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Tiemblen los Tiranos 21: A 195 años de la Patagonia Argentina y la traición de los abogaditos de Buenos Aires

Columna que existe para difundir y divulgar hechos y reflexiones sobre la historia, desde una visión, federal, popular y latinoamericana. Entre los años 1825 y 1827 se produce la guerra entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Imperio del Brasil. Uno de sus acontecimientos más cruciales, no ha sido demasiado difundido por los investigadores de la historia nacional.
El Editor Federal

¿Qué fue lo que pasó el 7 de marzo de 1827?

Las diferencias entre España y Portugal se hicieron tirantes a partir de la apertura oceánica y los consiguientes descubrimientos ultramarinos durante el siglo XVI. Para zanjar sus diferencias las cortes de ambos países recurrieron al Papa español Alejandro VI para suscribir el Tratado de Tordesillas, que determinó el trazado de una línea imaginaria a 370 leguas de las Islas de Cabo Verde. Los descubrimientos a occidente de ésta línea corresponderían a España y hacia oriente a Portugal. Por esa época la autoridad pontifica era acatada por todos los reinos cristianos.
Los descubrimientos legaron a España un continente, y dentro de este la zona costera del actual Brasil a Portugal. Desde un principio los lusitanos manifestaron intenciones de no ceñirse a los límites del Tratado de Tordesillas. El ataque a las misiones jesuíticas era constante para ese entonces. Sin olvidar tampoco el interés manifiesto por la Banda Oriental como forma de lograr el dominio de una de las márgenes del río de la Plata, llave del comercio marítimo en Sudamérica.
El 26 de enero de 1680, por orden del gobernador de Río de Janeiro se funda la Nueva Colonia del Sacramento, futura base de operaciones para el contrabando y en flagrante violación a la soberanía hispana. La colonia pasó de manos portuguesas a españolas sin solución de continuidad, hasta que en su afán expansivo los portugueses deciden ocupar la Bahía de Montevideo, lo que movilizó al gobernador de Buenos Aires, Mauricio de Zabala, quien desalojó a los lusitanos y fundó la ciudad de Montevideo en 1726.
La actitud expansionista de Portugal continuó cuando Carlos III envió una poderosa armada al mando de Pedro de Cevallos, quien tomó y destruyó la Colonia de Sacramento. Eso obligó a los hispanos a constituir el Virreinato del Río de la Plata, como forma de salvaguardar los intereses en todo el territorio rioplatense.
Durante las guerras napoleónicas, Portugal –aliado natural de Inglaterra- no respetó el bloqueo continental decretado por Bonaparte, quien decidió invadir el país y para llevar a cabo su misión pidió permiso a España para pasar por su territorio, solicitud que fue aceptada finalmente. En su paso Napoleón destronó a la dinastía Borbón de España, y al dirigirse a Portugal obligó a los integrantes de la dinastía de Braganza a emigrar al Brasil.
Como consecuencia de estos hechos, se produjo la emancipación de Argentina y la entronización de la corte Lusitana en el vecino Brasil, que tenía serias aspiraciones a posesionarse en los territorios españoles a través de la Princesa Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII, prisionero de los franceses.
Durante el período emancipatorio, el gobernador de Montevideo, Javier de Elio, no reconoció a la Junta de Mayo y fue nombrado Virrey del Río de la Plata por el Consejo de Regencia de Cádiz. De esa forma se inició la guerra entre Buenos Aires y Elio, quien por su inferioridad bélica operativa pidió ayuda a los portugueses. Montevideo cayó finalmente en poder de las fuerzas republicanas en 1814, pero la penetración portuguesa no cesó ante la indiferencia de los porteños.
Sólo Artigas se opuso, hasta su derrota final en Tacuarembó en 1820. A partir de ese momento la Banda Oriental fue formalmente incorporada a Portugal con el nombre de provincia Cisplatina. Los patriotas uruguayos emigraron entonces a nuestro país. La crisis política argentina, la devastación constante de territorio y la guerra contra el español en el norte no permitieron abrir un nuevo frente de lucha, y existió un reconocimiento de hecho de dominio lusitano.
Durante ese período se saqueó literalmente la Banda Oriental a través de grandes arreos de ganado destinados a la venta de tasajo para alimento de los negros esclavos. Los patriotas uruguayos planificaron entonces la recuperación de territorio y así fue como desde San Isidro partió la expedición de 33 orientales, quienes una vez en el Uruguay insurreccionaron la campaña, y en sucesivas victorias dejaron a Brasil sólo con el dominio de la zona costera. Los uruguayos celebraron un congreso en “La Florida” y determinaron su intención ya no de conformar un estado independiente, sino de ser parte integrante de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta resolución, enviada a Buenos Aires y aceptada, implicó la declaración de guerra por parte del Brasil.

Primeras medidas tomadas por España

Hacia fines del siglo 18 los monarcas españoles tomaron una serie de medidas destinadas a obtener más provecho de sus posesiones coloniales y a defender los puntos más vulnerables de las mismas. Las costas patagónicas, por ejemplo, corrían peligro de ser usurpadas por Inglaterra ya que ocupaban un lugar estratégico en las comunicaciones interoceánicas.
Fue el Rey Carlos III quien decidió crear en el litoral sureño del Virreinato del Río de la Plata cuatro fuertes militares con población civil a su vera, para afirmar con mayor fuerza la soberanía en tan lejanos territorios.
Así nacieron San José (en Península Valdés), Deseado, San Julián y Carmen de Patagones, que fue fundado el 22 de abril de 1779 por Don Francisco de Viedma.
El primer grupo de españoles lo conformaban además de oficiales, soldados y marineros, artesanos, peones, sacerdotes y algún que otro médico. Recién el 2 de octubre de ese año fueron llegando las familias colonizadoras que provenían principalmente de Galicia, Castilla La Vieja y León y de una comarca de esta última provincia conocida con el nombre de Maragatería. De ahí que a los nativos de Carmen de Patagones se los denomine maragatos.
Durante las primeras décadas, la vida de los colonizadores fue muy dura. En un aislamiento casi absoluto, padeciendo condiciones climáticas que a menudo malograban las cosechas y rodeados de peligros, debieron vivir en cuevas cavadas por ellos mismos. La relación con los indios tehuelches no resultó demasiado traumática debido a que el comercio del truque facilitó un contacto cotidiano, aunque no carente de enfrentamientos. En esa época, la comunicación por tierra con Buenos Aires era casi imposible debido a la resistencia de la tribus por mantener intacto el dominio de sus territorios. La mayoría de los viajes se hacía en veleros, en los que se transportaban mercancías y algo de la cosecha.

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La invasión del imperio del Brasil al puerto de Patagones ya tenía un antecedente del 2 de agosto de 1808, cuando el Cabildo de Buenos Aires cursó un oficio al Tribunal del Consulado de Cádiz solicitando la provisión de 10 mil fusiles con destino a Patagones porque “…desde que llegó el Príncipe Regente de Portugal a sus estados de Brasil ha manifestado las miras más pérfidas respecto de estas provincias, ha llegado al exceso de atacar descubiertamente con los refuerzos de tropas inglesas que se anuncian combinará una nueva invasión más temible que las anteriores…”
Una nota fechada el 9 de diciembre de 1825 comunicaba desde Buenos Aires a la comandancia de Patagones lo siguiente: “por noticias aunque no justificadas se sabe que los Portugueses Brasileros no dejan de tener miradas sobre el Establecimiento de Patagones y que por estado de las cosas de la guerra está a pique de romperse después de que la Provincia Oriental ha sido incorporada a las demás de la Unión. Con ese motivo se encarga al Comandante Militar de dicho establecimiento esté muy prevenido de no dejarse sorprender, librando en precaución las medidas que estime convenientes al respecto”.

La Guerra

Entre los años 1825 y 1827 se produce la guerra entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Imperio del Brasil, que constituía una potencia marítima, con más de 80 naves de gran poder de fuego. Las Provincias Unidas, en tanto, apenas contaban con dos viejos bergantines, una barcasa y algunas cañoneras con una o dos bocas de fuego. Fue entonces que el gobierno argentino decidió otorgar patente de corso a barcos mercantes, es decir la posibilidad de ejercer la piratería a nombre del gobierno con el objetivo de minar con ataques la economía brasilera. En este contexto, las Provincias Unidas necesitaban un puerto que por sus condiciones naturales fuera de difícil acceso. Fue así que la base de operaciones elegida fue nada menos que el puerto de Patagones, protegido por la barra del río Negro y los tremendos bancos de arena de la zona de la desembocadura. El Imperio del Brasil, en tanto, llamó a destruir a ese “nido de piratas” que, sin lugar a dudas, ayudó al desarrollo del pequeño poblado.

El primer avistaje

El 25 de febrero la escuadra invasora ya estaba frente al río, aunque mar adentro y a la espera de tiempo propicio para dar el golpe al fuerte de Carmen de Patagones. Eran 2 corbetas, un bergantín y una goleta, con 613 tripulantes a bordo, de los cuales 400 pertenecían a la infantería del Imperio del Brasil. Del total de la tripulación, unos 250 eran anglosajones, mientras que el jefe y su segundo eran ingleses.
En la boca del río la defensa criolla hacía guardias desde que habían llegado las recomendaciones de alerta desde Buenos Aires. Esa mañana se observó una goleta de pequeño porte que, enarbolando una bandera norteamericana, se acercó a la barra para explorarla. Guillermo White sospechó que se trataba de alguna unidad brasilera y salió de inmediato hacia el fuerte a informar sobre la novedad. Para cuando el oficial enviado por el Coronel Martín Lacarra llegó al lugar, la goleta ya no estaba.
Ese solo avistaje obligó a Lacarra a movilizar a toda su tropa: 144 hombres de infantería (cien negros tomados por los corsarios y 44 veteranos de la guarnición), un escuadrón de caballería que integraban 80 pobladores y 22 gauchos de las pampas bonaerenses, comandados por el baqueano José Luis Molina, un piquete de artillería y alrededor de 200 corsarios que se encontraban en ese momento en el puerto rionegrino. La historia, en tanto, suele olvidar a los cientos de gauchos que el gobierno de la provincia de Buenos Aires había deportado a El Carmen y que estaban ocupados de peones en estancias y en los saladeros de la zona. Al siguiente día, el 26 de febrero, se vieron cuatro naves de gran porte tratando de superar la barra del río a la altura de la desembocadura. Recién el 28 de febrero se produjo el primer enfrentamiento. Los invasores fueron recibidos con disparos de fusiles de la batería de la boca servida por un grupo del batallón  de negros libertos a cargo del corsario Fiori. El poderío armamentístico de los brasileros, sin embargo, resultó suficiente para destruir la batería de la boca. Patagones sufría así sus primeros muertos en la guerra: dos negros y el propio Fiori.
La Duquesa de Goyaz era una de las naves brasileras que llegaron a estas costas. El desconocimiento sobre la marea la llevó a quedar varada antes de poder ingresar al río. A las pocas horas, las fuertes olas empezaron a destruir sistemáticamente la embarcación, mientras algunos tripulantes –que gritaban desesperadamente- comenzaron a ahogarse y otros fueron socorridos por la goleta Constancia que, sobrecargada, decidió desembarcar personal en la margen sur del río (actual Viedma).
Cuando parte de la tripulación se encontraba en tierra, una partida criolla hizo su aparición en el lugar y a fuerza de sable obligó a reembarcar apresuradamente a los brasileros, que en su afán por sobrevivir corrieron y dejaron diseminado por todo el terreno armamento y mochilas.
Recién el 6 de marzo los invasores hicieron su reaparición, en son de paz, pidiendo a los criollos un poco de carne fresca. Sin embargo, fueron rechazados en forma terminante.
El 7 de marzo, quienes estaban al mando de la invasión decidieron desembarcar 400 hombres pertrechados a unas 4 leguas del fuerte. Cerca de las 6 de la mañana aparecieron en la zona del Cerro de la Caballada, donde se podías dominar la visión del pequeño poblado. Desde el río, en tanto, las naves corsarias empezaron a disparar. Mientras que el comandante Olivera lanzó una carga de caballería que incendió el campo y venció a fuerza de sable a los invasores.
En medio de un desconcierto total, el comandante Shepard a cargo de la fuerza de ataque ordenó la retirada hacia los barcos y en ese preciso momento cayó muerto de un disparo en el cuello, lo que provocó el desaliento y espanto entre los imperiales que fugaron masivamente con rumbo desconocido en medio del monte. Al fin del día se conoció la gran noticia: los invasores se rindieron.
Mientras todas las fuerzas terrestres y navales protagonizaban una admirable defensa, casi 100 negro esclavos y las mujeres y niños de la población civil local custodiaron el fuerte, vestidos como soldados.

Detalles del combate del 7 de marzo

Serían las 6:30 de la mañana cuando las armas invasoras brillaron al sol sobre el cerro. Nuestros buques les asestaron sus cañones y si bien sus tiros no hicieron blanco por la situación de la columna brasileña sobre uno de los flancos del paraje, expresaron elocuentemente la energía con que se había preparado la defensa.
Olivera, en tanto, realizaba desde su posición una descarga de fusilería que dejaba agonizante, en el suelo pedregoso, al jefe de la expedición imperial, Capitán Shepherd. La columna, agotada ya por la larga marcha de la noche anterior y sedienta, viéndose sin jefe, sintió quebrada su moral y comenzó a retroceder buscando su salvación en la costa del río; pero Olivera, en formidable carga de caballería, la arrolló y quitándole el recurso del agua al metió en el monte que, envuelto en llamas, era un verdadero infierno. El arrojado subteniente mendocino, a cuyas órdenes peleaban el pueblo y los gauchos de Molina, se incorporaba ese día a los anales del Ejercito Argentino como una clara figura de epopeya. En tanto esto ocurría en tierra, el comandante Bynon, viendo que la población no corría peligro ya, bajó sus naves en procura de la escuadra imperial, asaltando y rindiendo dos de sus tres buques: el bergantín Escudiera y la goleta Constancia. Sólo la Itaparica, la esbelta corbeta, quedaba por tomar; era el último reducto de los invasores, pues su tropa terrestre ya había rendido sus armas al atardecer.
Bynon marinó con tropa republicana a los dos barcos apresados y los incorporó a los cuatro vencedores: la Bella Flor (la capitana), del propio Bynon; la Emperatriz, de Harris; la Chiquinha, de Soulin, y el Oriental Argentino, de Dautant.
Con su escuadrilla así reforzada, el bravo marino galés se dirigió hacia al Itaparica y le intimó rendición. El comandante brasileño ordenó a sus hombres a responder a cañonazos; pero éstos no le obedecieron y debió rendirse sin otra condición que la de ser tratado como prisionero de guerra.
Tirados los ganchos y las escalas desde la Bella Flor, el primero que salta a la Itaparica es Juan Bautista Thorne, un valiente marino norteamericano, a quien correspondió también el honor de arriar el pabellón de combate brasileño.
Eran las 22 horas. Los postreros resplandores del incendio iluminaban el horizonte. Los cañones acallados, habían dejado un extraño silencio en el río y en los cerros, silencio que se hacía más profundo en el rítmico galopar de los cascos de un caballo. Era el mensajero de la victoria, Marcelino Crespo, un muchacho d e17 años que, en pelo, iba llevando al fuerte la noticia de la rendición de las tropas invasoras.
Hoy nos toca recordar los nombres de los gloriosos protagonistas de aquella hazaña. Los extranjeros Bynon, Harris, Soulin, Dautant, Thorne y toda la oficialidad y tripulación de la escuadrilla corsaria y los bravos negros y el oficial Fiori, cuya sangre regó el suelo patrio, y los criollos Olivera, Pereyra, el alférez Melchor Gutiérrez y Molina y sus gauchos y los pobladores de ambas bandas, cuyos apellidos Guerrero, Ocampo, Murguiondo, Pita, Araque, García, Cabrera, Guardiola, Crespo, Otero, Calvo, Ibañez, Pinta, Valer, Rial, Maestre, León, Martínez, Miguel, Román, Vázquez, Herrero, Bartruille, Alfaro, Alvarez, han servido para afirmar lo que puede un pueblo cuando se levanta en armas en defensa de sus libertades y de la integridad del solar nativo.
Siete banderas se tomaron a los invasores en al acción del 7 de marzo de 1827. El pueblo, henchido de entusiasmo y de agradecimiento, depositó los trofeos bajo la custodia de la Patrona, Nuestra señora del Carmen, dos de los cuales aún se conservan en la Iglesia Parroquial de Patagones. Cuenta la tradición que Ambrosio Mitre, uno de los defensores cuando la invasión imperial, al día siguiente de ser depositadas las banderas en la capilla del fuerte, llevó a su hijo Bartolomé y a los pies de las mismas le hizo jurar eterno amor a la Patria.

Cómo era la vida en El Carmen

El escritor Emilio Salgari cuenta que el oro corrió a manos llenas  en la zona y las márgenes rionegrinas se veían así abarrotadas de mercaderías –víveres, vinos exquisitos, muebles, tapices, porcelanas, marfil, pianos, sedas y encajes, entre otras cosas-. Todos productos de las correrías de los corsarios. Además, cantidades de africanos liberados y un grupo extraño de hombres hablando todos los idiomas del mundo, trajeron a Patagones el color de una isla del Caribe.
El impacto sobre la economía del Brasil fue de tal magnitud que la conducción naval del Imperio resolvió enviar a Patagones una escuadra para arrasar batería y población con la finalidad de negar a los corsarios el refugio que habían elegido como base para sus admirables campañas marítimas.
El Licenciado Jorge Bustos, Director del Museo Histórico Regional “Francisco de Viedma” de Carmen de Patagones, dependiente del Banco de la Provincia de Buenos Aires, cuenta que el auge de la economía del saladero en el río de la Plata y los ricos recursos salinos de nuestra zona fueron la llave maestra que permitió sacar a Patagones de la situación de franca decadencia.
También los barcos que transportaban la sal a Buenos Aires, Montevideo, el litoral del Paraná y Río Grande do Sul, cargaban en sus bodegas el trigo que hasta ese entonces sólo abastecía a la población local. Con ello, se triplicó la superficie sembrada y también la mano de obra necesaria. Llegaron así agricultores foráneos a quienes se les daban tierras a merced.
La ganadería registró un crecimiento más espectacular todavía. La sal y la tierra gratuita y el ganado adquirido a bajo precio a los indios de la región, constituyeron formidables incentivos para inversionistas porteños. Todas estas actividades, a su vez, dieron vida a un comercio que tenía en la exportación de cueros su fuente principal.
Pero el grupo más numeroso de recién llegados estaba constituido por los gauchos deportados que para 1822 ya eran unos 150, número más que significativo si se tiene en cuenta que para ese entonces la población total de El Carmen era de unas 500 personas. Habían sido enviados por el Ministro Bernardino Rivadavia a fin de proveer de mano de obra a los incipientes saladeros y estancias que precisaban hombres duchos en el manejo del ganado.
Las condiciones de peculiar aislamiento geográfico de Patagones lo constituían en una verdadera cárcel sin murallas que permitía contener a gente culpable de faltas menores como ebriedad y supuesta vagancia, hasta otras más graves como cuatrerismo u homicidio.

Corsarios y negros, protagonistas indiscutidos de nuestra historia

La desventaja que con la que las Provincias Unidas del Río de la Plata afrontaban la guerra con el Imperio del Brasil, que contaba con un gran poderío naval, obligó a nuestro país a apelar a la guerra de corso.
Los corsarios, a diferencia de los piratas, no actuaban libremente sino que estaban sometidos a una serie de reglas. Así, sólo podían atacar a barcos enemigos y debían respetar a los civiles que no les opusieran resistencia. Una vez que el corsario llegaba a puerto era sometido a un tribunal a fin de determinar si había obrado lícitamente.
Ello significó incorporar numerosos barcos a la Armada Nacional aportados por empresarios corsaristas y cuyos tripulantes eran hombres de gran capacidad combativa probados, la mayor parte de ellos, en combates navales en todos los mares del mundo.
Cada barco armado en corso recibía su patente que lo autorizaba a usar la bandera nacional y en nombre de la República, a perseguir las naves que llevaban mercancías y esclavos. No obstante, nuestros corsarios muchas veces enfrentaron exitosamente a buques de guerra enemigos.
Una de las primeras medidas adoptadas por el Imperio del Brasil fue el bloqueo del puerto de Buenos Aires, por lo que los corsarios debieron utilizar entre otros puertos menores el de Patagones. Este era especialmente apto por su lejanía del teatro de la guerra y porque la barra del río daba seguridad a los que buscaban descansar en la zona, luego de los largos cruceros por las costas de Brasil y del África.
Del puerto del Carmen partían y volvían estos marinos con los buques apresados cargados todos de prisioneros, esclavos y generalmente con un valioso botín que incluía alimentos, armas, marfil, alguna joyería, muebles y  ropas, entre otras cosas. En el puerto desembarcaban su carga y la subastaban en remate público, en los que no incluían a los esclavos, que eran entregados al gobierno recibiendo a cambio una retribución.
El gobierno no reclamó a los corsarios ni siquiera un porcentaje del botín que era rematado en el pueblo, como premio al apoyo ofrecido en la guerra. Los compradores eran empresarios ganaderos y saladeristas que ya para 1820 se habían instalado en la región. Hacían llegar la mercadería a Buenos Aires a través de veleros para navegación costera que para rehuir a las naves del Imperior llegaban hasta la boca del río Salado, a tan sólo un paso de la capital. En el muelle de Patagones los corsarios carenaban los cascos de las naves, reparaban los mástiles y los velámenes, se reemplazaban los cordajes, y por supuesto se daba descanso al cuerpo y gozo al alma. El primer corsario que entró a Patagones fue el Lavalleja, comandado por el francés Fourmantín. Atracó en el muelle maragato antes de estallar la guerra que se esperaba día a día. Estaba patentado en Uruguay, para no involucrar al gobierno de Buenos Aires, pero respondía a los intereses de la República. En principio, el coronel Martín Lacarra lo consideró pirata y lo encarceló. Pero poco después de iniciada la guerra, Fourmantín recuperó su libertad y se alistó en la fuerza local para combatir a los invasores.
La historia de los negros en el fuerte data desde su creación, en 1779. Cuando el gobierno dispuso la creación de los 4 fuertes en la Patagonia, fueron embarcados en Montevideo 16 negros prendarios destinados a trabajar en los nuevos asentamientos del sur del país. Con el tiempo fueron llegando más negros, pero con la guerra se produjo el arribo masivo de africanos que eran robados a los brasileros por los corsarios. Mientras unos 200 hombres fueron entregados a las familias más pudientes de la población, otros 100 –los más aptos- fueron integrados a la guarnición militar y formaron un cuerpo de infantería. El coronel Felipe Pereyra llegó entonces especialmente a Patagones para disciplinar militarmente a ese cuerpo de morenos. Algo para acotar: un día de los “50 Juan Perón devolvió al Paraguay las banderas que la Argentina conquistó en la injusta guerra que le hizo a ese país. Cuentan entonces que el Brasil ofreció a Patagones asfalto de varias de sus entonces pedregosas calles a cambio de recuperar las banderas. “No”, respondieron los maragatos.

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