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Columna que existe para difundir y divulgar hechos y reflexiones sobre la historia, desde una visión, federal, popular y latinoamericana. José Gervasio Artigas nació el 19 de junio de 1764 en la ciudad de Montevideo. A días de un nuevo aniversario de la declaración de la independencia de toda nación extranjera por parte de los Pueblos Libres, venga este recordatorio al añorado Protector.
El Editor Federal
La Historia Oficial, en la Argentina, juzgó siempre a Artigas como un caudillo bárbaro, atrasado, despótico; descalificándolo con los epítetos más negativos. Esto no se produjo casualmente, por supuesto, sino que respondió a la necesidad de desprestigiar al hombre que propiciaba una política peligrosa para los sectores dominantes, en tanto reforma agraria, elevación del indio, proteccionismo industrial, democracia y unión latinoamericana. La saña contra Artigas, que se advierte tanto en la historia de Mitre como en la de Vicente Fidel López (los dos ingenieros del relato oficial histórico nacional) expresa una política y el propio Mitre lo reconoce cuando, en carta privada a Vicente F. López, le expresa: “Ambos hemos tenido las mismas repulsiones contra los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente”.
Artigas provenía de una familia cuyo origen se vinculaba a los primeros fundadores de dicha ciudad. De joven estuvo abocado a las labores del campo, circunstancia que le dio un conocimiento pleno de la realidad socio-cultural de la campaña. Luego, ingresó al regimiento de Blandengues de la Frontera donde se convirtió en oficial.
Entre 1806 y 1807, durante las invasiones inglesas, participó en la Reconquista de Buenos Aires. En 1811, abandonó el bando realista cuando el nuevo virrey del Río de la Plata Francisco Javier de Elío desconoció a la Junta revolucionaria porteña creada en mayo de 1810. Ese gobierno de Buenos Aires lo designó Teniente Coronel y su misión era provocar levantamientos en la Banda Oriental contra los realistas. Para este objetivo contó con una fuerza militar obtenida gracias a su influencia en la campaña oriental.
El 28 de febrero de 1811, se inicia la revolución en la Banda Oriental: el episodio se conoce como “El grito de Asencio”. Poco después, el 18 de mayo obtiene una resonante victoria en “Las Piedras”, lo cual permite a Rondeau establecer el sitio sobre Montevideo.
Sin embargo, en julio de ese año, tropas portuguesas invaden la Banda Oriental; y en Buenos Aires, se daban algunos movimientos contrarrevolucionarios que se expresaron en el primer Triunvirato. Este nuevo Ejecutivo, durante octubre de 1811, pacta un armisticio con el virrey Elío, abandonando a Artigas a su suerte.
Ya convertido en Jefe de los Orientales, decide cruzar el Uruguay y asentarse en el Ayuí. Alrededor de 5000 hombres lo siguen en ese “éxodo oriental” o caravana “de la redota”.
A fines de año, Artigas y su gente vuelven a la lucha, ahora colaborando con Sarratea, nombrado Jefe del Ejército en la Banda Oriental. Pero éste soborna a algunos jefes, por lo cual Artigas decide desobedecerlo. Ante esta actitud del caudillo oriental, Sarratea lo declara “traidor a la patria”.
La instalación del segundo Triunvirato en Buenos Aires (1812) posibilitó la apertura de la Asamblea del año XIII el 31 de enero de 1813. Artigas decide reconocerla y envía diputados, en representación de los pueblos orientales, munidos de una serie de instrucciones originadas en el Congreso de Tres Cruces (5 de abril de 1813) que expresaban el pensamiento emancipador del caudillo oriental.
En ellas, Artigas proponía la independencia absoluta de España, un sistema de confederación con las provincias, un gobierno central, republicano y federal, libertades en lo civil y religioso y que la capital de las Provincias Unidas debía establecerse fuera de Buenos Aires. Sin embargo, los diputados orientales fueron rechazados por la Asamblea argumentando el incumplimiento de formalidades para su designación.
La verdadera razón del rechazo radicaba en que las instrucciones de Artigas contrariaban los planes del grupo liderado por el General Alvear que dominaba la Asamblea y podían aliarse al grupo que respondía a San Martín. El rechazo de los diputados orientales derivó en una nueva ruptura de Artigas con Buenos Aires. La respuesta del Directorio porteño fue declararlo traidor (ahora, por segunda vez) y fijar 6.000 pesos por su cabeza.
La personalidad de Artigas crece por entonces y obtiene el apoyo no sólo de la Banda Oriental sino también de Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba, constituyendo la Liga de los Pueblos Libres (1815). De esa liga Artigas fue su Protector y quien enarboló la lucha contra el centralismo de Buenos Aires cuyo puerto y comercio libre perjudicaban al resto de las provincias.
En esa época, Artigas alcanza su mayor poder como Protector de los Pueblos Libres, con sede en Purificación. Desarrolla, entonces, su programa revolucionario: entrega de tierras a los más desamparados (huérfanos, viudas, libertos, etc.) delimitando las extensiones para evitar la formación de latifundios, defensa de las producciones locales aplicando tarifas aduaneras a la importación de mercaderías extranjeras, liberación de los indios “pues deben acabarse los privilegios que nacen de la cuna”, apoyándolos para que elijan sus autoridades y se organicen democráticamente, establecen un sistema republicano y federal. Asimismo, en carta a Bolívar, manifiesta su criterio de unificación de las patrias chicas.
Lo negativo, o tal vez, lo negociado con el resto de las provincias que conformaban la Liga, tuvo que ver con la determinación de la libre navegación de los ríos para que los puertos y territorios en las márgenes de los ríos Paraná y Uruguay estén en igualdad de condiciones en cuanto al comercio manteniendo la política común de aranceles. De allí la instalación de diversos puertos en la cuenca; y de allí el riesgo permanente de presencia extranjera en las entrañas del territorio.
Más allá de esto último, se trataba de una experiencia notablemente progresista que sevió nuevamente perturbada en 1815 por el ingreso de tropas portuguesas en el norte de la Banda Oriental, dirigidas por el General Lecor. Esta invasión ha sido promovida por Manuel J. García, representante argentino en Río de Janeiro, en complicidad con el director supremo Pueyrredón, a quien Artigas protesta con vehemencia.
Hostigado por Buenos Aires y atacado por los portugueses, el caudillo oriental comprende la necesidad de transformar su guerra defensiva en guerra ofensiva. Así, el 1º de febrero de 1820 dos hombres de Artigas, los caudillos Estanislao López de Santa Fe y Francisco Ramírez de Entre Ríos, triunfan en la Batalla de Cepeda frente a las fuerzas directoriales porteñas, pero días más tarde Artigas, Jefe Supremo de los Pueblos Libres del Litoral, cae derrotado en Tacuarembó, el 29 de enero de 1820 ante los portugueses.
A la derrota sigue una decepción: López y Ramírez sin consultar con Artigas firman con Buenos Aires el Tratado de Pilar (23 de febrero de 1820). De esta manera la guerra de liberación oriental quedaba trunca.
El disgusto de Artigas lo decidió a enfrentar a Ramírez quien además tenía un compromiso secreto por el cual su ejército se reforzaría con armamentos y dinero de Buenos Aires. Artigas, en su enfrentamiento con Ramírez, sufrió una sucesión de fracasos hasta que finalmente es derrotado en Rincón de Ábalos el 24 de julio de 1820.
Luego de ello, Artigas partió hacia el Paraguay donde vivió exiliado treinta años. Falleció el 23 de septiembre de 1850, a los 86 años. Cinco años después sus restos fueron repatriados.
Con el paso del tiempo –y ante la reivindicación del caudillo por parte de historiadores orientales- aquel viejo odio porteño, unitario centralista y oligarca, fue reemplazado con la deformación histórica: de caudillo bárbaro pasó a ser “el fundador de la nacionalidad uruguaya”, en abierta contradicción con lo que Artigas sostuvo siempre: que la Banda Oriental integraba las Provincias Unidas siendo precisamente, la provincia oriental de las mismas, las cuales, además eran parte de la Patria Grande Hispanoamericana.

Fuente: Pensamiento Discepoleano / J.C.Navarro, Los Malditos, Vol. II, Pág. 69, Ed. Madres de Plaza de Mayo

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