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Todos los “campos”, “el campo”

Ya no quedan gauchos en la pampa y cada vez menos propietarios solventes en Recoleta. La vida y las condiciones han cambiado en la interminable llanura. Abriga el criollo la esperanza, de que ningún poeta cambie los versos que homenajean al horizonte, por los que saluden la “bajada” del GPS satelital.

Por Pablo Casals

El modo de producción extractivista agropecuario que impera en Argentina desde hace un cuarto de siglo, volverá a presentar cifras “récords” en la presente campaña. A ciencia cierta, los datos que avalarían esa superación constante en materia de rindes, volúmenes totales de cosechas y extensión de las fronteras productivas, son veraces e imprecisas al mismo tiempo. Los números oficiales dicen una cosa y los privados otra, pero no se observa desde los ámbitos gubernamentales una inquietud denodada en revertir la situación, aunque el Estado tenga los instrumentos legales y tecnológicos disponibles para hacerlo hace cerca de tres décadas.

Lo único certero es que el modo de producción extractivista agropecuaria avanza a paso firme y con vitalidad. En torno a él se han implementado paquetes tecnológicos, procedimientos exógenos e innecesarios en términos culturales; se ha modificado el territorio, la maquinaria, y la forma de pensar y concebir la actividad agropecuaria y su relación con la tierra. La lógica descripta no se encasilla en los cultivos; también abarca a la cría.

Hay una cosa que es positiva en todo esto, si se hace una lectura desde buena voluntad y que intente obtener como resultado el poder comprender el problema, para luego tomar posición (y no al revés, como se hace desde la mayor parte del arco político nacional). Eso “bueno”, que ocurrió tras la famosa crisis de “la 125” durante el año 2008, es que los argentinos pudimos ver que “el campo” tiene adentro “muchos campos”. También, vimos que Argentina “tiene Argentina” más allá de la ruta 6 y que sigue “cortando el queso” como hace un siglo y medio.

Pudimos darnos cuenta al mismo tiempo, que con la movilización de las “patronales del campo” que coparon todos los rincones de la nación, no hubo un movimiento obrero e industrial organizado que saliera a disputar la calle y el discurso. Y eso no ocurrió por obra de la especulación política a favor o en contra del Gobierno de turno, sino que ocurrió porque ya en 2008, aquel movimiento obrero industrial de base y sindicalmente organizado había dejado de existir como actor real de peso porque, simplemente, ya no había industrias de base en Argentina. Toda esa gente, por entonces y ahora también, cayó en el zafe y el rebusque.

Hay que agradecerle al Martín Lousteau Ministro de Economía de la Nación aquella torpe Resolución 125. Fue una especie de patada a una mesa donde estaba todo mezclado, confuso, oculto y demasiado condimentado. Es decir, como buen hijo de los 90’s, ordenó la estantería y dejó claro hacia dónde iba la Argentina. Casi 15 años después, nadie puede hacerse el distraído.

¿Y cómo estamos ahora en esta eterna post pandemia que viene fenómeno para dejar hacer y dejar pasar? Igual que antes, pero con más pobres y un 33% de desocupación real.

¿Por qué? Porque primero y principal, la pandemia no afectó la producción agropecuaria ni a sus exportaciones. Mucho menos incidió en la importación de productos manufacturados: además de no detenerse, se incrementó.

La producción ganadera es la misma desde 1980, pero su precio internacional – y al mostrador -, es el más alto desde 1991 y continúa en ascenso. Los más afectados allí son los que realizan el engorde en corral, dado que los insumos alimentarios provienen del maíz y el alimento balanceado, que en el mostrador de la forrajería se venden a precio de exportación. El resultado es: un animal bajo en peso, mal alimentado, con carne de mala calidad y caro para producir. Esas cabezas no entran en los que se conoce como “Cuota Hilton”, por lo que no tienen mercado y precio asegurado.

Las medidas gubernamentales no tuvieron el efecto anunciado. Los precios al mostrador no bajaron, ni tampoco hay faena disponible sin vender en frigorífico. Las vacas están en los campos esperando que aclare, o han desarrollado la virtud de la teletransportación hacia la Banda Oriental. ¡Sí señor! La tradicional trashumancia también se ha tecnologizado, y los argentinos cada vez comen menos carne.

En cuanto a las siembras, los rindes y las cosechas – como ya dijimos -, son “records”. En todo caso, los problemas de los productores agropecuarios son los mismos de siempre: cada vez pelean contra una mayor concentración del sector, sufren de incapacidad o de insolvencia para el acceso a los – siempre escasos – créditos, y son rehenes de los insumos importados, cadenas de contratistas y mercados cartelizados.

Los más grandes -que ahora son los denominados pooles de siembra – comprar en cantidad bajan los costos relativos de los insumos, siempre y cuando no sean miembros asociados a ese eslabón de una cadena de valor cada vez más concentrada en las multinacionales tanto vertical como horizontalmente. El pequeño productor (el que posee menos de 2.000 hectáreas) se enfrenta a insumos y servicios dolarizados. En cierto sentido, sigue encomendándose a las buenas lluvias y a la devaluación monetaria. Mitad espíritu y mitad materialismo para sobrevivir en un laberinto sin salida posible, a menos que lo salten por arriba. Si las lluvia son buenas, la cosecha también; y si se devalúa la moneda, les queda un mango más de ventaja respecto del dólar por una par de meses y pueden tapar baches.

Entonces, aquello que se movilizó en 2008 en señal de protesta a la política de aranceles a las exportaciones que impulsaran la Presidenta Fernández y el Ministro Lousteau, vuelve a recrearse cada año en tanto y en cuanto lo imprevisible del clima no esté acompasado con las políticas de devaluación y las lógicas de concentración de la cadena de valor internacional.

Casi que se hace todo lo posible para evitar encontrar el problema donde verdaderamente se encuentra: el Estado nacional no controla ni ejerce las tareas de producción interna, planificación productiva, diseño de planes directores de ordenamiento productivo-tecnológicos, ni pleno ejercicio soberano en la fijación de contratos y vínculos comerciales con el resto del mundo.

Lo que está determinando la política hacia adentro y hacia afuera es el capital multinacional. Y volviendo a 2008, estos 14 años dejan a las claras de que Argentina es el primer eslabón de una cadena de valor internacional, en la cual ni el país ni mucho menos los productores están por encima de esa lógica. De hecho, el oficialismo muestra en el proyecto para la Ley de Desarrollo Agropecuario presentado recientemente, el pleno consenso en todo lo que está ocurriendo.

De hecho, lo que haga o deje de hacer la Mesa de Enlace, aquellos “gallardos paladines de la justicia” en 2008, poco peso político va a tener en la decisión final. Porque ahora hay “otro campo” que tomó la delantera y está representado en el Congreso Agroindustrial Argentino (CAA).

Son las multinacionales exportadoras, las empresas extranjeras proveedoras de semilla, fertilizantes, pesticidas, herbicidas. Son los agentes comerciales, aseguradoras y consignatarios que se rigen por criterios de calificación y certificación foráneos (ya ni siquiera quedó la posibilidad del laudo de arbitraje como instancia de defensa ante el afano extranjero). Son también las firmas la cadenas integradas que unen compra/venta de maquinarias, contratistas, acopio, acondicionamiento, molinos y aceiteras. Son también el mundo del flete, que empieza en la tranquera del campo con el camión, y termina – flete marítimo internacional mediante – en las industrias de allende los mares.

Todas estas también son “el campo”, y no son propietarias ni siquiera de una maceta. No les hace falta; o en todo caso se convertirán en poseedores y tenedores de tierra como consecuencia del ahogo financiero.

Con todo este palabrerío, intentamos describir una realidad que tiene como próceres insospechados, a los firmantes de aquella Resolución 125 en 2008. Allá cuando comprendimos que el país no terminaba en la ruta 6; allí cuando nos dimos cuenta de que la industria nacional estaba aniquilada; ahí, en el preciso instante donde Argentina sellaba el camino del hambre, surgió también “el campo”.

No “el campo” del gaucho, la exposición de la Rural, o el de los tractorazos. Allí estuvo “el campo” de las computadoras, los laboratorios y los híbridos. Ellos también son “el campo” y “cortan el queso”.

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