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Tiemblen los Tiranos 18: San Martín y la emancipación hispanoamericana (2° Pte.)

Columna que existe para difundir y divulgar hechos y reflexiones sobre la historia, desde una visión, federal, popular y latinoamericana. El viernes 25 de febrero, se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento del General José de San Martín. Sobre él se ha escrito mucho, pero evidentemente no lo suficiente, dada la cantidad de difamaciones que existen sobre la figura de la – tal vez – principal personalidad de la historia de nuestro pueblo.

Desde Chasqui Federal queremos homenajear a San Martín, publicando en dos partes, el trabajo realizado por el historiador Norberto Galasso*, y publicado en la serie de Cuadernos para la Otra Historia, editados oportunamente por el Centro Cultural Enrique Santos Discépolo.

El Editor Federal

La independencia de Chile

Se sabe que el ejército de los Andes triunfó en Chacabuco, fue sorprendido en Cancha Rayada (donde también Manuel Rodríguez jugó un importante rol para salvar las tropas y reorganizar las fuerzas) y alcanzó un triunfo impor- tante en Maipú, en Abril de 1818.

Para la organización del Ejército de los Andes, San Martín recibió cierto apoyo del director Pueyrredón, en dinero y pertrechos. Pero lo fundamental lo consiguió al poner en marcha la economía cuyana con un plan de fuerte intervencionismo estatal.

Logrado el triunfo en Chile, la preparación de la expedición al Perú se complica porque en Buenos Aires retacea su apoyo. La burguesía comercial porte ña estaba preocupada por el artiguismo en la Banda Oriental y en todo el litoral mesopotámico, y por la expedición española que se armó para recuperar las tierras americanas. Se encierra sobre sus problemas y no responde a los reclamos de San Martín. Más aún, le exige que retorne con el Ejército de los Andes para defender a Buenos Aires del peligro montonero. Este reclamo se inicia en abril de 1819 y San Martín, durante casi un año y con diversas excusas, difiere el cumplimiento de la orden porteña.

A mediados de 1819, con motivo de la escasez de recursos y de la amenazante expedición española, lanza una de sus proclamas más fervorosas: “ya no queda duda de que una fuerte expedición española viene a atacarnos […] la guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos “en pelota” como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada. Yo y vuestros oficiales os dare mos el ejemplo en las privaciones y trabajos. La muerte es mejor que ser esclavos de los “maturrangos”.”

La reiterada negativa de San Martín a cumplir las órdenes de volcar sus fuerzas en apoyo de Buenos Aires, con excusas diversas, provoca hondo disgusto al Director Supremo y sus amigos. No resultaría extraño que Rondeau hubiese decidido la destitución del General. Este suceso no aparece suficientemente claro y la Historia Oficial prefiere no menearlo para no dejar mal parados a los directores. Pero lo cierto es que en julio de 1819 Rondeau designa a Marcos González Balcarce para que viaje a Cuyo junto con el abogado mariano Serrano en misión específica ante el general San Martín. Esta misión, según algunos historiadores, consistiría en “preparar las tropas que desde Cuyo marcharían contra los caudillos del litoral”, lo que en buen romance significaría desplazar al General de la jefatura y llevarse el Ejército hacia Buenos Aires. Según otros (Vicente Fidel López, por ejemplo) “Balcarce debía cumplir en Cuyo las ordenes del Gobierno”. No aclara cuáles, pero la circunstancia de llevar un abogado como acompañante sugiere que esas órdenes irían en pliego cerrado y que la función del jurista era avalar la legitimidad de la misión de Balcarce, que no sería otra que asumir como Jefe del Ejército de los Andes. El mismo Vicente Fidel López señala que durante el viaje hacia Cuyo, Balcarce y Serrano son apresados por una partida montonera y agrega: “quedando así frustrada la comisión que llevaba a Cuyo para dividir el ejército con San Martín”.

San Martín, ante estas dificultades, presiona al gobierno chileno y logra que le otorguen apoyo suficiente como para completar sus fuerzas, especialmente en barcos. Los mismos son puestos por el gobierno chileno al mando del Almirante Cochrane, un escocés muy valiente pero muy ávido de dinero que entraría luego en grave conflicto con el gran capitán. Mientras arma la expedición para pasar por mar al Perú, San Martín mantiene correspondencia con los caudillos Estanislao López y José Artigas. Así intenta mediar en el conflicto del litoral, conducta que provoca profundo desagrado en los directoriales porteños.

Desde abril de 1819 hasta Enero de 1820 prosiguen los reclamos porteños para que regrese con el ejército. San Martín esquiva los reclamos, a veces recurriendo a su deficiente estado de salud, pero lo cierto es que privilegia la campaña americana sobre la orden porteña.

A este respecto, son interesantes las reflexiones de Vicente Fidel López en su “Historia de la República Argentina”. Argumenta que San Martín estaba en todo su derecho de no querer venir a Buenos Aires a enfrentar a los montoneros, pero en ese caso debía renunciar y, en cambio, lo que hizo fe “robarle el ejército” al gobierno directorial, llevándoselo consigo a Chile y a Perú cuando la situación interna lo reclamaba en el litoral.

El 1 de febrero de 1820 el director Rondeau es derrotado por las montoneras de Estanislao López y Francisco “Pancho” Ramírez, en la batalla de Cepeda. El 2 de abril de 1820, San Martín, informado de la caída del gobierno, reúne a sus oficiales en Rancagua y arguyendo que cayó el gobierno directorial, renuncia antes sus oficiales para que ellos elijan a su nuevo jefe.

Allí se redacta el Acta de Rancagua, por la cual San Martín, por voluntad de sus oficiales, pasa a ser jefe del ejército expedicionario. Así se crea un ejército hispanoamericano con soberanía flotante que no se subordina a gobierno alguno. Su objetivo es concluir con el absolutismo en América para lo cual inicia en agosto de 1820 la marcha hacia el Perú.

La liberación del Perú

Hacia mediados de 1820, el ejército expedicionario marcha, por mar, hacia el Perú. El 8 de septiembre desembarca en la Bahía de Paracas y establece su cuartel general en Pisco. Desde allí, organiza la campaña de la sierra que pone al mando de Arenales, mientras prepara un nuevo desembarco cerca de Lima.

Considera resguardada la frontera norte de la Provincias Unidas a través de los hombres de Martín Güemes.

La campaña para la liberación del Perú se caracteriza por los movimientos tácticos realizados por San Martín, dirigidos, en general, a evitar grandes choques frontales con el ejército absolutista. Se propone minar las fuerzas de estos, al cercarlos con un juego de pinzas que se complementaría con el avance de un ejército (previa reestructuración del Ejército del Norte dispersado en el motín de Arequito) para lo cual cuenta con el apoyo de Juan Bautista Bustos, Felipe Ibarra y otros jefes provinciales. Por otra parte, la revolución liberal encabezada por Riego en España, en 1820, le permite a San Martín una política de persuasión, de capacitación de oficiales del ejército enemigo. Algunos de esos jefes, años atrás, sus compañeros de armas en España, se hallan influidos por ideas liberales y democráticas, como las suyas. De allí las negociaciones, las entrevistas y las propuestas. Esta táctica alcanza éxito en ciertas oportunidades como cuando un batallón, el Numancia, se pasa al ejército sanmartiniano, aunque no logra persuadir a los jefes españoles de la conveniencia de un armisticio donde se reconozca la independencia del Perú.

Mientras la campaña de Arenales en la sierra se jalona con diversos combates, San Martín sin dar batalla y con diversos desplazamientos de las fuerzas que operan sobre la costa, logra la retirada hacia el interior por parte del ejército enemigo y entra en Lima el 10 de julio de 1821. El 15, el Cabildo Abierto proclama la voluntad general de declarar la independencia del Perú, que se jura en la plaza principal de Lima el 28 de julio.

El 2 de agosto, San Martín es proclamado Protector del Perú.

Todo indica que San Martín se ve obligado a gobernar, más allá de sus deseos. Le escribe a O’ Higgins: “El Perú es libre… Ya yo veo el término de mi vida pública y voy a tratar de entregar esta pesada carga a manos más seguras y retirarme a un rincón a vivir como hombre”.

Su gestión de gobierno es breve, pues a los pocos meses delega el mando para concertar su reunión con Bolívar.

Las medidas adoptadas durante su gobierno reproducen el programa democrático de la Asamblea del año XIII en Buenos Aires, lo cual indicaría su consecuencia con las banderas que lo conmovieron en la España de 1808. Sin embargo, choca con esta posición democrática la implantación de la Orden del Sol. También llama la atención el envío de dos emisarios, García del Río y Parossien, a negociar en Europa, la implantación de una monarquía en el Perú. (Se supone que constitucional, al estilo de “el rey reina pero no gobierna” y se hallaría determinada por el vuelco hacia las viejas formas de gobierno producido a partir de 1814 en el Viejo Mundo).

La gestión de San Martín como Protector del Perú no ha sido aún estudiada minuciosamente, en base a las resoluciones de Gobierno adoptadas en ese período. Entre ellas, cabe destacar el tratado de Perú-Colombia que establece la ciudadanía latinoamericana, por encima de las fronteras.

El misterio de Guayaquil

Las reuniones entre San Marín y Bolívar, el 26 y 27 de julio de 1822, fueron secretas y dieron lugar a extensas polémicas. La versión más infantil la dio el mitrismo, que reduce esta gran reunión política de dimensión latinoamericana a la supuesta caracterología psicológica de los dos personajes. De esta manera, al desinterés, ascetismo y generosidad de San Martín se opondría la ambición y el aventurerismo de Simón Bolívar, quien le habría arrebatado la gloria de culminar la campaña de liberación.

Las razones del paso atrás dado por San Martín dejándole a Bolívar la conclusión de la campaña son mucho más hondas. Algunos historiadores que profundizaron el tema (como A. J. Pérez Amuchástegui) juzgaban que el ejército enemigo, retirado al interior del Perú, era mucho más poderoso de lo que juzgaba Bolívar y por esa razón, le reclamaban a Bolívar no solo la devolución de fuerzas militares que le habían prestado, sino un apoyo muy apreciable en combatientes (que San Martín estimaba que Bolívar disponía y que este quizá, no disponía). Por otra parte, el ejército de San Martín se hallaba muy debilitado por enfermedades y disensiones internas, especialmente un grado de indisciplina muy alto que, dirá luego San Martín, hubiera llevado a tener que fusilar a algunos oficiales para recuperar el orden y la cohesión.

Más allá de estas diferencias, el gran distingo que debe hacerse es que el ejército de San Martín no contaba con respaldo político suficiente en la medida en que Buenos aires se hallaba desinteresada de la campaña hispanoamericana. De allí, su urgencia en asegurar apoyo político y económico para lo cual envía a Gutiérrez de la Fuente a Buenos Aires, pero obtiene una respuesta negativa del grupo rivadaviano. Bolívar, en cambio, estaba respaldado por la Gran Colombia.

Rechazada por Bolívar la propuesta de San Martín de convertirse en su segundo (pues habría dos cabezas en el ejército, con la consiguiente debilidad en las decisiones), San Martín entiende que Bolívar se halla en mejores condiciones para proseguir la campaña. Entonces, se retira del escenario militar para renunciar, poco después, al cargo político de Protector del Perú, dando por concluida su gesta libertadora.

Para el mitrismo, una honda animadversión debió quedar en San Martín, pues Bolívar “Le había robado la gloria”. Si esto fuera así, solo una psicología muy enferma podría exponer en su casa durante su exilio, como lo hizo San Martín, un retrato de Bolívar recordándole el agravio, todas las horas y minutos de su vida. Por el contrario, San Martín lo admiraba profundamente y de ahí el retrato, aún cuando disintiera con Bolívar en la cuestión Guayaquil (San Martín quería dejar al pueblo la decisión de integrarse o no al Perú y, Bolívar lo incorporó de hecho para evitar desmembramientos).

San Martín en Mendoza

Reside en Mendoza desde el 4 de febrero de 1823 hasta el 20 de noviembre de 1823, fecha en que parte hacia Buenos Aires para embarcarse con destino a Europa. En esos nueve meses es hospitalizado por el gobierno rivadaviano y se convence de la imposibilidad de vivir en su país. Por ende, parte al exilio. Escribe: “A mi regreso del Perú, el gobierno que existía en Buenos Aires me era notoriamente hostil”.

Por entonces se cartea con Juan Facundo Quiroga.

Por esa época, Remedios se encuentra gravemente enferma en Buenos Aires, pero San Martín no puede viajar para verla: “Ignora, usted, por ventura que en el año 1823 por ceder a las instancias de mi mujer de venir a darle el último adiós, resolví en mayo, venir a Buenos Aires, se apostaron partidas en el camino para prenderme como a un facineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración”. Remedios muere el 3 de agosto sin que San Martín haya podido visitarla.

En octubre, Estanislao López le escribe: “Sé de una manera positiva por mis agentes en Buenos Aires que, a la llegada de V.E. a aquella capital, será mandado juzgar por el gobierno en un Consejo de Guerra de oficiales generales, por haber desobedecido sus órdenes en 1819, haciendo la gloriosa campaña a Chile, no invadir a Santa Fe y seguir la expedición libertadora al Perú… siento el honor de asegura a V.E. que a su solo aviso, estaré con la provincia en masa a espera a V.E., en El Desmochado, para llevarlo en triunfo hasta la plaza de la Victoria. Si V.E. no aceptase esto, fácil me será hacerlo conducir, con toda seguridad, por Entre Ríos hasta Montevideo”.

San Martín contesta: “No puedo creer en tal proceder. Iré solo, como he cruzado el pacífico… Pero si la fatalidad así lo quiere, yo daré por respuesta mi sable, la libertad de un mundo, el estandarte de Pizarro y las banderas de los enemigos que ondean en la Catedral, conquistada con aquellas armas que no quise teñir en sangre argentina. ¡No! Buenos Aires es la cuna de la libertad. El pueblo de Buenos Aires hará justicia»

En otra carta, comenta: “A los dos meses de mi llegada a Mendoza, el gobierno que en aquella época mandaba en Buenos Aires, no solo me formó un bloqueo de espías, entre ellos uno de mis sirvientes, sino que me hizo una guerra poco noble en los papeles públicos de su devoción, tratando al mismo tiempo de hacerme sospechoso a los demás gobiernos de las provincias”.

Asimismo, el gobierno le suspende a su hija la pensión que le habían otorgado. A su vez, “el espantoso ‘Centinela’ (recuerda San Martín) principió a hostilizarme, sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro”

El historiador Pacífico Otero refiere, citando a un marino francés, que el gobierno de Martín Rodríguez temía que San Martín hiciera una revolución y “lo observaba de cerca, controlando sus movimientos, para arrestarlo ante la primera tentativa”. José María Rosa señala que los partidarios de Rivadavia “postergaron la reunión del Congreso Constituyente por temor a que San Martín fuese elegido Jefe Supremo”. San Martín llega en diciembre a Buenos Aires y al poco tiempo, el 10 de febrero de 1824, se embarca con su hija rumbo a Europa. Años después, en diversas cartas, manifiesta su animadversión por Rivadavia y su círculo: “Me consta que en todo el tiempo de la administración de Rivadavia, mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial la más completa. Yo he mirado esta conducta con el desprecio que merecen sus autores”; “La administración de Rivadavia ha sido desastrosa […]; él me ha hecho una guerra de zapa para minar mi opinión suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro objeto que el de establecer gobiernos en América; yo he despreciado tanto sus groseras imposturas, como su innoble persona”.

A estas cartas, O’Higgins responde en términos similares: “un enemigo tan feroz de los patriotas como Rivadavia”; “El hombre más criminal que ha producido el pueblo argentino […] Este hombre despreciable no solo ha ejercido su encono contra usted”.

Esta enemistad es la que conduce a San Martín a reclamarle a dos amigos suyos, en Londres, en 1825 que actúen como padrinos para retarlo a duelo a Rivadavia. El duelo no llega a producirse, pues los amigos lo disuaden por el escándalo que desprestigiaría a las Provincias Unidas.

Tal es la relación San Martín-Rivadavia, aunque sus retratos aparezcan juntos en los colegios, como si hubieran perseguido idénticos objetivos. En cambio, expresaban, en sus personas, el antagonismo frontal entre el proyecto de emancipación, unificación y crecimiento hacia adentro (San Martín), y el proyecto de subordinación, desmembramiento y economía atada al mercado mundial (Rivadavia).

El exilio

San Martín se encuentra en Europa cuando estalla la guerra de las Provincias Unidas contra el Brasil. Según carta a su amigo Tomás Guido, encontrándose Rivadavia en el poder, no ofrece sus servicios. En cambio, al caer Rivadavia y asumir Dorrego, decide volver para poner su espada al servicio de la patria. Así, en noviembre de 1828, se embarca con destino a Buenos Aires. Pero cuando el barco hace escala en Río de Janeiro, los primeros días de diciembre, se informa del levantamiento de Lavalle. Y poco después, del fusilamiento de Dorrego. El 6 de febrero de 1829 llega ante el puerto de Buenos Aires pero se niega a desembarcar. Lavalle le ofrece hacerse cargo del gobierno, pero San Martín no acepta y pasa a Montevideo. Desde allí, el 13 de abril, le escribe a O’ Higgins: “El objeto de Lavalle era el que yo me encargarse del mando del ejército y provincia de Buenos Aires y transase con las demás provincias a fin de garantir, por mi parte y la de los demás gobernadores, a los autores del movimiento del 1° de diciembre, pero usted conocerá que en el estado de exaltación a que han llegado las pasiones, era absolutamente imposible reunir los partidos en cuestión sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno de uno de ello. Por otra parte, los autores del movimiento del 1° de diciembre son Rivadavia y sus satélites y a usted le constan los inmensos males que estos hombres han hecho, no solo a este país, sino al resto de América, con su infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres, peor, es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado”.

Mientras los periódicos unitarios lo atacan, parte nuevamente hacia Europa, ahora sí, a su exilio definitivo.

Su reconocimiento a Rosas

En los primeros años de su exilio, San Martín sufre penurias financieras. Más adelante, se encuentra con su amigo de juventud, Alejandro Aguado, quien lo protege económicamente y al morir, en 1842, le deja un legado importante.

Instalado en Gran Bourg, juzga concluida su vida pública. Pero en marzo de 1838, una escuadra francesa bloquea el puerto de Buenos Aires. Ante esta situación, ya sexagenario, se ofrece a Rosas para luchar contra la agresión extranjera.

Así comienza la correspondencia con Rosas, quien le reconoce sus méritos y le rinde reiterados homenajes. En una de esas cartas, San Martín escribe: “Lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido, se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.

Rosas le agradece el ofrecimiento de regresar para servir militarmente a la patria, pero no lo juzga necesario. Asimismo, lo designa embajador ante el Perú, a lo cual responde San Martín que no puede aceptar pues es generalísimo del ejército del Perú.

En carta a Gregorio Gómez, San Martín manifiesta diferencias con la gestión interna de Rosas: “Yo no puedo aprobar la conducta del General Rosas cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados del país, por otra parte, el asesinato del doctor Maza me convence que el gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la violencia”, pero agrega: “A pesar de esto yo no aprobaré jamás que ningún hijo del país se una a una nación extranjera para humillar a su patria”.

El 23 de enero de 1844, dicta su testamento regalándole su sable de la lucha emancipadora a Juan Manuel de Rosas: “En el nombre de Dios Todopoderoso, a quien reconozco como Hacedor del Universo: digo yo, José de San Martín, Generalísimo de la República del Perú y Fundador de su libertad, Capitán General de Chile y Brigadier General de la Confederación Argentina, que visto el mal estado de mi salud declaro por el presente Testamento lo siguiente: […] el sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rozas, como una prueba de la satisfacción que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla […]. Hecho en París, a 23 de enero del año mil ochocientos cuarenta y escrito todo él de mi puño y letra. José de San Martín”. Esta decisión ha sido enturbiada por muchos historiadores de la corriente liberal, aduciendo que San Martín no estaba en su sano juicio, debido a su avanzada edad.

Luego, cuando se produce una nueva intervención en el Plata, a través de la escuadra anglo-francesa, San Martín le escribe a Guido: “Es inconcebible que las dos más grandes naciones del universo se hayan unido para cometer la mayor y más injusta agresión que pueda cometerse contra un estado independiente; no hay más que leer el manifiesto hecho por los enviados inglés y francés para convencer al más parcial, de la atroz injusticia con que han procedido, y se atreven a invocarla los que han permitido, por el espacio de cuatro años, derramar la sangre y cuando ya la guerra había cesado por falta de enemigos, se interponen no ya para evitar males sino para prolongarlos por tiempo indefinido: Usted sabe que yo no pertenezco a ningún partido; me equivoco, yo soy del partido americano”.

Inicia entonces una acción diplomática, denunciando el atropello anglo-francés. Publica su reclamo en los periódicos y hace llegar un alegato al Parlamento francés. Asimismo, se cartea con dirigentes políticos denunciando el hecho: “escandalosa, infame e injustísima intervención de la Francia e Inglaterra en los negocios interiores del Río de la Plata”.

En esta época continúa intercambiando correspondencia con Rosas. Es visitado por Sarmiento, hecho que Pastor Obligado recoge en sus Tradiciones y que pasa a los textos escolares brindando la imagen de un “San Martín abuelo cariñoso que le da a jugar la medalla que ganó en Bailén a su nietita”. Pero en la cual se omite parte del relato, que es justamente la dura discusión entre San Martín y Sarmiento acerca de Rosas y las intervenciones extranjeras.

Sarmiento escribirá luego: “anciano abatido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas al defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y ofusca”. Y agregará en otro recuerdo: “veía fantasmas de extranjeros”.

Muere El Gran Capitán

Hacía ya más de dos décadas del inicio de su exilio cuando, a las 3 de la tarde del 17 de agosto de 1850, fallece en Boulogne Sur Mer uno de los dos Grandes Capitanes de la Emancipación Latinoamericana.

“Indio misionero” para el odio unitario, “gallego bruto” para la oligarquía porteña, “agente inglés” para el nacionalismo reaccionario, “santo de la espada” y “bronce liberal” para los textos escolares, este alto oficial de los ejércitos chileno, peruano y argentino solo resulta comprensible y valorable más allá de las patrias chicas, es decir, a la luz de la historia de la Patria Grande Latinoamericana.

Ver la Primera Parte, aquí.

*Historiador y ensayista político. Egresado de la Facultad de Ciencias Económicas. Docente del Profesorado.

Fuente: NORBERTO GALASSO, Cuadernos para la otra historia, Centro Cultural “Enrique Santos Discépolo”, 1999.

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