Agroquímicos, INTA y el hambre que duele ahora

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Agroquímicos, INTA y el hambre que duele ahora

No tiene sentido continuar con la monserga del ambientalismo y el modelo de producción, si periodísticamente no se plantea la discusión de la marcha y el destino que le espera a nuestra economía primarizada, en función de los distintos movimiento que está teniendo la cadena de valor internacional del agro. INTA tiene un rol fundamental por cumplir. Sus técnicos – a favor y en contra – así lo explican. No todo es guita muchachos.

Por Pablo Casals

Días atrás, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), publicó un trabajo titulado “Los productos fitosanitarios en los sistemas productivos de Argentina. Una mirada desde el INTA”. Allí algunos de sus técnicos exponen distintos argumentos respecto de la aplicación o no de agroquímicos en la cadena agrícola nacional.

Para quien no esté familiarizado con el tema y las definiciones, podemos decir a grandes rasgos que los productos fitosanitarios son aquellos a través de la aplicación de una sustancia – o mezcla de sustancias – sobre los cultivos o tierras a cultivar, se combate, destruye, repele, o atrae (todo depende de su composición) insectos, hongos, hierbas competitivas (comúnmente denominadas “malezas”); etc. Usualmente escucharán hablar sobre estos productos en términos de insecticidas, plaguicidas, herbicidas, fungicidas; o bien como defoliantes, coadyuvantes y fitorreguladores (regulan el crecimiento vegetal). Y si no, directamente, de fertilizantes.

Los técnicos del INTA conviven con estas cosas e investigan al respecto. Más allá de los distintos pareceres que existen dentro de una institución que tiene representación en todo el territorio nacional, la política a seguir por el Instituto los trasciende en principio; pero están subordinados al mismo tiempo, al rumbo que toma la política agropecuaria nacional.

Y acá se dividen aguas. Argentina posee un nivel de calificación industrial y de agregado de valor manufacturero reconocido internacionalmente. Pero hace cuatro décadas que en el marco de la división internacional del trabajo, la matriz económica se fue primarizando paulatinamente y precarizando al mismo tiempo. De país incipientemente industrial, nos vinimos hacia un posible gran taller de ensamble; ubicado en el fondo de una gran estancia agropecuaria.

Vamos a repasar algunas de las opiniones vertidas por los técnicos en el informe. Todas son ciertas y veraces teniendo en cuenta lo mencionad en el párrafo anterior.

Entonces, por un lado aseguran que si bien es posible aumentar la productividad y la rentabilidad con menor impacto ambiental derivado de la aplicación de los agroquímicos; prescindir de estos sería poner en riesgo volúmenes y calidad de resultados. Por otro, y en esa línea, amparándose en informes del Parlamento Europeo con recomendaciones para América del Sur, los rindes caerían en un promedio del 30%.

Claro, si uno sólo escucha la campana de las grandes exportadoras de granos y oleaginosas, la de los propietarios de la tierra, y la de cualquiera de los últimos ministros de Economía o Agricultura de los últimos 40 años; lo único que se oirá es que el modelo tecnológico actual llegó para quedarse y discutamos otra cosa porque el país no puede prescindir de los recursos que aporta el agro en materia de exportaciones.

Sin embargo, si aplicamos el sentido común y miramos hacia nuestro acervo histórico-cultural, veremos que la aplicación de fitosanitarios sobre nuestro suelo es ancestral. A su vez, la manera que éstos entraron en combinación con distintas técnicas, diagramación, planificación y políticas de uso y ocupación de suelo, determinaron que se podía ejercer la tarea agropecuaria de una forma diferente.

Una cosa es cierta: los rindes de antaño y los de ahora son incomparables; lo costos operativos comparados con la rentabilidad también.

Sin embargo el modelo – o paquete tecnológico – tiene un techo: cuando de alguna forma y en algún lugar del mundo, sea más barato producir allí que en Argentina. Los chinos por ejemplo, grandes demandantes de cereales y oleaginosas, han trazado hace una década un plan de acción para ir sustituyendo importaciones agropecuarias en aras de ser prácticamente autosuficientes. Entonces, si los chinos logran producir la cantidad de soja y subproductos que le compran a Argentina y Brasil, naturalmente van a hacer la cuenta: “hacerlo acá nos sale tanto; comprarlo y traerlo desde Sudamérica sale lo mismo, pero nos perdemos el trabajo chino para los chinos”.

Esto está sucediendo porque los chinos piensan en chino; y no en argentino. Piensan en chino porque es lo que le conviene a China y sus habitantes. Y no es el único país del mundo con potencia compradora que está obrando igual.

Por lo tanto, si bien el informe de INTA es extenso y las opiniones son variadas, lo que se pone de relieve es que nos han corrido el arco: dependemos de una serie de componentes químicos para seguir haciendo viable al país, y que siga inmerso en la cadena global de valor con la única actividad de escala mundial que nos quedó: el agro.

Es más, un dato de INDEC: nuestro país utiliza anualmente 6 millones de toneladas equivalentes de agroquímicos de todas las clases mencionadas al principio. Argentina produce algo más de un millón de los cuales la mayoría es fertilizante. Por lo tanto, estamos importando ente 4,5 y 5 millones de toneladas anuales de productos químicos, con el afán de permanecer teniendo mejores costos.

Obviamente: el negocio aquí es para las multinacionales exportadoras, dueñas y señoras de todo el paquete tecnológico integrado; y de sus más fieles socios: los rentistas agropecuarios, las empresas de fletes marítimos, la banca internacional, y los gobiernos semicoloniales que con “hacer caja” mediante aranceles se consideran hechos (y estos son los “populares” porque ponen aranceles; los otros que los quieren sacar son peores).

Entonces, creemos que ahora lo que urge es correrse un poco del debate “agroquímico sí o agroquímico no”.  Estos, en todo caso, no son más que una pieza de una política de producción y de planificación de la misma, en función de un resultado que quiera obtenerse.

Tal vez Argentina nunca deje la matriz agropecuaria del todo. Es parte de nuestra identidad como pueblo. Sin embargo, en lugar de exportar girasol a granel, o prensado y transformado en aceite base; podría completar el ciclo tecnológico del girasol y vender al mundo el producto final.

En criollo: en lugar de vender semillas de trigo  vendamos los paquetes de masitas envueltas, decoradas  y refrigeradas. Cuando los chinos y los hindúes eleven su cota interna de producción primaria, nos vamos a tirar con la soja por la cabeza, y no habrá criterio de sustentabilidad ambiental que valga. Empecemos ahora. El hambre duele ahora.

Fuente: INTA / INDEC

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