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Trabajo esclavo y precarización en el siglo XXI

Replicamos este extenso artículo cuya autoría es de los colegas de la RedEco. Desde esta redacción, no nos basamos en los mismos cortes estadísticos que las siguientes líneas despliegan. Sin embargo, más allá de eso, la nota posee un desarrollo y un raconto de suceso que valen la pena rescatar, repasar y reflexionar sobre los mismos.
Redacción
No es novedad que las condiciones en las que los trabajadores y las trabajadoras desempeñan sus tareas empeoran cada vez más, no solo en Argentina, sino en todo el mundo. Se necesitan más empleos y ocupar más horas para obtener un salario que permita una vida digna. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en marzo una familia de cuatro integrantes necesitó en Argentina 89.690 pesos para no ser pobre y 39.862 para no ser indigente, un 7% y un 6,5% más que en febrero.
En su nota “Cartografía del trabajo no registrado”, publicada en la Revista Crisis, la socióloga Juliana Persia (1) afirma que los puestos de trabajo asalariado que no están registrados en la seguridad social suman en Argentina un total de 4.974.775, y representan, según estadísticas oficiales, un 23,5% del total de puestos de la economía y el 31,7% de los asalariados.
No estar registrado implica no tener acceso a las prestaciones de la seguridad social: jubilación, obra social, pensión por invalidez en caso de sufrir algún accidente laboral o enfermedad que incapacite para el trabajo; tampoco se cuenta con seguro por accidentes de trabajo y enfermedades profesionales (ART); no se cobran asignaciones familiares; no se acumula antigüedad ni se accede al derecho a cobrar el seguro por desempleo.
Además, los trabajadores no registrados están peor remunerados. Según el último dato del INDEC del tercer trimestre de 2021, el ingreso de los no registrados fue 27.301 pesos y 62.038 pesos el de los asalariados registrados.(2)
En este sentido, desde la institución independiente Taller de Estudios Laborales (TEL) afirman: “Es importante no perder de vista que porciones cada vez más grandes de la clase trabajadora mundial están sumergidas en relaciones laborales que implican distintas formas de degradación en sus condiciones de vida, que van desde la ‘precariedad’ hasta la ‘esclavitud contemporánea’”.
Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de trabajo esclavo?
Al ser consultados por Red Eco respecto al trabajo esclavo, desde el TEL responden con un poco de historia:
“La ofensiva capitalista o ‘globalización’ tuvo como una de sus principales consecuencias la implementación de políticas estatales y empresarias que atacaron tres conquistas históricas de la clase trabajadora:
-La jornada laboral de 8 horas y el contrato por tiempo indefinido (flexibilidad contractual y horaria)
-La delimitación clara de la correspondencia entre tareas y salario (flexibilidad salarial)
-El nexo entre la relación de empleo y una serie de derechos laborales (licencias con paga, aguinaldo, cobertura de salud, aportes jubilatorios, etc) y sindicales (afiliación sindical, cobertura de negociación colectiva)
Desde ese momento, a pesar de la resistencia de varios sectores, se fueron conformando grupos de trabajadores/as que ingresaban al trabajo asalariado a través de contratos temporales o ‘a plazo’ que no contemplaban los derechos laborales mencionados, con jornadas establecidas arbitrariamente por la patronal, con salarios a destajo o ‘por objetivos’, etc. Esto es el núcleo del fenómeno que se conoce habitualmente como ‘trabajo precarizado’ o ‘flexibilizado’, y que afecta a una porción muy importante de los trabajadores asalariados en el mundo.
Ya en la etapa previa, el desarrollo de las tres conquistas que mencionamos era muy desigual según los sectores y las regiones, aunque esas condiciones eran el horizonte que organizaba las reivindicaciones y demandas de los trabajadores y sus organizaciones. En ese sentido, es posible decir que hubo históricamente sectores de trabajadores en relaciones precarias (sin derechos laborales o sindicales, sin cobertura de salud o jubilatoria, sin contrato laboral, etc). La importancia numérica de estos trabajadores en América Latina está en la base de la idea de ‘informalidad’.
Efectivamente, se consideraba que una gran porción de trabajadores se insertaba en relaciones laborales informales (esto es, por fuera de la regulación estatal) en establecimientos pequeños, que abarcaban el uso de la fuerza de trabajo familiar, el autoempleo o cuentapropismo, etc.
Las relaciones que habitualmente se denominan ‘trabajo en condiciones de semi-esclavitud’ o ‘esclavitud contemporáneas’ forman parte de este conjunto de formas de explotación del trabajo, y se caracterizan porque incluyen algunas de las que se llaman formas de coacción ‘extraeconómicas’”.
Entre estas formas de coacción extraeconómicas, el TEL refiere a las situaciones en las que los trabajadores y las trabajadoras son reclutados con engaños, a través de redes de trata y se retienen sus documentos para evitar la movilidad, se emplea a fuerza de trabajo migrante sin la documentación requerida por el Estado, entre otras: “Estas condiciones refuerzan el círculo de la precariedad: les trabajadores y sus familias son alojados en espacios alejados, o en pésimas condiciones; los bajos salarios hacen que la jornada laboral se prolongue hasta límites extenuantes por el pago a destajo; la vivienda y las viandas se descuentan del salario; etc-. Un fenómeno de la ‘globalización’ es que estas relaciones de trabajo se incorporan en cadenas de producción organizadas a escala global por las grandes corporaciones, a través de redes de subcontratación y tercerización – como es el caso del sector textil y del sector agrario”.
En este punto, desde el TEL remarcan que con “esclavitud contemporánea” no están hablando de “rémoras del pasado” o de relaciones laborales que persistieron a través del tiempo y no se “modernizaron”: “Muchas veces se denuncian como de ‘esclavitud’ lo que no son otra cosa que pésimas condiciones de trabajo asalariado (jornadas agobiantes, malos tratos de capataces y supervisores, presión para elevar la producción, etc). Esto quiere decir que estamos hablando de formas de explotación del trabajo que se propagaron y se intensificaron en las últimas décadas como producto del desarrollo del capitalismo a escala global”.
En tanto, Verónica Trpin, doctora en Antropología Social y directora del Instituto Patagónico de Estudios de Humanidades y Ciencias Sociales (Conicet-Universidad Nacional del Comahue), que investiga temas como trabajo y migración, enfatiza que el trabajo esclavo no puede desacoplarse de las lógicas racistas situadas en determinados circuitos laborales que involucran a personas despojadas de derechos: “Quienes trabajamos trabajo y migración, por ejemplo, preferimos hablar de trabajo no formal o trabajo irregular, pero claramente tiene en los contextos latinoamericanos una fuerte impronta vinculada al racismo, es decir a considerar que hay personas que se encuentran inferiorizadas y por lo tanto en esa inferiorización hay una marca de racismo en relación al despojo de derechos”.
“Hay una clara conjunción entre la condición de clase social en el estatuto de trabajador y trabajadora y la interseccionalidad, creo yo, con la racialización de cierta población, que en esa racialización hay una mirada negadora de derechos, por esta histórica condición de clase atravesada por las mismas lógicas que implican una inferiorización de ciertas poblaciones, y en esa inferiorización casi la negación de su condición de persona, y por eso la negación de su acceso a derechos, como pueden ser los derechos laborales. Esto tiene una impronta muy significativa por la propia historia latinoamericana, de cómo las relaciones de poder se han enquistado en las estructuras de clase social pero esas estructuras de clase social están claramente atravesadas por la racialización de ciertas poblaciones”, explica la antropóloga en diálogo con Red Eco.
Para Verónica Trpin, se puede observar cómo en estos circuitos se replica una lógica. El trabajo irregular está muy extendido en los circuitos en los que hay un cuerpo sobreexpuesto a determinadas condiciones de trabajo, sea a la intemperie o a sobreexigencias laborales, como es el caso de los circuitos agrarios en Argentina y en América Latina, en el trabajo en la construcción y en circuitos feminizados como puede ser el circuito de cuidado, el trabajo doméstico. Y también en los circuitos de trabajo textil, en los llamados talleres clandestinos.
Las descripciones que tanto Trpin como los integrantes delTEL realizan respecto al trabajo esclavo, irregular y/o a la explotación se hacen cuerpo en los relatos que muchos trabajadores y trabajadoras hacen respecto a cómo deben llevar adelante sus tareas…

“Hacían fortunas a costa de nuestros huesos y sangre”

El 30 de marzo de 2006 un desperfecto eléctrico inició un incendio en un taller clandestino, ubicado en la calle Luis Viale 1269 del barrio de Flores en la Ciudad de Buenos Aires. Murieron seis personas: Juana Villca de 25 años (estaba embarazada); Wilfredo Quispe de 15; Elías Carbajal de 10; Rodrigo Carbajal de 4; Luis Quispe de 4 y Harry Rodríguez de 3 años.
Lourdes Hidalgo es sobreviviente del incendio e integra la Comisión por la Memoria y Justicia de los obreros textiles de Luis Viale.
“Las condiciones en las que trabajábamos eran muy malas – relata Lourdes a Red Eco –. Estuvimos 65 personas entre ellos 25 niños en un taller en donde había un solo baño para todxs, que no tenía ni siquiera agua caliente. Trabajábamos más de 18 horas por día. La paga eran unas monedas que no alcanzaban para nada. Aunque a veces podían pasar meses y ni siquiera nos pagaban. Nos veíamos obligados a vivir en el lugar. La patronal y sus encargados en el taller nos daban nylon y maderas para dividir nuestras ‘piezas’. El lugar estaba en malas condiciones. Por eso el día de la masacre patronal, todo se incendió tan rápido… el lugar no tenía matafuegos que funcionen, la puerta de salida de emergencia estaba llena de prendas. Nuestra rutina diaria fue de la cama a la máquina, y de la máquina a la cama, el lugar era cerrado, no tenía ventilación. Toda la casa estaba en condiciones inhumanas para coser y coser ropa que luego la vendían y hacían fortuna a costa de nuestros huesos y sangre”.
Pasaron 16 años desde el incendio y no solo no hubo justicia para los responsables, tampoco se modificaron las condiciones en las que se trabaja en el rubro textil: “Creo que lamentablemente las condiciones en las que hoy se trabaja no han cambiado mucho – confirma Lourdes –. La mayoría de los textiles trabaja en las peores condiciones, no nos reconocen ningún derecho laboral, muchas veces, como nos pasó a nosotras, no nos reconocen ni como seres humanos. Por eso la lucha sigue. Mi lucha sigue y seguirá para hacer memoria por mis compañerxs y sus hijos, es parte de luchar para que mis compañeros textiles conquisten las condiciones de trabajo que se merecen. (…) Mi lucha por justicia es parte y debe ser bandera de lucha de todos los textiles. El reclamo es justicia. Basta de tratarnos como personas de segunda. Queremos un trabajo digno. Una vida digna. Que nuestros hijos no tengan que vivir pegados a la máquina de coser junto a su mamá”.
“Luchamos para que la masacre textil en Luis Viale no quede en el olvido y la pelea es por memoria y justicia, que el taller sea un espacio de memoria. Muchos de los que hoy trabajan en talleres no pueden salir a reclamar porque los echan, los persiguen o los deportan. Es muy complicada la situación, pero creo que en la lucha por la unidad podemos organizar a lxs compañerxs”, agrega Lourdes, que al ser consultada respecto a cómo se manifiesta justamente el trabajo esclavo en el rubro textil, afirma que aparece de muchas formas: “pero centralmente en las grandes empresas trasnacionales, o marcas muy reconocidas como Nike, Adidas, producen en grandes ‘talleres clandestinos’ a cielo abierto a la vista de todos y para todos es muy normal que así sea. Acá nomás en Argentina, Cheeky lo hace en pequeños talleres”.

“No hay un cosechero de yerba que tenga un trabajo grato”

“Sigue siendo trabajo esclavo porque vos te tenés que calentar el lomo de día y de noche te tenés que seguir preocupando para ver qué ponés en la olla”, asegura Hugo Silva, referente de la Agrupación Tareferos Justos de Oberá, Misiones, a Red Eco cuando se le pregunta si considera que el trabajo que realiza es esclavo.
“La verdad que la tarefa no alcanza. No se trabaja bien, se trabaja de la misma forma que siempre, estamos en peligro (…). Y no hay ni un cosechero de yerba que quede millonario o por lo menos tener un trabajo grato, es todo trabajo esclavo”.
Hugo no es el único tarefero de su familia. Lo fue su papá y ahora sus hijos también trabajan de día en la cosecha de yerba y por la noche estudian para terminar el secundario: “Mis hijos están cursando segundo año con esfuerzo de ellos, porque se van todo el día a la tarefa y a la noche al colegio. Nosotros hoy ganamos 3000 pesos entre los tres. Y esos 3000 son hoy nomás, porque mañana no sabemos si la yerba va a estar fea, o va a haber condiciones para trabajar, o va a haber mucho peligro. No es fácil”.
“Es una situación muy angustiante para nosotros – continúa –, yo tengo 48 años, antes era joven y podía trabajar, podía revolcarme, pero hoy por hoy, ya me siento explotado, ya no me resisten los riñones, la cintura, ya me siento cansado y todo el esfuerzo es para seguir al otro día cosechando la yerba”.
Los reclamos de los tareferos no son pocos. El principal, según señala Hugo, es lograr un precio justo para todos, “que se pague lo que marca la ley”: “Hoy estamos necesitando que se cumpla la ley que regula el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), y que decreta que se pague al tarefero 6400 pesos la tonelada, y nos están pagando 2, 3, 4, o a lo sumo 5 mil (…). Buscan una forma para que siempre el tarefero esté cobrando por debajo del precio de la canasta familiar, que nunca le alcance para nada, que el tarefero sea esclavizado bajo ese precio, para que no progrese”.
“Hoy la canasta familiar está muy por encima del precio del trabajo, tenés que trabajar un día para ganar una bolsa de harina”, agrega.
Silva cuenta que la mayoría de los tareferos no tiene trato con los patrones e incluso no los conoce: “Existe contratista y capataz de cuadrilla, pero el patrón no existe, ni se muestra en el lugar de trabajo (…). Lo primero que dice el contratista es ‘yo no sé por qué el patrón no mandó a limpiar la chacra para hacer la cosecha’ o (…) porqué la yerba está en mal estado. Pero los tareferos tenemos que meternos a cosechar igual, esté como esté, esté sucio, haya peligro de que te pique una víbora, una avispa, o haya peligro de cualquier tipo de insecto peligroso. Es un riesgo que corremos todos los días (…). Justo la cosecha gruesa se hace en tiempo de invierno, y ahí tenemos que hacer la vista gorda y meternos igual porque la verdad que tenemos que comer”.
“Las condiciones son siempre las mismas, tiempo feo tenés que trabajar igual (…). Uno es padre de familia y tenés que meterte la ponchada al hombro y meterle al hacha nomas porque ahí está el refrán que dice que el que no gana, no come (…). La realidad es que el tarefero no trabaja para guardar plata, trabaja para comer al día. Si vos trabajas en el día comés, si no trabajas directamente no tenés para comer”, advierte.
“Yo me crié en la chacra de los Urrutia, eran los patrones de mi papá – relata Hugo – y ahí sí se usaba la indumentaria, que eran los zapatos de seguridad, las botas de goma, se usaban las camisas y pantalones de grafa, y todo el equipamiento. Ahora nadie aparece, sólo los contratistas y vos tenés que agarrar y calzarte tu buzo o tu jogging y tenés que ponerte tu alpargatita y salir al campo a trabajar porque sino te comen los pájaros, no ganás nada. (…) Son muy pocos los patrones que se hacen cargo, son contaditos. Acá en Oberá, conozco únicamente uno solo que le pone condiciones para trabajar a los compañeros. Pone las trafic, seguridad a los trabajadores, y trabajan bien, pero es una empresa muy chica que no contiene a más de 50 o 60 trabajadores. Y en Misiones somos alrededor de 19.000 tareferos, y en el punto fijo Oberá, que alberga a la mayor cantidad de tareferos, hay una sola persona que se hace cargo de su personal. Son 50 compañeros nada más, y más o menos alrededor de 5 mil, 6 mil tareferos en Oberá nos quedamos sin nada, y tenemos que trabajar de la forma en que podemos, sin cobertura”.
Otro de los reclamos de los tareferos es el pago de la interzafra, una ayuda a los trabajadores para los meses en que no hay cosecha, meses de desempleo estacional.
“Estamos haciendo dos meses, tres meses de cosecha. Es lo que decretó el INYM, porque esos tres meses de cosecha gruesa le da rendimiento a los molinos y buena calidad. La verdad que antes hacíamos cosecha de largo, no había interzafra. Parábamos un poco nomás, pero había carpida, macheteada, limpieza de yerbales, fumigación, había un montón de trabajo en el que nosotros podíamos apoyarnos. Hoy por hoy el patrón chico, el dueño, cosecha la yerba y no tiene para pagar a un peón para limpiar la chacra, entonces esa chacra queda seis meses y después cuando va a empezar la cosecha vuelven a limpiar, pero queda una limpieza irregular, quedan los troncos, los puntillos, palos, muchos compañeros perdieron los ojos, son todas situaciones en que uno se pone en riesgo en el día a día”, describe Silva.

Trabajadores del mundo uníos

“En la lucha contra el llamado ‘trabajo esclavo’ – aseguran desde el TEL – convergen reivindicaciones de tipo sindical clásico (aumentos de salario, condiciones de trabajo, jornada laboral, derecho a la sindicalización, etc) con otro conjunto de reivindicaciones que tienen que ver con los derechos humanos más amplios, ligados al combate de la trata de personas, al trabajo infantil y a la vulneración de derechos de les trabajadores migrantes. Es por eso un campo de lucha amplio en el que converge un amplio arco de organizaciones sociales y políticas, y que interpela a un arco igualmente amplio de actores estatales”.
“Argentina tiene una particularidad en la que también por las propias características de articulaciones y de fuerte presencia de sindicatos, organizaciones de derechos humanos, hay interesantes legislaciones”, afirma, en tanto, la antropóloga Verónica Trpin.
“Incluso hemos tenido reformas vinculadas a las normativas que rigen el trabajo rural – continúa –, pero sin embargo siempre hay una distancia entre las legislaciones que cobijan a las personas que trabajan en estos circuitos y luego su aplicación en los contextos. Allí hay una falencia clara en los dispositivos y mecanismos de control de la aplicación y de cómo puede ejercerse un lugar de sostenimiento de los derechos para estos trabajadores”.
La Agrupación Tareferos Justos, de la que Hugo Silva es referente, fue creada, tal como él mismo dice, “ante tanto sufrimiento y abandono”: “Un día dijimos que había que crear una agrupación para poder conseguir beneficios para nuestros compañeros”.
Sin embargo, el camino no fue, ni es, fácil.
“Cuando hicimos el acampe frente a la Casa de Gobierno (de Misiones) – recuerda Hugo –, después de tantos reclamos, para pedirle al gobierno provincial que interceda con el INYM y el Ministerio de Trabajo, además de los Ministerios de Desarrollo Social de Nación y Provincia, para que la interzafra sea de 15 mil pesos para cada compañero, nos respondieron sacándonos todo lo que con la lucha habíamos ganado dentro de la agrupación. A nosotros nos daban 650 módulos (bolsones con alimentos de primera necesidad) para los compañeros y nos lo sacaron. Teníamos 10 comedores, 10 merenderos dentro de la agrupación, un comedor en cada barrio. Tuvimos una lucha infinita en Nación y ahí ganamos para los merenderos, pero al final nos sacaron todo castigándonos, fue la reacción que tuvimos por ir a pedir esa interzafra”.
“Cuando querés reclamar como agrupación, como nos pasó a nosotros, te cortan la cabeza y te dejan sin nada como castigo para que no vuelva a suceder con otras agrupaciones, pero nosotros seguimos peleando junto a los compañeros y gracias a Dios seguimos remando. La Agrupación de Tareferos Justos tiene hilo para rato…”, subraya Silva a Red Eco.
En el caso de Lourdes Hidalgo, la Comisión por la Memoria y Justicia de los obreros textiles de Luis Viale que integra se creó a partir de una masacre. El incendio de la vivienda/taller donde vivían y trabajaban familias enteras, en situaciones de extrema precariedad.
La lucha de la Comisión, los sobrevivientes y las familias de las víctimas llevó a que en 2016 se realizara un juicio, en el que el Tribunal Oral Criminal N°5 de la Ciudad de Buenos Aires condenó al encargado del taller Juan Manuel Correa, y al capataz Luis Sillerico Condori a 13 años de prisión, al considerarlos coautores del delito de reducción a la servidumbre y estrago culposo. En su fallo, el Tribunal ordenó que la causa vuelva a instrucción para investigar la responsabilidad de los propietarios del taller y dueños de las marcas, Jaime Geiler y Daniel Fischberg, además de pedir que se investigue la responsabilidad de los efectivos de la Policía Federal y los inspectores que debían controlar el lugar y no lo hicieron. Sin embargo, en mayo de 2019 los dueños de las marcas fueron sobreseídos, y en marzo pasado uno de los encargados fue excarcelado, mientras que el otro permanece con prisión domiciliaria.
Es por eso que la lucha de Lourdes y la comisión continúa: para hacer memoria y justicia por sus compañerxs y sus hijos, y también para conquistar las condiciones laborales que los trabajadores y las trabajadoras textiles se merecen: “Porque la vida de los trabajadores textiles importa, y la vamos a hacer escuchar, jamás nos callarán”.

100 años no son nada

Desde los primeros reclamos de los inmigrantes panaderos de fines del siglo XIX se fueron conquistando derechos laborales, pero persisten y se renuevan formas y condiciones laborales que parecen desconocer los más elementales tratos humanitarios.
La pregunta es, si en pleno siglo XXI estos derechos ganados no comprenden a todos y todas las trabajadoras, a dónde están yendo a parar los beneficios del trabajo.
La respuesta está en el reparto social de la riqueza, tema que quedará a la espera de un nuevo especial de Red Eco Alternativo.

NOTAS

(1) Cartografía del trabajo no registrado
(2) Esto implica que, de todos modos, tener trabajo en blanco en muchos casos tampoco alcanza para cubrir necesidades básicas. Según datos del economista Leopoldo Tornarolli, del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata, del total de asalariados formales, que ronda las 9,7 millones de personas, 17,5% era pobre en el tercer trimestre de 2021, es decir 1,7 millones de personas, entre ellos quienes se desempeñan en rubros como gastronómicos, maestranza y textiles. “Casi un tercio de los trabajadores ocupados en la Argentina son pobres, 13 puntos más que en 2017”

Fuente: Contrahegemonía

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