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Una historia

Reproducimos en completa, la columna de Gabriel Fernández*, publicada en La Señal Medios, y que forma parte de la saga “Fuentes Seguras”. El sumario de la misma incluye: la Cancillería argentina; el mitrismo y su herencia; la Tercera Posición; las involuciones liberales; dos años de política exterior; el voto en la ONU; la posición de Cristina ante Ucrania; el interés geoeconómico de fondo; la formación del funcionariado; el rumbo general y los alineamientos.
Redacción

La constitución de la Cancillería

El Ministerio de Relaciones Exteriores argentino nació el 1° de Mayo de 1853. Llegó a este valle de lágrimas junto a la Constitución Nacional; tan es así que fue una de las primeras cinco carteras del país. Su nombre fue modificado varias veces desde entonces: se le añadió Culto en 1898 y Comercio Internacional en 1993. En 2011 esta última función fue integrada al área económica, pero en 2019, a poco de arribar el actual Gobierno, quedó tal y como se denomina en la actualidad: Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto.
Como se puede comprender, aunque la denominación tiene su importancia, los contenidos mandan. El análisis de trazo grueso que ofrece el decurso de nuestra Cancillería permite caracterizarla como una de las más independientes de los países centrales. La Argentina se ha caracterizado, con excepciones fuertes, por un apreciable nivel de autonomía respecto de las grandes potencias en comparación con otros países latinoamericanos. Varios estudiosos han ofrecido sustento a esa realidad: su mayor nivel de desarrollo, una auto percepción vigorosa, y el emerger de concepciones, pensadores y corrientes originales.
El período más trascendente en esa dirección lo marcó el peronismo clásico. Envuelto en la idea de Tercera Posición, esta nación del Sur actuó en el plano mundial asentada en intereses propios y con la determinación de fomentar una articulación regional que potencie los de sus vecinos. Entre 1946 y 1955 trazó una distancia de los países líderes a nivel mundial; se dedicó a acrecentar su industria y a ampliar su mercado interno. Con excedentes en la producción alimentaria, cooperó con países empobrecidos sin tomar en cuenta sus alineamientos. Promovió la integración regional. Ese rumbo se renovó en otros dos períodos, 1973 – 1976, y 2003 – 2015.
Claro que las modificaciones gubernamentales incidieron en decisivos tramos zigzagueantes. Es de notar que las caídas productivas internas se vieron ligadas a un perfil externo obediente de los parámetros propuestos por Gran Bretaña y los Estados Unidos. Sin embargo, aún en esos momentos, la tensión soberana hizo su irrupción para sorpresa de extraños y también de propios. Un caso demasiado significativo, que sigue en debate, es la Recuperación de las Islas Malvinas bajo una gestión alineada con las potencias centrales. En el presente, la política exterior nacional viene evidenciando una dirección latinoamericanista y autonómica que la emparenta con el modelo peronista; pero contiene manchas, rasgos de involución que exigen análisis.

El mitrismo y sus derivados

Lo exigen porque parecen estar relacionados con los primeros tramos de ese Ministerio y, por lo tanto, de la institucionalidad nacional. La presidencia de Bartolomé Mitre, entre 1862 y 1868 (previo bienio en la gobernación bonaerense) dejó una marca que se sostiene en el tiempo y define intersticios de las definiciones argentinas. Su orientación, basada en el vínculo con Gran Bretaña, fue arrasadora durante todo el período y se prolongó mucho más allá del mismo y de la vida física del impulsor. Para tener un ejemplo de su filosofía –reconocible en varios protagonistas presentes- vale recordar las palabras de su canciller, Rufino de Elizalde.
Por entonces el país había sido convocado al Congreso Panamericano en Lima para responder a la invasión francesa de México y a la anexión española de Santo Domingo. Si por un lado Mitre se negó a nombrar un representante oficial, la respuesta contundente quedó en manos de Elizalde: “La América independiente es una entidad política que no existe ni es posible constituir por combinaciones diplomáticas. La América, conteniendo naciones independientes, con necesidades y medio de Gobiernos propios, no puede nunca formar una sola entidad política (…) Por lo que hace a la República Argentina, jamás ha temido por ninguna amenaza de la Europa en conjunto, ni de ninguna de las naciones que la forman (…) Puede decirse que la República está identificada con la Europa hasta lo más que es posible”.
Lo más que es posible se tradujo en la Guerra de la Triple Alianza. Mientras sojuzgaba a sangre y fuego las provincias interiores, el gobierno mitrista ocupó territorio uruguayo para imponer al ex presidente Venancio Flores. La dura resistencia oriental terminó de quebrarse con la intervención brasileña. Una vez “ordenada” la situación en los tres países, la coalición surgida avanzó sobre Paraguay con el objetivo de destruir su modelo autónomo e industrialista. No está demás evocar que el argumento empleado para esa hostilidad fue la solidaridad del presidente paraguayo hacia el Uruguay; poco importó que la situación de la Banda estuviera definida. Con el brutal ataque a las tierras guaraníes se eliminó el creciente poder sureño que amoscaba a los británicos.
El planteo de fondo que originó el despliegue de semejantes acciones, entre otras, fue difundido como parámetro civilizatorio desde entonces hasta la actualidad por el diario La Nación, fundado por el propio Mitre, y toda la secuela de periodistas, políticos, intelectuales, abogados, empresarios y operadores –ahora en medios y redes- que crecieron en su derredor. Aunque su éxito resultó parcial –la irrupción de 1945 partió en dos toda nuestra historia- su permanencia en la vida local ha demostrado vigor, y la pulseada super estructural ha dado cuenta del equilibrio histórico relativo entre las dos grandes tendencias que se disputan la orientación nacional.

La soberanía y las involuciones

Es probable que esa presión independentista surgida de los intereses geo económicos de fondo y muy relacionada con su canalización a través de la opinión popular carezca de una articulación conceptual equivalente al interior del Estado. En tres períodos declinantes, el país fue re orientado con energía contra su propia argamasa político económica, y todos ellos dejaron un rastro adocenado del cual es difícil librarse. La dictadura, el menemismo y el macrismo, con sus diferencias, intentaron anular el sentido tercerista y, dejando una trama de funcionarios afincados en las necesidades empresariales con vínculos externos, han transformado la imagen propia, y por tanto la acción derivada de la misma, en una filosofía neblinosa que torna confuso el andar de nuestro país.
Los resultados están a la vista. En la misma semana en que se concretaron encuentros de gran valía con el presidente chileno Gabriel Boric, con su colega boliviano Luis Arce, con el ministro de Minas y Energía de Brasil, Bento Albuquerque y con el canciller paraguayo Euclides Acevedo Candia, se votó erróneamente en la Organización para las Naciones Unidas (ONU) y se habilitó la suspensión de Rusia como miembro del Consejo de Derechos Humanos. Los cuatro primeros contactos están en línea con lo actuado hasta el presente: nuestro país ha sido vital para el restablecimiento de la democracia en el altiplano, sostiene una postura digna en la complicada Organización de Estados Americanos (OEA), salió del Grupo de Lima –debilitándolo casi hasta la extinción-, entró en contacto inter hemisférico con el determinante México y, a su través, arribó a la presidencia pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac).
Y vale destacar muy especialmente la gira euroasiática realizada por el presidente Alberto Fernández. Hace tan poco tiempo. Allí se obtuvieron resultados de realce para sentar las bases de la generación de energía nacional y, es ostensible, de una parte de la matriz productiva. Por estas horas, los esfuerzos norteamericanos para desarticular los acuerdos entre China y la Argentina se han redoblado. Si el apremio a cambio de nada –en verdad, del hundimiento- que ejercen las autoridades de los Estados Unidos en el rubro evoluciona, nuestro país perderá la posibilidad de seguir desarrollando una tecnología de vanguardia y al mismo tiempo volverá a depender de la incomprobable bonhomía del Norte para energizar la nación.
Fuentes confiables aseguraron a este narrador que el jefe de Estado no tiene la intención de quebrar lanzas con China, pero tampoco con Rusia. Este es el período de mayor aceleración en la vida internacional, pues buena parte de los esfuerzos desplegados por los Estados Unidos y la OTAN sobre Ucrania tienen como objetivo damnificar el avance de la Nueva Ruta de la Seda y la Franja, a la cual nuestro país adhirió. Sin embargo, el panorama es de tremendo contraste, pues no es posible avanzar con tales compromisos y al mismo tiempo admitir la anulación del desarrollo científico técnico propio en materia nuclear. O una cosa o la otra: justo el tipo de disyuntivas que no logra manejar Alberto Fernández.
En el caso específico de Rusia los argumentos de los informantes son intensos: por un lado este Gobierno sureño estima que una suspensión, en el marco de bombardeo informativo presente, evita que la semana venidera los Estados Unidos pretendan imponer la expulsión lisa y llana; por otro considera que la Argentina no puede admitir ninguna acción que impacte sobre cualquier integridad territorial ya que sentaría antecedente para el tema Malvinas. Consignan, además, que la letra de la resolución de esta semana no define juicio sino que se compromete a una investigación sobre lo acaecido.

La posición de CFK sobre Ucrania

En esa dirección, vale apuntar la postura de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, difundida el 27 de febrero del año en curso: “En el año 2014, siendo presidenta de la Nación y Héctor Timerman nuestro canciller, Argentina formaba parte, en carácter de miembro temporario del Consejo de Seguridad de la ONU. En ese año, el día 15 de marzo, se trató en dicho organismo, una resolución presentada por EEUU que exhortaba a la comunidad Internacional a no reconocer el resultado del referéndum por la independencia de Crimea, previsto para el domingo 16 de marzo de ese mismo año”.
Añadió que “Ese día 13 de los 15 países miembros del Consejo de Seguridad, entre ellos Argentina, votaron a favor del texto presentado por Estados Unidos que defendía la ´soberanía, la independencia, la unidad y la integridad territorial´ de Ucrania. O sea: Argentina apoyó a Ucrania basada en el principio de integridad territorial, pilar del derecho internacional. Rusia, uno de los cinco miembros permanentes con derecho a veto, ejerció dicho privilegio y se pronunció en contra. China se abstuvo”. La referencia no es menor, porque dentro del plan eterno para dividir el espacio nacional popular, los medios concentrados argentinos batallaron las últimas semanas para mostrar a un kirchnerismo “pro ruso” en franco contraste con un albertismo adecuado a los preceptos norteños.
Esto no significa que quien escribe evite insertar objeciones. Por caso, no está prevista en la organización interna de la Comisión de Derechos Humanos la expulsión lisa y llana, aunque cierto es que si las cosas se complican, las reglas pueden saltar por los aires. Luego, que la decisión fue adoptada en base a informaciones sin corroborar: de hecho otras vías comunicacionales dieron cuenta de cadáveres andariegos en Bucha posando para las oportunas imágenes que se presentaron como verdades.
También, que la vía de la abstención estuvo abierta: la utilizaron Brasil, El Salvador y México, en tanto Venezuela no votó. Si repasamos lo acaecido en todo el período, concluiremos que fue más perjudicial e injusto aquél sufragio contra la decisión soberana del pueblo de Crimea –tras el golpe de Estado atlantista de 2014 se pronunció inequívoca y masivamente para salir de la égida de Kiev- que la actual suspensión de un organismo que sólo suma ruido a la campaña internacional.

Qué ves cuando ves a Perón

Sin embargo, el problema está. Cuando indicamos a los colegas argentinos y latinoamericanos que en materia de política internacional “Sin Jauretche, la oscuridad”, estábamos previendo los niveles de incomprensión que en este momento se desplazan ante los ojos del público. Claro que, para ser honestos, más grave aún es la ausencia de ese pensamiento en el seno del Estado argentino. Si los periodistas tenemos una responsabilidad asentada en el oficio y su evidente vínculo con la ciudadanía, los funcionarios deberían contar con obligatoria formación Nacional.
(Durante otra campaña propagandística, la de la “corrupción”, siempre enfocada sobre gobiernos que pusieron de pie al país, los despachos se llenaron de papelería y trámites web destinados a “impedir” el enriquecimiento ilícito de los designados. Esos formularios, jamás completados, jamás atisbados siquiera, por los designados en gestiones liberal conservadoras (mitristas), ocupan el tiempo de hombres y mujeres que, en una administración como la presente, podrían aprovechar para asomarse a lo mejor que ha gestado el análisis político local. En este momento, desde La Señal Medios, contabilizamos no menos de unos 50 investigadores y estudiosos que pueden narrar este presente internacional de modo justo y situado; todos se hallan lejos de una administración de baja densidad conceptual, lectora acrítica de papers europeos, con miembros sorprendidos ante una sucesión de eventos que podía anticiparse una década atrás. Al menos).
De allí que aquellos logros de la acción exterior argentina carezcan de narradores. Se dejan de lado noticias esenciales. Entre la lejanía habitual que impone toda situación mundial y el déficit conceptual que estamos apuntando, no se ven. Y de allí también que hasta las necesarias críticas que amerita el sendero recorrido, resulten difusas o directamente zonzas. Al punto que la utilización de la célebre frase de Juan Domingo Perón (La política, es la política internacional) resulte ahuecada y nulificada por los mismos que pretenden vindicarla y solo la repiten una y otra vez hasta arrebatarle el sentido concreto. Con esa magnífica observación sucede algo semejante a otra, también de excepción. Carlos Marx ha señalado que “del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de transformación por su conciencia”.
Si se piensan en relación, pueden sacarse algunas conclusiones de sumo interés. Pero si se las esquematiza, se deriva en un presunto realismo que conduce a la presunción de derrota.
No se trata de declamar, claro. Se trata de explicar y ayudar a desplegar nuevos conceptos para nuevos desafíos. Se trata de insertar en el activo nacional popular el entrelazamiento de Comunidad Organizada y Tercera Posición para que las acciones y las discusiones políticas de las generaciones que se asoman surjan, recreadas, desde un Pueblo en movimiento y desde un Sur ampliado. El andar internacional de estos dos años, como de los 12 previos a la llegada de los entregadores, no ha construido su propia base de sustentación analítica. Los pasos adoptados han manado de la identificación de intereses políticos en modo supervivencia con los geo económicos de fondo que, insistimos, se ramifican dentro de las capas populares. Así se está desperdiciando la pertenencia al espacio cultural que dio el puntapié inicial a la Idea, con lo que ello implica en la densidad de la elaboración.
Y también de la garantía de continuidad de la misma, más allá de cambios circunstanciales. Pues el reto está en la construcción de un andamiaje conceptual flexible que, sobre una matriz, se vaya adecuando a las vicisitudes humanas.
“En lo económico y en lo político internacional, la República Argentina tiene un objetivo superior a todos los demás: la necesidad de obtener independencia económica, porque no queremos ser tributarios de ningún país de la tierra ni queremos explotar tampoco a ningún país. Ese objetivo es como una estrella polar para todas nuestras decisiones y para todas nuestras acciones. Ningún acto de gobierno que se realiza, tanto en el orden nacional como en el internacional, deja de contemplar ese objetivo, que es para nosotros el interés supremo de la Nación.
Juan Domingo Perón. 1947

Un horizonte cercano

Ahora bien, el panorama internacional evoluciona hacia una afirmación de los intereses regionales de cada espacio. Como el mundo es vasto, la Multipolaridad calza mejor que la unipolaridad y que la dualidad cerrada. Esto implica que el bloque chino ruso en contraste con el núcleo Estados Unidos, Gran Bretaña y OTAN configura un punto de partida para la comprensión, pero no un absoluto. Si por un lado está la discusión, muy práctica por cierto, sobre los modelos económicos a seguir, por otro está la reconfiguración de alianzas entre otros protagonistas que salieron fortalecidos de la crisis financiera y realizan articulaciones múltiples, en sintonía con las matemáticas modernas. Uno de ellos es el gran espacio construido alrededor del Tratado disparado en Malasia pocas semanas atrás –donde está China, en detrimento de los Estados Unidos-, otro es el de la Unión Euroasiática –allí, claro, talla Rusia-, pero también están en pleno rearmado las Europas, al menos dos grandes trazos del mundo árabe, América latina, varias zonas africanas. Y algo más.
El vuelco es visible por motivos antedichos: el centro tradicional ofrece bien poco y necesita continuamente recursos del resto. Semejante situación redefinió en los cinco años recientes los vínculos comerciales, pero no garantiza un alineamiento político estricto, pues siempre hay prioridades y entre las mismas, el valor económico, defensivo, cultural de cada bloque suele tener una trascendencia que a veces hilvana con el rumbo de los emergentes lejanos y otras, no. Una de las claves que contribuirá a un diseño más o menos estable en el tramo que se avecina es la definición de la realidad europea. El sacrificio que la OTAN viene exigiendo a los países que componen la Unión Europea nivela a la audaz propaganda desplegada por los medios internacionales sobre esos pueblos. La etérea satisfacción moral de situarse al lado de los “buenos” no sólo está impactada por el flamear de banderas nazis ucranianas sino también por las trabas comerciales impuestas sobre socios atractivos y con interesantes perspectivas.
Pase lo que pase en Ucrania, Occidente ya percibe que el territorio ruso no podrá ser horadado y que los aliados de Asia Central ni siquiera se detienen a conversar opciones atlantistas. También, que las sanciones han contribuido a la búsqueda de intercambios que debilitan la presencia del dólar y que las inversiones euroasiáticas sobre tantas naciones de la Multipolaridad no son reversibles. En línea, muchas de ellas han avanzado en el control de los propios recursos naturales y no están dispuestas a entregarlos sino a usufructuarlos. ¿Suena razonable? Hasta hace poco no lo parecía. Hace rato que Occidente sabe, además, que la distancia tecnológica que le brindó primacía sobre el resto del globo se acotó notablemente y, en varios casos, ha invertido sus términos. Y casi todos comprenden que el desarrollo de la Nueva Ruta será defendido por China a capa y espada, pero que en esa batalla contará con la aquiescencia de los suscriptores, beneficiados por un esquema bien distinto al de ajuste, latrocinio y endeudamiento postulado como democrático y humanista.

Amigos

Cuánto queda por ver, y por conversar, lector. Quizás, mate en mano y mientras arriba la noche, se puedan considerar algunos aspectos, tomando en cuenta las proporciones.
La Argentina necesita tener claro su volumen real: ni una megapotencia autosuficiente (¿las hay?) ni un paisito sin trascendencia. Asimismo, reconocer su ubicación territorial: América del Sur en principio y América latina en general, configuran su bloque. Y debe definir sus vínculos: en base al desarrollo propio, las asociaciones comerciales más convenientes. A la luz de la historia, no es tan difícil aprehender los ejes de cada definición.
Los objetivos bien podrían ser establecer una comunidad que pueda hacer frente a la vida con las herramientas adecuadas y un país que logre ocupar el lugar en el mundo que le corresponde. Pero todo eso ya lo señaló Perón, en tantas ocasiones y en el párrafo transcripto en este artículo.
Ya hemos visto que una simple elección puede desmontar los mejores esfuerzos para diseñar una política estratégica adecuada a la geografía, la economía y la población de la Patria. Es preciso tomar en cuenta ese dato antes de lanzar aseveraciones altisonantes.
Ahora bien, aunque las salidas son colectivas, hay ciertos anhelos individuales que deben ser concretados por sus portadores. Eso es intransferible. Afirmar que los mismos son impedidos por “este país” que “no tiene arreglo” sin bregar por las soluciones, suele quedar bien en rueda de amigos. Es un consuelo, pero también un error.
En esos casos, vale dejar de lado la idea de cambiar de país. Mejor, cambiar de amigos.
Fuente: La Señal Medios

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