Una montaña de trabajo, una cordillera de guita

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Una montaña de trabajo, una cordillera de guita

Los contratistas rurales están pidiendo un beneficio excepcional: que se “reperfile” su deuda crediticia por el pago de inversiones, dado que el volumen de trabajo descendería durante la presente campaña como consecuencia de la sequía y sus bajos rindes.

Redacción

Andar por el campo argentino implica cruzarse permanentemente con un eslabón de la producción que no se nombra mucho en los grandes debates sobre la producción agrícola. De hecho, para aquellos no familiarizados con la actividad, se sorprenden cuando parte de las discusiones de traban en torno al rol de los “contratistas”, sus servicios y sus honorarios.

¿Qué hacen los contratistas rurales? Bueno… los que conocen del tema tengan unas líneas de paciencia, así explicamos para el que se acaba de enterar de su existencia. Son los que se encargan de realizar las tareas agrícolas como siembra, protección de cultivos y cosecha, entre otras tareas. Normalmente se las denomina “labores”; los “contratistas” – por estos días – se ocupan de más del 60% de las mismas en la totalidad del complejo agrícola. Una montaña de trabajo, y una cordillera de guita.

Otro de los roles que tienen estos prestadores de servicios, es que son los que más se preocupan en invertir en nueva maquinarias y tecnologías de labor. Por ende – y como no somos gorilas está bien aclararlo -, son los que aportan mayor calificación al trabajo agropecuario.

Su importancia en la cadena productiva, fue creciendo paulatinamente, a medida que crecía la frontera agrícola y los volúmenes de realización granaria. El “salto” de calidad, lo comenzaron a dar durante la segunda mitad de la década del 50’: tras la transformación del campo y el aporte masivo de mecanización y fuerza motora que se volcó hacia el sector durante los dos gobiernos peronistas; más la infraestructura en materia de acopio, rutas, ferrocarril, puertos y medios de elevación, el complejo productivo dio un salto, que más allá de las grandes sequías del 50 y 51, levantó la vara y las ganancias.

Lo demás lo hicieron entre la “Fusiladora” y los desarrollistas. En ese contexto, surgió un “nicho” de servicios que sería cubierto por los contratistas, y desde esa época, no paró de crecer.

¿Qué les pasa ahora a los muchachos? Piden “reperfilar” – patear para adelante – las deudas crediticias y vencimientos varios. Es por ello que desde la Federación Argentina de Contratistas de Máquinas Agrícolas (FACMA) están pidiendo audiencias con el “superministro” casi presidente desde hace cinco meses.

¿Y por qué piden eso? Porque la facturación del contratista deriva de la cantidad de hectáreas sobre las que realiza sus labores en combinación con la cantidad de toneladas atendidas; y en relación a los precios de comercialización que tenga la mercadería tratada.

Si bien las cotizaciones internacionales siguen siendo buenas, lo que cayó a causa de la sequía es la cantidad de hectáreas sembradas y cosechadas. Por ende, disminuyeron los volúmenes de trabajo en el eslabón; y por ende de facturación.

Desde FACMA indican que tomando en cuenta los rendimientos promedio de la soja y el maíz, los mismos consignan 20 y 50 quintales por hectárea respectivamente (2 y 5 toneladas/ha). En el primer cao, la tarifa vigente es de 19.186 pesos por hectárea, y en el segundo 22.857.

Para que el lector tenga un parámetro, imagine que tomando los seis cultivos principales de exportación (soja, maíz, trigo, girasol, cebada, y sorgo o colza), solamente entre las provincias de Buenos Aires y La Pampa se cosecharon en la campaña anterior (2021/2022) algo más de 52.860.000 toneladas, en 13.555.000 hectáreas, y por las que se habrían obtenido en el comercio exterior más de 18 mil millones de dólares. Una montaña de trabajo y una cordillera de guita.

El temor de los contratistas es no poder afrontar los vencimientos crediticios, y piden como medida excepcional, que el Gobierno interceda para que puedan saltear los pagos comprometidos para la presente campaña hacia el final del cronograma de pagos. Algo que podría ser coherente, si se permitiera realizarlo en todas las actividades y cadenas productivas.

Bahhh… no sabemos… tal vez a usted, lectora, lector, la banca le permita “reperfilar” las cuotas y patearlas para el final de la tira de vencimientos. Recuerde el despiole que se armó durante la pandemia, cuando el Gobierno intercedió para que se suspendieran las deudas y los cálculos de interés por algunos meses a causa de la caída de la actividad.

Cabe recordar que el mundo agropecuario fue uno de los pocos sectores que no se detuvo en aquel momento, y fue beneficiado además con los altísimos precios internacionales en los dos años que siguieron.  Dado que los contratistas facturan honorarios en relación a hectáreas/mercadería/precio internacional, ellos también gozaron de la primavera.

Sin embargo, aparentemente, o no acumularon para la época de vacas flacas, o han invertido superlativamente en máquinas tecnologías y puestos de trabajo. Si bien las estadísticas oficiales aún no muestran alzas significativas en esos conceptos, todo puede ser.

Pero están reclamando un privilegio excepcional más, para un sector de por sí excepcionalmente privilegiado.

Una montaña de trabajo, una cordillera de guita. Arturo Jauretche diría “también se muere de empacho”. Nosotros deseamos que nadie crepe; sino que todos puedan estar vivitos y coleando.

Veremos qué pasa. Se viene la gruesa y nadie quiere que se retobe el contratista.

Fuente: FACMA / Bichos de Campo / Archivo Chasqui Federal

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