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Tiemblen los Tiranos 25: Juana Moro, una chasqui de la independencia

Columna que existe para difundir y divulgar hechos y reflexiones sobre la historia, desde una visión, federal, popular y latinoamericana. Presentamos una apretada biografía de una de las protagonistas de la guerra por la Independencia: Juana Gabriela Moro.
Por Pablo Casals
Hay pocos datos a disposición; tampoco hay muchas fuentes para poder contrastar esa información. Por lo tanto optamos por las que nos resultan confiables. Un algunos casos porque reproducen documentos oficiales; en otros porque se trata de investigadores que trabajan y poseen una mirada de análisis e interpretación que coincide con el nuestro. Entre el abanico que se abre con ese criterio de selección, elegimos los siguientes aportes.
Juana Gabriela Moro Aguirre, nació en Jujuy en 1785. Sus padres, Antonio Moro Díaz y Faustina de Aguirre Portal, un año antes habían formado parte de las familias que fundaron la ciudad de Orán. Ella, descendiente de los Aguirre que tenían la finca ganadera “Severino” en Perico del Carmen; y él, asturiano, escribano mayor y secretario de la Intendencia de Salta. En 1803, Juana contrajo matrimonio con el capitán salteño Jerónimo López y se radicaron en esa ciudad.
Al llegar la guerra de la Independencia al territorio de las actuales provincias de Jujuy y Salta, Juana Moro adhirió al partido revolucionario y demostró que estaba dispuesta a correr cualquier peligro por esa causa. Norberto Galasso explica que tanto ella como otras mujeres “sedujeron a los jefes militares, entre otros, el marqués de Yavi, y lograron, pocos días antes de la batalla de Salta, que abandonaran las filas del ejército y regresasen al Perú para luchar por la causa de la revolución”. El temido Marqués, llamado Juan José Fernández Campero, era jefe de la caballería realista. Su deserción contribuyó al memorable triunfo del general Manuel Belgrano.
Algunos relatos novelados de aquellos episodios de las guerras por la Independencia, hablan de una relación sentimental entre ambos. Otros como Bernardo Frías, aseguran que durante 1813, dicho despliegue formaba parte de “planes urdidos por los patriotas en la casa de Juanita horas antes de la batalla de Salta”; y que la residencia de la Juana Moro “había sido elegida como el principal sitio de asilo para que se refugiaran los soldados del Rey que se pasaran al bando revolucionario”.
La realidad es que no hemos encontrado datos suficientes para corroborar el operativo “seducción”. Lo probable es que en las tertulias que compartían por esos años las familias poderosas y los altos mandos de los ejércitos en pugna, hayan servido para la “persuasión”; habida cuenta de que la Revolución de Mayo obedeció al capítulo americano del sistema democrática española iniciado el 2 de mayo de 1808, y que en nuestro continente comenzó a manifestarse entre 1809 y 1811. Es decir: mayo no significaba una separación de España, sino la adopción de las “ideas republicanas”. El debate político atravesaba a los mandos medios del ejército español; y hace más verosímil la persuasión por debate de las damas salteñas y jujeñas, que la mera seducción por belleza hacia los militares.
Frías hace referencia a que el Brigadier Joaquín de la Pezuela, estaba sorprendido y consternado por el rol jugado por las mujeres jujeñas y salteñas durante esos años: “se habían constituido en espías puntuales y vigilantes para transmitir las ocurrencias más diminutas del ejercito real para atizar la anarquía y desconfianza entre los oficiales españoles y los americanos, y para envolverlo todo, personas, sucesos e invenciones, en la red de una intriga enorme. No había reunión ni visita, ni parte alguna donde trataran con los individuos del ejercito o con las familias realistas de su confianza y amistad donde no se infiltrara su espíritu minador y atrevido, tratando de robar los secretos o de formar alarmas, llegando algunas hasta el extremo de entrar en pendencia de amores, aunque con la discreción necesaria si eran gente de calidad, para seducir oficiales, y si lo eran de la plebe, para hacer desertar soldados o tomar revelaciones”.
Pezuela ya tendrá su parte en esta historia. Pero luego de los acontecimiento de Vilcapugio y Ayohuma, los españoles tomaron represalias contra ella por sus tareas como espía de los revolucionarios. La orden de saqueo de su casa y su detención en Jujuy fue dada por el Gobernador Martínez de Hoz (no sabemos con precisión si se trató de Francisco Martínez de Hoz, miembro de la Real Audiencia de Charcas y Tarija; o de José Martínez de Hoz, contrabandista y colaboracionista de las invasiones inglesas en Buenos Aires; o de Narciso Martínez de Hoz; sobrino de José, fundador de la primera Sociedad Rural Argentina; y bisabuelo de José Alfredo, ministro de Economía de la última Dictadura Cívico Militar. Ya lo vamos averiguar)
Pero Juana Moro se hará más famosa todavía por lo que le quiso hacer el mismísimo Pezuela. En 1815, al mando de las tropas españolas de la denominada “Reconquista”, impone su dominio en el Norte; y castiga a Juana encerrándola en su casa –ventanas y puertas tapiadas- para que muera de hambre y sed. Allí queda, sentenciada a muerte segura; y pasa a ser conocida como “la emparedada de Salta”. Una versión de la historia dice que la familia vecina hizo un hoyo en la pared para pasarle agua y alimentos durante su encierro; y que luego fue liberada por los revolucionarios; otra versión asegura que el agujero fue un boquete y que pudo escaparse.
Luego de esos acontecimientos, Juana Gabriela Moro retomaría sus servicios a las fuerzas independentistas. Se convertiría en apoyo de Güemes, haciendo trabajo de “bombera” – como se llamaba hace doscientos años a los espías -. O como afirma Frías, que ofició de chasqui vestida de gaucho “joven y candoroso” o bien de “viajera inofensiva”; pasando a caballo desde Salta hasta Jujuy y Orán llevando y trayendo información que era fundamental para el ejército revolucionario.
Más tarde, presta servicios como espía al General Arenales. Cuando éste derrota a los españoles y recupera Salta, el pueblo la paseó en andas por las calles de la capital de la provincia.
Pasadas las guerras independentistas, en 1853 formó parte del grupo de mujeres que elevó un reclamo a las autoridades “lamentando la postergación a que se relega al sexo femenino al no permitírsele jurar la Constitución nacional”. Lo más preciso respecto de su fallecimiento, es un registro que certifica el fallecimiento de Juana Gabriela Moro Díaz, de 90 años, el 17 de diciembre de 1874 en la ciudad de Salta.
Los servicios a la Patria fueron reconocidos por la Junta de Estudios Históricos de Salta en 1963. En Jujuy, una organización de mujeres adoptó su nombre; y una callecita del barrio Belgrano de esa ciudad es la única que la recuerda.
Como afirmará Norberto Galasso, “la enseñanza escolar no se ha detenido en esta figura legendaria, que apenas ha trascendido a través de alguna canción folklórica”. Juana Moro, una chasqui de la independencia

Fuentes

Cutolo, V.O. Nuevo diccionario biográfico argentino, Buenos Aires, Editorial Elche, 1971;
de París, M. Amantes, cautivas y guerreras, Buenos Aires, El Francotirador Ediciones, 1996, págs. 132-134.
Galasso, N. Los Malditos Vol. II Página 135 – Ediciones Madres Plaza de Mayo
Sánchez de Bustamante, T. Biografías históricas de Jujuy, Tucumán, Universidad Nacional, 1957;

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