir a estrellarse contra la flota inglesa con sus avioncitos, se anotaban lisiados con sus sillas de ruedas, se anotaban personas mayores como mi maestro scout, que tenía 73 años, voluntario número 17 que hubiera hecho un muy buen papel” (Entrevista Kasanzew. 2017).
A partir de este punto, Cangiano sostiene que “en rigor de verdad, no fue la dictadura la que empujó al pueblo argentino a la guerra, sino exactamente al revés (…) ¿cómo alguien podría pensar seriamente que una dictadura apadrinada por Estados unidos que tenía en su gabinete a personalidades como Roberto Aleman y Costa Méndez podría tener intenciones serias de hacerle la guerra a Gran Bretaña?” (2011: 10). En el mismo sentido, Federico Bernal afirma que los mandos de la dictadura “nunca quisieron librar una guerra, menos una colonial” (Bernal, S.f.). Por su parte, Jorge Abelardo Ramos contextualiza en la historia esa actitud al sostener que “el alto mando argentino no quiso luchar a fondo ni en todos los terrenos, porque como todas las instituciones de la sociedad anglófila había sido educado en el respeto reverencial hacia el Occidente colonialista” (1982: 183).
Recordemos que estas fuerzas armadas, desde el ‘55 (claro con el breve interregno del tercer gobierno peronista), y más aún con la adopción de la Doctrina de Seguridad Nacional con el cambio del “enemigo externo” al “interno”, y el envío a la Escuela de las Américas para el adoctrinamiento, estaban en una posición claramente colonial, pero ahora se enfrentaban paradójicamente a los que los habían adoctrinado. Ahora bien, Aritz Recalde destaca que “no es frecuente escuchar entre tanta “mea culpa por el atrevimiento argentino”, de que los ingleses mataron, torturaron y constituyeron crímenes de guerra hundiendo al General Belgrano en la zona de exclusión (…) La severidad para cuestionar a los mandos argentinos, no se aplica para criticar las atrocidades de los ingleses en los fusilamientos a soldados y poco se dice de los maltratos que recibieron de los colonialistas y que por ejemplo, los enviaban a sacar minas que explotaban el camino” (2011: 2).
El fortalecimiento de la conciencia nacional es más bien nacional-latinoamericana, en línea con la historia, tradición e identidad de nuestro pueblo, “en esas jornadas los argentinos nos volvimos latinoamericanos, abandonamos nuestros aires de europeos exiliados, dejamos de pensar que solamente veníamos de los barcos y descubrimos que también veníamos de la cruza de indios y españoles y de esa forja de miles de razas que constituyó al ser nacional argentino” (Baraibar, en AAVV, 2011b: 93).
La solidaridad de Nuestra América es enorme, demostrando que somos una gran nación inconclusa. Es conocido que Fidel Castro se entrevistó con Nicanor Costa Méndez en las antípodas ideológicas, lo que no obturó la posibilidad que el líder de la revolución cubana, que batalló largos años contra el imperialismo, considerara la guerra de Malvinas como una lucha contra el colonialismo. Como no podía ser de otra forma, Fidel Castro entendía que el imperialismo anglo-norteamericano era el enemigo principal. El mismo envía una carta a los países no alineados donde afirma que Malvinas es “una guerra colonial, que por su carácter y evolución las potencias imperialistas tratan de convertir en una lección para todos los países del Tercer Mundo que, no importa cuál sea su régimen político o social, defiendan su soberanía e integridad territorial (…) apelo a Usted para que efectúe las gestiones que considere prudente para detener la inminente agresión anglo-norteamericana contra el pueblo argentino”, y en una entrevista a un periódico sostiene que la lucha anti-imperialista en Malvinas “ha creado un sentimiento nacionalista, un patriotismo latinoamericano que nunca antes hemos sentido tan intensamente. Hemos sentido la causa argentina como nuestra causa. Hemos sufrido los muertos argentinos como propios. La victoria argentina es nuestra victoria. La derrota argentina sería nuestra derrota”. (Castro. Cit. en Bardini, en AAVV, 2011b: 104-106).
El caso de Nicaragua también es emblemático, pues la Revolución Sandinista que había sido combatida por Galtieri y compañía (la Argentina había mandado centenares de instructores militares para ayudar a la invasión yanqui a este país, y también a El Salvador), también presta apoyo a nuestro país, y su Ministro del Interior Tomás Borge señala que “es intolerable que una potencia extra-continental, una potencia europea, agreda a un país de América Latina” (Borge. Cit. en Bardini, en AAVV, 2011b: 105). El canciller panameño, cuyo accionar es enorme, también criticó “la demencia política inglesa y la consecuente miopía norteamericana” (Illueca, Ibídem). Panamá también vota en contra de la resolución 502 de la ONU que exigía retirar de nuestro territorio las fuerzas militares. El presidente peruano Fernando Belaúnde Terry se solidarizó con nuestro país y se comprometió fuertemente por ejemplo dándonos aviones de combate Mirage y pilotos de guerra. Recordemos también los esfuerzos del mismo en su mediación que cuando avanzaba se rompe por el crimen de guerra más grave de los cometidos por Gran Bretaña: el hundimiento del Belgrano[8]. El embajador venezolano Jorge Dager ofrece también ayuda militar. (Baraibar, 2015. Manson, 2010) La guerra revive el espíritu sanmartiniano y bolivariano. Podemos pensar en que seguramente muy diferente hubiese sido la historia si aceptaban estos apoyos de americanos. El apoyo no es solo de América Latina, sino del Tercer Mundo en general, de países como Libia con Muamar el Gadafi a la cabeza.
Cuando rompamos la visión colonial de nuestro pasado, cuando dejemos de “pedir permiso” al “mundo civilizado” para crear ideas nacionales, estos hechos tendrán el reconocimiento que se merecen y las nuevas generaciones dejarán de esperar la ayuda de los colonizadores, y estrecharán mayores lazos con la Patria Grande, rompiendo con la xenofobia y el racismo impuestos por la colonización pedagógica y comprenderán que somos una Patria común.
La segunda zoncera que Jauretche escribe en su manual es referida a la geografía. Postulada por Sarmiento entiende que “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”, de ahí también podemos pensar que esa zoncera se instala en la mente de la oligarquía, y también a partir de su difusión, sobre todo en los sectores medios. Podemos pensar Malvinas desde ahí, en tanto la causa nacional de pelear por un territorio parece ilógica, es decir, se hace presente ese desprecio por el territorio nacional característico de la oligarquía que pretendió construir Europa en América, y miró el país con desprecio desde Buenos Aires. En este marco, también aparece la pregunta que se realiza Recalde acerca del por qué varios sectores que consideran un “absurdo” la lucha en las Malvinas, una causa nacional, apoyan las intervenciones armadas por otras causas como el liberalismo económico o el socialismo, y también se pregunta el por qué algunos consideran absolutamente censurable que jóvenes hayan ido a combatir por la Patria, y no piensen igual en relación a los miles de jóvenes que dejaron sus vidas por otras causas en nuestro país o en otros más lejanos (Recalde, 2016).
Otro pilar del pensamiento nacional nos ayuda a pensar Malvinas. Nos referimos a FORJA, agrupación que realiza quizás la primera denuncia sistemática y profunda del accionar del imperialismo británico en nuestras tierras y que tenía absolutamente presente la cuestión Malvinas, por ejemplo recordando repudiando los días 3 de enero el aniversario de la ocupación británica. FORJA considera que las Malvinas son la manifestación más evidente del accionar del imperialismo británico en nuestro país, y hace un llamado para la recuperación de las mismas a lograr fijar soberanía en la estructura económica, nacionalizando los ferrocarriles, las fuentes de energía, los puertos, las tierras extranjerizadas, etc. porque estas son “otras Malvinas”, es decir son otros instrumentos de opresión sobre nuestra nación, y de saqueo colonial sobre la misma. Cuestión para pensar y sostener hoy también. En un volante manifiestan que “las Islas Malvinas son la expresión geográfica de la dominación inglesa sobre la Argentina (…) La conciencia argentina debe agitarse permanentemente en reafirmación de la voluntad nacional de recuperar las Malvinas” (Volante FORJA, 1938. Cit. Godoy, 2015: 264). La idea del forjismo es que la reivindicación de Malvinas, la puesta en evidencia de esa opresión colonial sea el puntal para la reconstrucción y fortalecimiento de la conciencia nacional. En el mismo sentido, años más tarde, “el colorado” Ramos afirma que “la descolonización no pasa por las Malvinas. Deberá pasar por la cultura, la argentinización del Estado, la fusión con América Latina, la eliminación de la oligarquía europeizante y la re-educación de la alta clase media seudo-culta, no menos europeizante” (1982: 211).

Últimas reflexiones

“Queremos ver una (bandera) sobre tus piedras, clavada. Para llenarte de criollos. Para curtirte la cara hasta que logres el gesto tradicional de la Patria”. Atahualpa Yupanqui

El país semi-colonial se corresponde con un modo de pensar a contrapelo de la Patria. Pensar en nacional es romper con la mentalidad colonial. Es la ruptura de civilización y barbarie, pensar desde nuestra propia realidad, nuestras categorías, desechando las zonceras adquiridas en la colonización pedagógica. Es pensar en los intereses nacionales, es decir, los del pueblo. Y en este pensar en nacional aparece como fundamental la ruptura del orden semi-colonial, la dependencia. John William Cooke considera que “todo planteo para la lucha debe partir del conocimiento de nuestra situación de país semi-colonial, integrante de un continente semi-colonial” (Cooke, 2009: 175). En fin, plantea la existencia de una cuestión nacional irresuelta, al mismo tiempo a la Argentina como parte de una gran nación inconclusa. Eso claramente no lo tenían en claro los mandos de la dictadura genocida, cuyo proyecto fue el de anudar los lazos de la dependencia.
Otro rasgo del pensamiento colonial que se hace presente en la desmalvinización es la imposibilidad que la Argentina tome sus propias decisiones sin la influencia norteamericana, rusa, o europea (Ramos, 1982). El pensamiento colonial nos enseña a mirarnos como “ciudadanos de segunda”, enseña la autodenigración de lo propio, y a mirarnos en el espejo equivocado que nos devuelve una imagen deformada de los que somos, “América Latina era solo un reseco mito escolar. Éramos europeos, y no criollos o mestizos. Se miraba a la América Latina de Bolívar por encima del hombro. Pero en realidad, no éramos europeos. Europa nos despreciaba (…) las tierras huérfanas del lejano Sur nos han devuelto al Norte, hacia la América Criolla (…) El pueblo argentino cuenta con un solo aliado real: el pueblo latinoamericano” (Ramos, 1982: 194-195).
En los países semi-coloniales como la Argentina (vale resaltar con una parte de su territorio sí colonizado directamente), la dominación se asegura por la colonización pedagógica. Esta colonización pedagógica impide la conformación de una conciencia nacional, un pensar en nacional, así no podemos arbitrar soluciones desde nuestros criterios a nuestras problemáticas (Jauretche, 2004b). De esta forma, si bien en Malvinas la dominación se asegura por las armas (como en todas colonias), la colonización pedagógica no deja de cumplir un rol importante en tanto la desmalvinización que analizamos aquí, que directamente impide la posibilidad de siquiera “pensar” en la posibilidad de recuperar las islas irredentas.
Jauretche habla de la falsificación de la historia por parte de la oligarquía argentina, no en tanto falsedad sino en relación a la pretensión de ser el único relato posible sobre los hechos históricos, cuando justamente la historia oficial-liberal es la historia de la oligarquía argentina, por eso Don Arturo llama a revisarla desde “otro punto de vista”, desde la perspectiva del pueblo argentino, ya que “no hay política nacional sin historia revisada, porque el cipayo y el vende patria son consecuencias lógicas y hasta prestigiosas en una historia que ha condenado la política nacional y glorificado la sumisión al extranjero” (Jauretche, 2008: 84). Con Malvinas la falsificación se manifiesta crudamente, muchos “compran” el discurso desmalvinizador, que pretende ser el único, cuando en realidad es la historia contada desde el “punto de vista” colonial, en fin “compramos” el relato inglés.
Las limitaciones de la conducción militar, formada en la tradición mitrista y antipopular de las Fuerzas Armadas, más que en la línea nacional sanmartiniana queda en evidencia al no avanzar en otros campos, pues “a la acción militar, corresponde realizar una acción simultánea en el plano político, cultural y económico que complemente la gran batalla de las Malvinas y movilice el espíritu nacional, sin cuyo concurso no hay guerra que pueda ganarse” (Ramos, 1982: 185). La confiscación y/o nacionalización de las empresas británicas, como asimismo de los bancos, y desde ya el no pago de la deuda externa, la expropiación de las grandes extensiones de tierras en manos británicas (calculadas entonces en más de 700 mil hectáreas), el reemplazo de ciertos ministros ligados estrechamente a los intereses extranjeros como Roberto Alemann, la expulsión de los súbditos ingleses destacados de nuestro país, la clausura de las instituciones culturales británicas en nuestro suelo, la interrupción del tráfico aéreo desde y hacia el país colonialista, etc.[9]
Romper con el esquema de pensamiento colonial aparece como fundamental para derribar la desmalvinización, así nos reencontraremos con los héroes. Romper con la desmalvinización es avanzar enormemente en la ruptura del aparato cultural colonial. Pensar nuestras problemáticas a partir de un criterio propio, en fin, pensar en nacional nos permite reencontrarnos y revalorizar la gesta heroica de Malvinas, puntal donde reconstruir la conciencia nacional-latinoamericana dañada por las potencias imperialistas de modo de adormecer el reclamo de la soberanía nacional mancillada. Pero ese adormecimiento del gigante malvinero es solo aparente, porque la Causa Malvinas permanece viva en las tradiciones populares y viene creciendo por abajo, como una semilla, y de la mano de la ruptura de la dependencia y la emancipación integral como nación, la bandera de la Patria volverá a flamear en el territorio arrebatado.

* El autor es Licenciado en Sociología y docente universitario.

Notas

[1]Virginia Gamba documenta la importancia del apoyo de Estados Unidos a Inglaterra en la guerra, como asimismo la búsqueda por parte de ésta del apoyo estadounidense evidenciada a través de las palabras de su embajador en la Casa Blanca: Henderson, quien reitera en varias ocasiones el miedo real a que Malvinas sea “un segundo Suez”. (Gamba, 1984) Rubén Moro por su parte afirma, acerca del “error de cálculo” de la dictadura en relación al papel de Estados Unidos que para cualquier conocedor de la historia de las relaciones entre los Estados unidos y la República Argentina, no podía haber dudas respecto a cuál habría de ser la reacción del gran país del Norte ante el conflicto. razones históricas, etnológicas, religiosas y políticas hacían previsible que a la hora de las decisiones los antiguos aliados de las dos guerras mundiales y sostenedores de la Alianza Atlántica, habían de estar unidos”. (Moro, 1985: 69)
[2] Desde hacía cuatro décadas que ningún barco de guerra británico se había perdido por un ataque enemigo. Recordemos que entre las bajas a la Royal Navy está el HSM Sheffield de 4100 toneladas por el impacto de un misil Exocet. (Manson, 2010)
[3] En 1946 el Reino Unido presenta ante la ONU, en respuesta al pedido del organismo, un listado de 43 territorios que se comprometía a descolonizar, entre ellos las Islas Malvinas. (Moro, 1985)
[4] El nombre viene en referencia a lo que mencionamos de Liniers con la Virgen de Rosario cuando la invasión británica al Plata.
[5] Se trata de una compañía que monopoliza el comercio de las Islas.
[6] Este grupo de presión fue creado por un influyente abogado William Hunter Christie en Londres en el año 1968 aspirando a consolidar al imperio británico en el Atlántico Sur,
[7] En este contexto también es aprovechado por los grupos de presión para hacer lobby, el viaje de una compañía argentina a las Georgias del Sur en 1981 que como se sabe había sido autorizado por Gran Bretaña y existía un contrato formal firmado. (Gamba, 1984)
[8] La cuestión de este crimen de guerra atroz donde pierden la vida 321 compatriotas es profundamente tratado en Baccaro, Pablo. (2013). Fuego 6, 1, 2. El hundimiento del Belgrano: el hecho y la ley de la guerra. Buenos Aires: EDUNLa.
[9] Quizás habría que pensar si para salir de la quietud en que está la Causa Malvinas y nuestras posibilidades de volver a plantar bandera sobre el territorio si este tipo de estrategias podrían ayudar a eso, además de volver más costosa la mantención del territorio colonial para los ocupantes ilegales de las Islas. Y desde ya continuar la profundización de los lazos latinoamericanos, reconstruir el estado, desarrollar la industria, recuperar las fuerzas armadas, reinsertándolas en la senda sanmartiniana y de sus orígenes de lucha contra el colonialismo británico, para el pueblo y la nación.

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Fuente: Revista Punzó

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