Trigo HB4: mucho “gre-gre” para decir “Gregorio”

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Trigo HB4: mucho “gre-gre” para decir “Gregorio”

La polémica alrededor de la variante transgénica HB4 del trigo viene desde hace tiempo y promete continuar. Se presenta como un dilema “bueno/malo”, “natural/artificial”, como si tal discusión tuviese lugar en un lugar de la tierra que careciera de la tradición agropecuaria que tiene Argentina, pero jamás posa el ojo sobre la conveniencia de tal innovación.

Por Pablo Casals

El acento no debe ponerse necesariamente en la modificación genética de los alimentos. Durante los siglos previos a la invasión europea sobre el hoy llamado continente Americano, los pueblos que habitaban estas tierras “manipularon genéticamente” el maíz o la papa hasta adaptarlos para el consumo humano y para producirlos a una escala suficiente. El mismo proceso fue llevado adelante en cuanto a la preparación y modificación de los suelos, la realización de obras hídricas, y el perfeccionamiento de sus condiciones de conservación. Por tanto, la modificación de los frutos naturales para hacerlos comestibles es ancestral; de la misma manera que lo es la labranza o la cría de animales para consumo.

La clave del asunto entonces pasa por la escala que se pretende conseguir, los estándares de eficiencia que se pretenden lograr, y los objetivos político-económicos que guían esas decisiones.

En una entrevista brindada a un medio nacional hace algunos meses atrás, la misma Raquel Chan, científica del CONICET y Directora del proyecto que desarrolló el Trigo HB4 lo explicó rápidamente pensando en términos globales: “hoy en día los alimentos son suficientes y el problema es la distribución. Se desperdicia mucha comida. En los países ricos y dentro de un mismo país, como el nuestro. Pero en veinte años el problema no va a pasar solo por la distribución sino por la producción”.

Clarito. Por el momento, la comida alcanza para alimentar a todo el mundo. Incluso en las regiones más ricas, el alimento se desperdicia porque está mal repartido. Sin embargo, al ritmo de crecimiento de la población pondrá en crisis esta situación en un par de décadas, y la producción actual no será suficiente.

Es más, Chan agrega en otro pasaje de la misma entrevista: “hay que atacar el problema de la distribución, pero también el de la producción. Y para eso hay que hacer más ciencia. Necesitamos producir mucho más en los mismos lugares, y eso requiere mucha investigación. No es mágico, pero hay que hacerlo”.

La ciencia no es inocente, es objetiva y es parcial. Lógicamente, no le indilguemos a Chan un sentido imperialista en el razonamiento porque desconocemos si lo posee. Pero la idea de “producir mucho más en los mismos lugares”, en Argentina debe leerse en el sentido de que el país no debe ni puede abandonar el modelo agro-minero-exportador para el cual fue formateado hace 150 años; y que tampoco el pueblo argentino debe cuestionar lo que se hace en su territorio con su tierra, sus alimentos y sus recursos. Aquí la parcialidad de la ciencia se muestra en todo su esplendor.

Hay un contexto general en el cual se desenvuelve el modo de producción agropecuario y extractivista en Argentina, que ha hecho desaparecer las líneas de desarrollo industrial de base. Hoy, cuando se habla de fábricas en el país o de procesos de agregación de valor, ya no se habla de grandes proyectos siderúrgicos, fábricas de barcos, máquinas y herramientas, o componentes mecánicos o electromecánicos complejos. En el mejor de los casos se remiten a líneas de ensamblaje de partes importadas o a los pequeños mojones privatizados y extranjerizados de lo que supo ser un país con un fuerte y marcado perfil industrialista; y que pagaba salarios que permitían al trabajador y sus familias acceder a mejores condiciones de vida y proyección del futuro.

Que la ciencia no ponga sobre la mesa a qué objetivos está sirviendo la hace cuestionable. Porque de manifiesto, no está apostando a una reconversión productiva de la Argentina que implique que los cultivos de escala deberían establecerse en otras regiones del país -tal vez más semidesérticas- y por lo tanto necesitamos un cultivo más resistente a la carencia de lluvias o que se adapte al secano. Tampoco está pensando en qué alimento autóctono de estas tierras puede desarrollarse y adaptarse convenientemente para mejorar la canasta alimenticia de los argentinos, e incluso de poder lograr escala, llevar ese alimento al mundo.

La crítica habitual contra el Trigo HB4 está parada en que es un transgénico más resistente a los herbicidas. Lo cual también es cierto. La excusa de los científicos es que si no se le echan químicos al cultivo para prevenir las malezas, esa “resistencia” es parte de los “nuevos genes” que conforman la especie, pero que no tiene consecuencias en términos alimenticios. No tenemos elementos para refutar esto último, porque hay que comer HB4 durante algunas generaciones para evaluar resultados.

Entonces, para cerrar, lo que nadie se atreve a confesar es para quién trabaja o cuáles son los objetivos que abona. Si las condiciones para los próximos veinte años en Argentina serán los de periodos de sequía recurrentes, es la oportunidad perfecta para dar el golpe de timón y transformar la matriz productiva del país volviendo a la tradición industrial, a la dinámica de fabricar las cosas que usamos.

El único modelo agropecuario que necesita de semillas modificadas que necesitarán menos agua y prometen aumentar hasta un 40% los rindes por hectárea, es el del extractivismo agrario como el argentino. Primer eslabón de la cadena de valor mundial en torno a la producción de alimentos.

El paquete tecnológico aplicado necesita de mayores rindes y menores costos por hectárea. En este contexto el Trigo HB4 lo permitiría, como ya lo hace con la soja; y tal como se está experimentando para el maíz.

Los cultores de la “siembra directa” son los principales impulsores de este rumbo tecnológico. Es un método de producción agropecuaria que abandonó la labranza y el barbecho tradicional, para realizarlo químicamente. En las últimas temporadas, como los rindes han bajado, y los niveles de carbono en tierra no son los mismos, han implementado la técnica de los “cultivos de servicio”. Es decir, sembrar un cultivo de invierno, y no levantarlo, no cosecharlo para que la materia orgánica se incorpore a la tierra, y pueda estar en mejores condiciones para recibir el cultivo de verano.

La “siembra directa” y los “cultivos de servicio” no son malos en sí mismos. También poseen carácter ancestral en la producción agropecuaria. Fueron y son parte de esa adaptación de los frutos y los suelos para los cultivos de escala.

Volviendo al principio y para despedirnos… El problema no está en la técnica o en la ciencia. El problema está en las intenciones y los objetivos a los cuales sirven esas técnicas y desarrollos científicos. Es una discusión que incluso los ecologistas también esquivan lo más que pueden.

Balbucean “gre-gre” porque no pueden decir “Gregorio”. El conflicto está en quién se queda con el territorio, y con lo que hay en él. Y es un plan que no tiene en consideración al ser humano. Sólo se piensa en el dinero y nada más que en la acumulación de ese dinero.

Fuente: AgendAr

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