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Sin Ofensa ni temor 46: Un juicio a los profetas del odio

Columna destinada a mover la cabeza. Si temes hacerlo, no la leas. Los periodistas somos entre otras cosas, polillas de archivo, ratas de alcantarilla, palomas de aleros y tanques de agua. Seres que por vocación nos encuchamos en lugares donde nadie quiere estar y los llenamos de cosas. Hoy les traemos una vieja crónica de hace 65 años, rescatada de la revista “Qué” una de las pocas que metía la cuchara durante la denominada “Revolución Libertadora” – Fusiladora -. En la misma se saludaba la reciente publicación de uno de los libros de Arturo Jauretche.

El Editor Federal

Escribir sobre un libro ya agotado a los pocos días de su aparición, resulta tarea ociosa si es que la labor critica pretende asumir el papel de guía de lectura. Es decir, señalar al público ávido de letra impresa qué es lo que le conviene y que debe ser desechado. En este caso el juicio está hecho por los lectores mismos que no se pusieron a esperar el consejo sino que eligieron el camino más simple: compraron el libro para saber «qué es lo que dice Jauretche». Y encontraron bastante mas de lo que esperaban y quizás algunas cosas totalmente inesperadas.
En estas circunstancias el crítico, ya inútil, debe desaparecer. En su lugar jugará papel más afortunado quien haga la síntesis del apretado volumen (ciento cuarenta páginas sin desperdicios). Suprimida la valoración, queda de Los Profetas del Odio (editorial Trafac, Buenos Aires, 1957), ni siquiera una síntesis. Apenas un índice. Y con él este único juicio como valoración: urge una nueva edición, más numerosa si cabe.

La traición de la intelligentzia

La caracterización de la intelligentzia y su complicidad en la tarea de coloniaje a que está sometido el país, se contrasta en el libro con la de otra intelectualidad igualmente colonizadora pero más próxima a la realidad argentina, más inteligente y que escribía mejor. ¡Y cuánto mejor! ¡Qué distancia media entre el error de la antinomia Civilización-Barbarie, del Facundo, de Sarmiento, y la que deliberadamente comete con irremediable mediocridad Américo Ghioldi con sus «Alpargatas y Libros»!
Jauretche, que sabe calibrar los elementos, deja a salvo esta distancia y da también trato distinto a los obligados protagonistas del libro. En Ernesto Sábato señala el error del enfoque pero exalta su valentía y las muestras inequívocas de su talento literario. De Martínez Estrada revela el espíritu pequeño burgués que determina que ponga a su medida fenómenos cuya valoración no esta en condiciones de hacer. Se acerca al fenómeno, alcanza a verlo, pero retrocede con espanto ante sus verdaderas consecuencias. Borges ya es una etapa más completa del colonialismo. Es casi tanto como Larreta, con esta diferencia que importa aunque no haga al análisis sociológico: Borges es un artista, Larreta, no. Y ésta más: Larreta puede ser universalmente famoso porque tiene plata con qué pagar la fama que termina con la vida. Borges, en cambio, sólo puede trascender las fronteras en la medida en que el país se agrande. Por eso, sirviendo al colonialismo sirve a su propia limitación. El país mediatizado no puede dar hombres de letras universales. La traición de la intelligentzia es aquí completa y se comprende a sí propia.
Jauretche no toma a estos hombres como no se refiere a Irazusta para herirlos y golpearlos sino para revelar cómo la intelectualidad ha servido y sirve al plan de mediatización del país.

Murallas de silencio

El colonialismo no perdona. Las prosas de Hernández quedan ignoradas si enjuician la guerra de la triple alianza. Guido Spano será venerado por sus barbas, pero nadie recordará que se condolió por el bárbaro aniquilamiento de la nación hermana. Alberdi mismo, hoy tan de moda porque ellos van a reformar la Constitución, no es registrado en este aspecto de su obra. ¡Si hasta Martínez Estrada, hoy mismo, es silenciado ya porque se atreve a más de lo que la oligarquía colonialista está dispuesta a aceptar!. Jauretche quisiera que rompieran esas murallas de silencio y que prefirieran ser consecuentes con sus ideas —equivocadas o no— antes que sucumbir al halago que el coloniaje les tiene preparado como precio barato: la entrada a los círculos literarios y los magros premios de literatura. Por eso exalta, por ejemplo, la viril presencia de un novelista nuevo, que no es por cierto de su línea militante, David Viñas.
Martínez Estrada ve la realidad pero la trastoca. Marca una línea en la historia argentina, no para comprenderla sino para ponerse en frente suyo. Esa línea se da por el partido federal, el radicalismo yrigoyenista y la revolución de 1945. En las tres circunstancias, más allá de los errores y los aciertos, el signo común es la presencia del pueblo. Jauretche se detiene en la interpretación de esta línea en un capítulo que se llama gráficamente: «La lanza, la libreta de enrolamiento y el carnet sindical». Tres épocas con su arma correspondiente. Y un solo resultado que el autor sintetiza así, en cuanto al voto y el gremialismo organizado: «Dos experiencias históricas han enseñado a nuestros colonizadores que cada vez que el pueblo está presente en el Estado, deja éste de ser su instrumento para serlo de la Nación. Han comprobado también que los grandes movimientos de opinión son difícilmente controlables y que son mucho más dóciles los partidos minoritarios». Con esta sabiduría recogida en pasadas experiencias, la oligarquía no se deja sorprender. Por eso la lucha de estos días tiene la intensidad dramática que el pueblo percibe, aunque los intelectuales se hagan los distraídos. Pero esto no es ya tema del libro de Jauretche. Volvamos a él para recoger la otra experiencia, ésta útil al pueblo. En el capítulo VII, «Estrategia de la lucha por la liberación nacional y la justicia social», el autor hace recuento de lo ocurrido en la República para interpretarlo doctrinariamente y entregar al lector auténticos puntos de partida para una nueva etapa. Protagonista de la historia, es también su intérprete, un intérprete lúcido que advierte cómo el pueblo sigue buscando su destino, sin tregua, sin desmayo, aun cuando las circunstancias le son aparentemente tan adversas.
El país y el pueblo de este país, han salido a la búsqueda de un movimiento de liberación nacional. No lo fué, hasta sus últimas consecuencias, el que comenzó en 1945 y la demostración de este hecho está en su propia derrota, no a manos de una fuerza superior, sino a causa de sus contradicciones e inconsecuencias.
Jauretche destaca las premisas de un movimiento de liberación nacional:
«La lucha por la emancipación y la justicia social no la pueden hacer por separado las distintas clases sociales».
«El programa del movimiento fué, entonces, como lo es ahora, establecer la justicia social en progresión ascendente con el desarrollo económico logrado a medida que la liberación nacional va creando las condiciones de producción y distribución de la riqueza impedidas en nuestro país por los factores antiprogresistas de la estructura imperial».

Coraje civil

Luego hace recuento de errores: creer que el triunfo estaba asegurado con la simple victoria en las urnas; el desplazamiento y hostilización de la clase media; la propaganda masiva y pueril, dejando de lado las realizaciones efectivas del régimen. «Se quitó al militante la sensación de ser, él también, un constructor de la historia, para convencerlo de que todo esfuerzo espontáneo y toda colaboración propia indicaba indisciplina y ambición».

El autor culmina este análisis de una actitud partidaria con un desafío al debate en sus propias filas, aún en medio del odio desatado contra ellos. Prueba de coraje civil, y prueba también de confianza en el porvenir. No en el porvenir de este hombre o de aquél, de un partido o el otro. Confianza en el pueblo y en la gran empresa de liberación nacional.
Tanto más valiosa esta actitud esperanzada cuando parte de un hombre que ha debido exiliarse en medio de un silencio que daba la falsa impresión de una cobardía colectiva y de un renunciamiento general que ahora es visible que no existen.

* Publicado en Revista “Qué (sucedió en 7 días)” en la edición del 25 de junio de 1957. En la foto del artículo original, se encuentran las imágenes de Martínez Estrada, Borges, Irazusta. Hernández, Guido Spano.

Fuente: Mágicas Ruinas

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