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Tiemblen los Tiranos 9: Varela siempre está llegando

Columna que existe para difundir y divulgar hechos y reflexiones sobre la historia, desde una visión, federal, popular y latinoamericana. En los tiempos de la Guerra del Paraguay, no todos fueron socios de la infamia. Felipe Varela, caudillo de los pueblos del sur, alzó su voz contra los poderosos de este y de aquel lado de fronteras imaginarias.

Por el Editor Federal

La Guerra de Secesión de los Estados Unidos (1861-1865) preocupaba al Imperio Británico y, en particular, a la gran banca de Baring Brothers. La industria textil necesita cada vez de más algodón, pero la oferta de los estados esclavistas del sur declinaba en su ex-colonia. Ágiles para los buenos negocios, los ingleses vieron la posibilidad de mudar algunos de sus intereses al sur.

El territorio de Paraguay era ideal para el cultivo de algodón y además dependía de otros países para exportar su producción por el Atlántico. Pero era principalmente el proyecto soberano, industrial y popular de Paraguay lo que molesta a los británicos y a los gobiernos vasallos de la región.

La Paraguay soberana

Para los años ‘60 del siglo XIX, Paraguay era uno de los pocos países en el mundo en poseer industria pesada -entre ella sus célebres hornos de fundición de hierro-, una flota de barcos a vapor y vías férreas, además de que su ejército contaba con armas de producción propia. Se trataba, también, del país más alfabetizado de toda la región. El proyecto industrialista y proteccionista de los López había sucedido a un periodo de desarrollo alternativo bajo la dirección de José Gaspar Rodríguez de Francia. Su gobierno, una suerte de dictadura popular revolucionaria, había permitido el reparto de tierras, la nacionalización del comercio exterior y la expropiación a las grandes fortunas y la Iglesia Católica en beneficio de las grandes mayorías.

Carlos Antonio López y Francisco Solano López modernizaron el país desde sus propias bases y construyeron un sólido proyecto popular de nación. Por eso, durante los años de la “Guerra Guasú” será la totalidad del pueblo en armas quién dará forma a la resistencia. Mientras que el general Mitre calculaba una campaña de apenas dos meses para doblegar al Paraguay, la defensa guaraní resistió durante un lustro los embates de tres naciones vecinas que actuaban a la sombra del imperialismo británico.

Desde 1856 existían proyectos y protocolos de guerra contra Paraguay suscritos entre la Argentina y Brasil que habían sido firmados con pluma inglesa. La propia historiografía oficial mitrista contará que fue el Mariscal López quien inició la guerra el 11 de noviembre de 1864 al atravesar el territorio de las Misiones sin autorización de su gobierno. Lo que ocultará es que el ejército paraguayo sí había solicitado autorización en múltiples ocasiones. Paraguay acudía entonces al llamado del gobierno de Uruguay, que estaba siendo atacado por las fuerzas de Venancio Flores, un aliado del mismo Mitre que lograría tomar el gobierno convirtiéndose en un socio menor del Imperio del Brasil y los liberales porteños. A partir de entonces el ejército de Paraguay estaría en retroceso en una guerra defensiva y agónica.

A inicios de mayo de 1865, Francisco Octaviano por el Imperio del Brasil; Carlos de Castro por la cancillería del Uruguay de Venancio Flores; y el ya mentado Rufino de Elizalde por la Argentina, firmaron en Buenos Aires el tratado de la funesta Triple Alianza. Los objetivos de guerra declarados fueron: arrebatarle a Paraguay la soberanía de sus ríos, responsabilizarlo de los costos eventuales de la guerra, y repartir el territorio reconocidamente paraguayo- entre la Argentina y Brasil.

La propaganda oficial aducía que la guerra “se hacía contra el presidente y no contra el pueblo paraguayo, cuyos miembros eran admitidos por los aliados para incorporarse a una Legión Paraguaya que luchase contra la ‘tiranía’ de López”. Esta legión anti-López nunca existió. Por el contrario, buena parte de los gauchos argentinos se pasaron al bando paraguayo -o ,mejor dicho-, nunca fueron parte de ningún otro bando. El ejército mitrista debía entonces reclutar por la fuerza a sus soldados, muchos de los cuales eran trasladados con grilletes en los trenes que se dirigían hasta el frente de batalla.

La única parte del tratado que nunca se cumplió fue aquella que, se suponía, otorgaba garantías a los habitantes. Se calcula que al cabo de cinco años de guerra la población paraguaya, en un genocidio sin precedentes, había sido aniquilada en un 60 o un 70 por ciento.

Sarmiento, en carta a Mitre, supo expresar con honestidad brutal su desprecio por el pueblo paraguayo y, con él, por los pueblos de la América toda: “Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto o falta de razón. En ellos, se perpetúa la barbarie primitiva y colonial… Son unos perros ignorantes… Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López lo acompañan miles de animales que obedecen y mueren de miedo. Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era necesario purgar la tierra de toda esa excrecencia humana, raza perdida de cuyo contagio hay que librarse”.

El pragmático y calculador Mitre, por su parte, mostraba sin sonrojarse los nobles ideales que guiaron la matanza: “En la guerra del Paraguay han triunfado no sólo la República Argentina sino también los grandes principios del libre cambio”.

Varela, devenido ya un caudillo de las provincias y pueblos del sur del continente, tendrá una posición que se ubicará precisamente en las antípodas: “Es por estas incontestables razones que los Argentinos de corazón, y sobre todo los que no somos hijos de la Capital, hemos estado siempre del lado del Paraguay en la guerra que, por debilitarnos, por desarmarnos, por arruinarnos, le ha llevado Mitre a fuerza de intrigas y de infamias contra la voluntad de toda la Nación entera, a excepción de la egoísta Buenos Aires.”

El fin de la guerra marcará la consolidación del proyecto liberal y pro-británico, abriendo paso a la pacificación de las provincias, la aniquilación de las últimas montoneras americanas y federales, y borrando de la historia oficial al Paraguay soberano en donde la cultura guaraní supo estar en la más alta de las estimas, junto con sus valores de coraje y dignidad.

Una revolución montonera en las campañas argentinas

El sanguinario Comandante Irrazabal actúa con autoridad marcial. Se sabe parte del bando vencedor. Su carrera se forjó matando gauchos y reprimiendo montoneras federales. Su mayor condecoración es la cabeza del Chacho y la palmada que le prodigó Sarmiento. Es el año 1866 y el comandante vocifera a la gauchada casi escupiendo las palabras. Los trata de cobardes, brutos y sucios. De vuelta de su retiro, Irrazabal es convocado para reclutar tropas para enviar al frente de batalla en la otra punta del país, y cumple su tarea con mano de hierro a los órdenes de Mitre.

Pero los provincianos no olvidan al Chacho, a su valentía, a su lanza cuando cortaba el viento. Su rebelión fue sangrientamente aplastada por las fuerzas enviadas desde Buenos Aires, con la colaboración de los santiagueños hermanos Taboada, que llevaría a su asesinato a traición pese a haberse entregado pacíficamente.

Entre los liberales, sólo Juan Bautista Alberdi alcanzaría a comprender a cabalidad el fenómeno montonero, al afirmar que “esos caudillos como Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas, Peñalosa, como jefes, como cabezas y autoridades, son obra del pueblo, su personificación más espontánea y genuina. Sin más título que ese, sin finanzas, sin recursos, ellos han arrastrado o guiado al pueblo con más poder que los gobiernos. Aparecen con la revolución: son sus primeros soldados.”

En esos meses del ‘66 la tensión era palpable. En el frente de batalla el ejército guaraní lograba su primera y única victoria en la Batalla de Curupaytí. A inicios de diciembre, un contingente que debía ir a Paraguay se sublevó en Mendoza bajo el mando del coronel Manuel Arias: empezaba la revolución de los colorados.

A los pocos días, los revolucionarios liderados por Juan de Dios Videla derrocaron al gobernador y ganan el gobierno, iniciando así la lucha organizada. El 2 de enero Varela ingresa a San Juan desde Coquimbo y derrota a los mitristas que estaban custodiando el paso. El 2 de febrero estalla también la revolución en La Rioja. El ejército de Varela se engrosa a ritmo frenético, pasando de unos 800 a unos 5 mil combatientes. El riojano Dardo de la Vega Díaz afirma que “por donde Varela pasa, los ranchos van quedando vacíos”. El jefe revolucionario, con su ancho sombrero y sus largos bigotes característicos, irá sumando huestes en su “cruzada libertadora” para terminar con “los liberticidas”. Jóvenes y viejos dejan sus hogares, montan sus caballos, recogen la lanza tacuara y se lanzan en montonera para escapar de la requisitoria a una lucha fratricida. Se incorporan también, a la rebelión, las provincias de San Luis y San Juan. Después de casi una década de desbandada y humillación, los federales vuelven a ganar terreno frente a la prepotencia de la aventura militar porteña. Otra vez las banderas rojo punzó ondean en el aire de las campañas argentinas.

Varela viene

Tras el combate de Nacimientos en La Rioja el 2 de enero de 1867, hasta el de Salinas de Pastos Grandes el 12 de enero de 1869, el quijote americano luchará, con aciertos y errores, contra los ejércitos de línea.

“Entonces –recordará Felipe Varela en su “Manifiesto” – llevado del amor a mi Patria y a los grandes intereses de América, creí un deber mío, como soldado de la libertad, unir mis esfuerzos a los de mis compatriotas, invitándoles a empuñar la espada (…)”.

“¡ARGENTINOS TODOS! ¡Llegó el día de mejor porvenir para la Patria! A vosotros cumple ahora el noble esfuerzo de levantar del suelo ensangrentado el Pabellón de Belgrano, para enarbolarlo gloriosamente sobre las cabezas de nuestros liberticidas enemigos!”. Así resonaba la convocatoria del caudillo a la Batalla de Pozo de Vargas.

Pero en aquella tarde riojana de abril, cuando el cielo descargó por fin su aguacero, no fue para calmar la sed de las montoneras. Apenas si sirvió para lavar la sangre y el barro de los cuerpos desperdigados. El caudillo americano fue derrotado, y con él se extinguieron las esperanzas de frenar al proyecto imperialista durante casi cinco décadas.

Pero ni Varela ni sus combatientes se dieron por vencidos, sino que siguieron conspirando y hostigando a las fuerzas unitarias. Aunque, luego de Pozo de Vargas, lo harían casi sin ejército y sin armas.

Mientras tanto en el frente paraguayo las cosas no dejaban de empeorar, conforme ganaba terreno la política de exterminio y tierra arrasada de la entente agresora. El 1 de marzo de 1870 caía Francisco Solano López en el combate de Cerro Corá. Sólo contaba entonces con trescientos aguerridos combatientes que lucharon ya no por una perspectiva de victoria razonable, sino por la salvaguarda de la propia dignidad.

Las últimas palabras de López serían premonitorias: “muero con mi patria”.

Al Paraguay le seguirán años de ocupación militar, despojo territorial, miseria inducida y enterramiento histórico. Pocos meses después, del otro lado de la cordillera moría también Felipe Varela, un 4 de junio del fatídico año 1870.

A los que pierden los abandona la fuerza, pero no la razón. Aunque pueda parecer idéntica, no fue la misma muerte la que se llevó a López en Cerro Corá y a Varela en Copiapó, que aquella que alcanzó a Urquiza en su mansión, traidor de su propia causa, acuchillado por manos anónimas.

Y a los que nunca perdieron la razón, la fuerza vuelve a asistirlos tarde o temprano. Es por eso que no dejan de nacer en otras épocas. Varela viene, Varela siempre está llegando, acompañado de las montoneras americanas que acaso no serán las últimas.

Fuente: Aula Austral

2 Comments

  1. Gustavo naranjo elgue dice:

    Más data por favor

    • chasqui dice:

      Hola! Gracias por comunicarte. Decinos específicamente, sobre qué aspecto te interesa saber más. La historia argentina tiene pliegues que hoy en día son complejos de explicar, dado el prolongado proceso de vaciamiento de contenido que ha sufrido.
      Quedamos a disposición. Saludos!
      El Editor

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