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Causas del Terrorismo de Estado I

Compartimos seguidamente la primera parte de un documento publicado por Social 21, La Tendencia en noviembre de 2018, donde se detallan una serie de procesos, acontecimientos, y conquistas populares, que fueron las causales del “Terrorismo de Estado y sus calamidades. Mañana y pasado publicaremos lo restante. Tengan a bien leer y difundir.
Redacción

Causas del Terrorismo de Estado I

Cuando se habla de los compañeros desaparecidos, casi siempre lo que trasciende o se publica es el anecdotario policial. El relato macabro de la persecución, la captura, la tortura y la muerte. Pocas veces se refiere la causa por la que el imperialismo los secuestró, torturó y asesinó 30.000 veces. El proyecto político de liberación nacional al que pertenecían queda para un después que nunca llega. Memoria, verdad y justicia, se quedan generacional, doctrinaria y socialmente cortas. No dan testimonio del trasvasamiento, actualización y nacionalización de la Patria socialista. Las tres razones que el terrorismo de estado vino a destruír.

Los desaparecidos no eran compañeros excepcionales más allá de su compromiso revolucionario. No eran ni piquitos de oro ni luminarias esclarecedoras. Los hombres son todos más o menos parecidos. No son las cualidades personales las que hacen la diferencia, sino la causa a la cual sirven. Ahí, en su causa, está toda su grandeza, o su mezquindad. Ese es el mayor contraste entre los compañeros y sus captores.
Por eso, el relato policial de su trágico destino no les hace justicia si no incluye su proyecto político también. La crueldad del imperio parece gratuita, inexplicable, absurda. Hace de las víctimas de la doctrina de seguridad nacional… tipos con una terrible mala suerte. No ´targets´ estudiados, perseguidos, asesinados. Además, el ensañamiento con la militancia de base, humildes delegados de fábrica, estudiantiles o barriales, también tiene una razón de ser. No por brutal y perverso, el terrorismo dejó de ser inteligente, lúcido y atroz.
La mayor elocuencia política no es lo que se dice sino lo que se hace. Y los delegados de base no eran tan importantes por lo que decían sino por lo que hacían. Una y otra vez en el trabajo, la facultad y el barrio, la militancia por la liberación nacional daba testimonio de su compromiso revolucionario. Ahí ejercía trasvasamiento generacional, actualización doctrinaria y socialismo nacional. Entonces, su propia vida era su discurso más poderoso. Su presencia, el hecho político testimonial. Sus actos, su mayor elocuencia.
Y, cuando alguien hace de la propia vida su discurso, la única forma de silenciarlo es… matándolo.
Simple y brutal razonamiento de la embajada y los servicios. Mortal pero eficaz freno a un debate político que subía desde el pie. Ya no era el regreso de Perón y un ciclo biológico próximo a su fin. Era la proyección al futuro de los protagonistas imberbes que lo cuestionaban. Una argentinidad al palo, joven y adoctrinada, que había renegado del capitalismo antes de traer de vuelta al general. Juventud peronista no sectaria, que se unía con la izquierda nacional, el radicalismo por la liberación, el nacionalismo popular. Un sentimiento común a estos cuatro palos políticos, que hacía que estuviesen más cómodos entre sí que con los demás peronchos, zurdos, radichetas, fachos, dogmáticos y verticalistas, serviles a su estructura partidaria.

Como emergentes fácticas de la actualización doctrinaria, el trasvasamiento generacional y el socialismo nacional… que el propio Juan Domingo Perón alentaba en sus reuniones con las (por él así bautizadas) Formaciones Especiales… y con su negativa a reunirse con Álvaro Alsogaray (al que bautizó como “el enemigo”)… y despidiendo al Che Guevara con el título “Ha caído el mejor de nosotros”… y etc… la Juventud Peronista creó la figura legal de las Sociedades y Corporaciones del Estado (SyCEs).
Forma argentina, ágil, poderosa y auto determinada de la propiedad social de los medios de producción. Impenetrables al capital privado por antonomasia, pero abiertas a la participación estatal municipal, provincial, nacional o de otras SyCEs. Estado Empresario, para nada bobo, cuya razón social se fundó en la voluntad política soberana de renegar del capitalismo y la propiedad privada como razón de la tarea industrial, comercial, financiera, agropecuaria. Factores de escala concurrentes, integración de valor agregado, asociatividad expresa, ¿¡y todo estatal!?… Los radares imperiales se pusieron en alerta roja.
Para peor de males, El Viejo, influído por los aires progresistas de la época, con un toque gramsciano reconocible a simple vista, le impuso al Rengo Robledo, a la sazón Ministro de Defensa, la designación de directores obreros en todas las fábricas a su cargo… que, obviamente, eran militares en su mayoría sino en su totalidad. El argumento no podía ser mejor: si los trabajadores son los verdaderos creadores de la riqueza, ¿por qué razón no deberían participar de su administración?. Es justo que quien más trabaja, sepa el destino de lo que produce… La sorpresa fue casi tan grande como el escándalo. ¡Perón corría por izquierda a la JP!…
En menos de lo que canta un gallo, las estructuras conservadoras y revolucionarias se dieron a la tarea de disputar ese puesto en el directorio que El General tan generosamente les ofrecía. En Ensenada, ARS, el filo montonero Negro Vicente primereó en la asamblea general y entró en la historia como director obrero inaugural. Pero a los dos años fue reemplazado por Bertita Di Plácido, de la ortodoxa agrupación Azul y Blanca de ATE Ensenada. José Tacone, en SEGBA, Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires, tal vez haya sido el más trascendente, y paradigma de la competencia profesional empírica, sin cartulinas universitarias.
Toda esta iniciativa de clase desapareció a partir del 24 de Marzo de 1976.
Los fundamentos de la constitución de los directores obreros, y en fábricas militares, nada menos, no tardaron en hacerse populares más allá de éstas. Si era cierto que los trabajadores eran los factótums de la riqueza en las empresas del estado, también seguía siendo cierto en la empresa privada. Por lo tanto, sería justo que también en la actividad privada los trabajadores tuviesen participación en los directorios. Así, el ARS contagiaba a Kaiser Aluminio, Propulsora Siderúrgica, SIAP, INDECO, Petroquímica Olmos, etc.
Pero las estructuras gremiales de metalúrgicos, petroleros, químicos, mecánicos y demás, veían en el director obrero un cargo desde el que sus opositores podían hacerse fuertes y desestabilizar su conducción, ya harto cuestionada sin necesidad de agite extra. Paralelamente, los empresarios privados, con semejante espía en el directorio, expondrían a la luz del sol (y de la asamblea en fábrica) sus ganancias, inversiones, ahorros, evasiones impositivas, sub y sobre facturaciones, endeudamientos, vaciamientos, quiebras, etc…
Entonces, el pacto sindical-empresario fue un hecho político secreto, conservador e inmediato al de los directores obreros. Triste y menor antecedente del otro, el sindical-militar, que suscribieran al final del terrorismo de estado El Loro Miguel y el Almirante Massera, que denunciara Raúl Alfonsín, y cuyo fruto más visible fuese la aceptación, por parte del PJ e Ítalo Luder, de la auto amnistía del gobierno militar de facto.
El olvido de estas y otras iniciativas políticas, que tenían como protagonistas a compañeros como Jorge El Petiso Astudillo en ARS, le quita causalidad a su militancia además de a su desaparición forzada. El relato policial de sus penurias no les hace justicia. Ni memoria. Ni verdad. Carece de aquello que amaron: Un proyecto argentino de liberación nacional. Para Argentina y la Patria Grande. Universalista y proletario. Con acento rioplatense y pacífico. El socialismo nacional. Pero con una dinámica y energía que los países de la URSS ya habían perdido, si es que alguna vez la tuvieron. Para matar esto, los desaparecieron.

Desarrollo de proveedores. Pleno empleo. Pymes. En el plan general de gobierno jamás estuvo como modelo el estado elefantiásico soviético, omnipresente y atendiendo pequeñeces. Tampoco una planificación central agobiante y excluyente. La guerra trajo la sustitución de importaciones como respuesta, pero a manos de la pequeña y mediana empresa más que del Estado Empresario. Mosconi, Yrigoyen, Savio, Perón, dieron escala estatal al petróleo, el acero, los ferrocarriles, lo macro, sin ahogar la pequeña y mediana escala existente en la empresa privada nacional, a la que desarrolló como proveedora, abastecedora, complementaria.
El estado peronista era particularmente consciente de que los tamaños influían sobre la eficiencia de la planta industrial o comercial. Los gatos no cazan guanacos ni los pumas se alimentan con lauchas. La gran empresa estatal debe atender lo macro, la pequeña empresa privada lo micro. Por lo tanto, debe haber en las primeras una política de desarrollo de proveedores, de modo de ir delegando las tareas no estratégicas en la pequeña y mediana empresa argentina, que es la gran proveedora de fuentes de trabajo.
La memoria establece, a muy grosso modo, un 20% del empleo en las multinacionales, otro 20% en el estado y el 60% restante en las pymes. Pero, a pesar de que el 80% de las fuentes de trabajo se repartía entre privados, lo que le resultaba intolerable a las embajadas era el poder del Estado Empresario de anular-sustituir a la multinacional como líder del mercado interno. Ford Motor Argentina fue forzada por Juan Domingo Perón a venderle Fords Falcon a Cuba, rompiendo el bloqueo al que su casa matriz obedecía. El conflicto en EEUU fue enorme para la Ford: fue demonizada recordando los coqueteos de Henry Ford con Adolf Hitler.
Esta insurgencia industrial argentina, en la que el propio mercado interno era su mayor apoyo, tenía el poder del efecto demostración para toda la Patria Grande del Caribe y la América del Sur, a la que entonces se llamaba América Latina. Y la alianza Estado Empresario-Pyme Nacional constituía un eje dinámico mucho más fuerte que el del capitalismo: Multinacional-Pyme, o el comunismo: Empresa Estatal Integrada. Porque las multinacionales tendían a importar sus insumos de los países de origen, tanto sea de la casa matriz como de sus proveedores de allá, y la Empresa Estatal Integrada era lenta y pastosa para los cambios y las mejoras que la evolución industrial exige de manera constante. Así, La Patria Peronista tenía un enemigo… ¿bipolar?.

Lo de bipolar no es juguete: el Partido Comunista Argentino declaró públicamente que la de Jorge Rafael Videla era más bien una dicta-blanda que una dictadura, tal vez seducido por la continuidad, que José Alfredo Martínez de Hoz y la Sociedad Rural Argentina garantizaban, de las exportaciones agropecuarias a Rusia. Tampoco la exportación de los Falcons a Cuba le pareció bien a la izquierda dogmática, que creía al hinterland cubano un mercado cautivo del socialismo internacional, y veía en la compra de Fidel Castro a la Argentina una ingratitud manifiesta más que un ejercicio de soberanía cubana o un vínculo latinoamericano.
Sosteniendo lo propio contra lo ajeno, la militancia industrial se extendía mucho más allá de la mera reivindicación salarial. El sujeto colectivo trabajador enderezaba su espalda de esclavo y se negaba a bajar la vista. Quería observar y comprender ese panorama al que accedía por primera vez y que las patronales de la empresa privada o el estado autoritario le habían negado. La Tendencia Revolucionaria del peronismo no se quería bajar de esa ventana política, abierta para siempre desde El Luche y Vuelve, anterior a y razón de El Regreso de Perón, por la que espiaba a la propiedad privada de los medios de producción. Esta lucidez es tan potente como la del Internacionalismo Proletario, se decía… Igual, lo mismo, pensaron las embajadas.
Ser expulsado-despedido de la fábrica durante el terrorismo de estado era ingresar a una lista negra que compartían Propulsora Siderúrgica, Kaiser Aluminio, YPF, Petroquímica Olmos, ARS, la UOCRA, PGM, Ferrocarriles Argentinos, y toda empresa de La Plata, Berisso y Ensenada. El destino del compañero caído en desgracia era sobrevivir como mano de obra barata de los subcontratistas de mano de obra, o hacer patito con el orto en la calle más solitaria y hostil que se pueda imaginar: …levantar la voz era morir al toque.
Así se creó la empresa sub-contratista golondrina o fantasma, constituida por oficina alquilada, teléfono, secretaria bonita pero incompetente y empresario siempre ausente. Institución que flexibilizó a la baja salarios y condiciones de trabajo del mismo modo que hoy sucede con los desocupados. Cuestión que la embajada consideraba central para el buen desempeño del capitalismo, que requiere no menos del 5% de la población económicamente activa de desempleo, y La Patria peronista había violentado ocupando al 100%.

El pleno empleo desestabiliza al capitalismo. Sin miedo, el trabajador se hace valer. Sin el hambre ni la amenaza de muerte, el obrero se emancipa, se libera. Y, con las cuentas claras y a la vista, comprende que la facturación de la empresa privada tiene un tercio de costo, otro tercio de impuestos y otro más de ganancias para su dueño. Es decir, que su salario está como parte del primer tercio y la plusvalía de su patrón es todo el tercero. Los directores obreros gramscianos de Juan Domingo Perón sacaron esto a la luz, porque, aunque los laburantes fuesen minoría en el directorio, eran mayoría en la asamblea general de trabajadores.
La información es poder. La estructura de costos de la empresa pública pero también de la privada, la ecuación económico financiera de sus cotizaciones, la proporción de materiales, insumos, mano de obra, energía, impuestos, costo financiero, cargas patronales, multas, premios, seguros, todo, derramó hacia la clase trabajadora gracias a la transparencia peronista que garantizaban los directores obreros. Alarmado, casi en la desesperación, el capitalismo se veía cada vez más desnudo ante sus propios subordinados, los trabajadores. El terror desde 1976 frenó esta consciencia en desarrollo y retrotrajo las cosas al orden conservador previo.
Fueron beneficiarios económicos de la política de estado terrorista, entre otras muchas empresas, Talleres Carini, del homónimo dueño, Instalarsa, del Petiso Cañedo, Coninsa, del Pepino Riccione, Ingeniería Sanchez, del ingeniero de igual nombre, etc. Todos ellos subcontratistas de mano de obra y efectores de la privatización periférica de las empresas del estado, además de flexibilizadores a la baja de salarios, seguridad y condiciones de trabajo en general. De visible operatoria política en un principio, con el tiempo la práctica se naturalizó, al punto que no pocos trabajadores les agradecían el tener trabajo a pesar de su desgracia, de la cual se culpaban a sí mismos más que al gobierno militar o al capitalismo imperial. Así de confuso fue todo.
El sacar mal las cuentas se volvió la práctica de legitimación seudo contable de la subcontratación a ultranza. Comparando obreros en blanco, con cargas patronales, comedor en fábrica, salario familiar, aporte jubilatorio, obra social, vacaciones pagas, ropa de trabajo, medidas de seguridad e higiene, con obreros en negro, desesperados, temerosos hasta de perder la vida, sin ninguna de las condiciones antedichas. Las cuentas truchas eran harto favorables a la subcontratación y contrarias a la mano de obra propia. Igual con los costos fijos de mantenimiento, calidad, ingeniería, edificios, parque de máquinas, es decir, la estructura que permitía contratar el trabajo industrial, que el costeo por absorción cargaba sobre la mano de obra directa propia mediante un ratio indirecto… pero se olvidaba de hacerlo cuando se evaluaba el precio de la subcontratada.

Esta competencia desleal del “out sourcing” respecto de la mano de obra propia era obediente a un modelo norteamericano que las empresa europeas no compartieron. Los cruces entre la General Motors, que tercerizó al máximo su cadena de valor hasta fundirse, con la Siemens alemana, que le adivinó el futuro gratis y en público debate industrial, no tardaron en repercutir en la colonia argentina, mal que le pesara a la embajada yankee. Incipiente pero crecientemente, las empresas privadas de matriz europea empezaron a resistir la subcontratación de mano de obra, que en su caso ya no sería privatización sino enajenación periférica de la cadena de valor agregado. Propulsora Siderúrgica, Kaiser Aluminio y otros actuaron así.
Pero estas decisiones partían de la ecuación costo-beneficio capitalista, no de la voluntad soberana de bienestar popular y engrandecimiento del país, que eran los de la militancia política de liberación. De ahí el reproche a los compañeros que consideraban “serios” a los empresarios capitalistas que no adherían a los Chicago boys de Martínez de Hoz. Confundían una contradicción inter capitalista con la resistencia a la más brutal de las injusticias, la desaparición forzada de personas, el secuestro, la tortura y la muerte, impuesta a sangre y fuego para defender la crematística, la plusvalía, el lucro, la ganancia, el materialismo propietario.
El socialismo nacional argentino había efectuado el trasvasamiento generacional y la actualización doctrinaria correspondientes. Las SyCEs eran la instrumentación argentina, ágil y poderosa, de la propiedad social de los medios de producción. Su razón social, libre y auto determinada, podía incluír o excluír la ganancia como objetivo. Su presencia estratégica en el mercado las hacía creadoras y reguladoras de la tarea, los precios, la calidad. Ese 20% de la población económicamente activa enrolada en el Estado Empresario le bastaba para constituir una suficiente y benéfica hegemonía en el mercado interno argentino. Forzadas desde ahí, las automotrices que hoy importan el 70% de los autos que venden, llegaban al 95% de integración nacional. Esto es, solo chapa del techo en el Fiat 600, y solo el diseño Ghia en el Ford Falcon… Contra esto fue el golpe. El socialismo nacional argentino no solo cacareaba, también ponía huevos.
FATE, Fábrica Argentina de Telas Engomadas, producía calculadoras de diseño argentino. SIAM Electromecánica hacía autos, electrodomésticos y lo que se le pusiese a tiro. Nadie estaba desocupado. El pleno empleo era un hecho materialmente verificable, tanto en la estadística de la producción de bienes y servicios como en la de su consumo. Ni siquiera a ese 5% que los economistas y el capitalismo consideran necesario le faltaba trabajo. El 100% de la población económicamente activa estaba ocupada.
Enojada con la emancipación de la colonia, en 1975 la Chevrolet, la General Motors, abandonó el patio trasero y se volvió a EEUU… nadie se dio cuenta ni lamentó el hecho, más allá de la hinchada de TC. Se dijo desde la derecha que las reivindicaciones laborales le resultaban insoportables. Desde la izquierda no sabían qué decir ni dónde pararse. Desde el peronismo señalaron que lo que era insoportable para Chevrolet la Ford se lo bancaba sin chistar. Y Fiat, Ika, Citröen, Peugeot, Mercedes Benz, Di Tella, Dodge, también.

El terrorismo de estado no derrotó a nadie. Secuestró, torturó y asesinó. Pero no venció. Un ladrón que despoja a su víctima, la roba, pero no la derrota. Un asesino que mata a una persona, le quita la vida, pero no la vence. Es decir que, precisamente por no poder vencer políticamente al trasvasamiento generacional, la actualización doctrinaria y el socialismo nacional, el capitalismo apeló al terrorismo de estado, la doctrina de la seguridad nacional, la geopolítica norteamericana en la Patria Grande del Caribe y la América del Sur.
Si el rol del Estado Empresario argentino no ha sido reivindicado como corresponde, se debe más a sus éxitos que a sus fracasos. Desarrollando proveedores nacionales de alta calidad de insumos, materiales y equipos industriales, calificó para siempre a la pequeña y mediana empresa argentina. La excelencia de sus productos y servicios, la potencia de satisfacer las más rigurosas normas de calidad, alcanzada como abastecedora del Estado Empresario, le abrió a la pyme puertas de mercados que antes se le cerraban.
En este altísimo nivel tuvieron que estar, en el caso del ARS, para ser proveedores de componentes para centrales nucleares, bajo requerimientos de la A.I.E.A., Asociación Internacional de la Energía Atómica, partes de armamentos y buques de guerra, bajo normas A.Q.A.P., Allied Quality Assurance Procedures, de la N.A.T.O., North Atlantic Trate Organisation. Igual en YPF, con las exigencias A.P.I., American Petroleum Institute. O en Ferrocarriles, con las de S.N.C.F., Societé National des Chemins de Fer, y las A.A.R., Association of American Railways. Y así siguiendo. El Estado Empresario era ventana al mundo de la pyme.
Entonces, cuando se desconoce esta realidad del pasado que debe volver a ser, cuando se ignora el alto destino posible para la industria argentina, se desmerece el esfuerzo ciclópeo de la generación diezmada, de la militancia emancipadora de peronismo combativo, izquierda nacional, radicalismo por la liberación, nacionalismo popular. Cuando el terrorismo de estado dejó correr las iniciativas que usurpó, el éxito industrial sobrevino tarde o temprano. Cuando quiso imitarlas (Alm. Massera, Thyssen de Alemania, en el Astillero Domecq García, hoy Alm. Storni) su torpeza, corrupción e incompetencia fracasaron rotundamente.

El esquema de funcionamiento industrial de pleno empleo argentino, conducido desde el 20% del Estado Empresario, elevó el trabajo, la calidad y la facturación a niveles jamás vistos antes. Nadie tenía stock en automóviles, artículos del hogar y consumos por el estilo. La fuerte demanda agotaba las existencias por anticipado, el comercio vendía con plazo incierto y dos o tres meses antes de recibir el envío de fábrica. Y los bienes de capital gozaban de una planificación nacional centralizada por ELMA, YPF, CONEA, SOMISA, FM, SEGBA, YCF, Aerolíneas, Ferrocarriles, todas ellas empresas del estado, coordinadas como SyCEs.
Esto diversificó el perfil de las importaciones argentinas a la baja en valor agregado. En vez de los artículos de consumo que se adquirían antes, ahora aparecían más insumos y máquinas para la industria nacional, creando más empleo y de mayor calidad en el mercado interno del que nunca existió. La demanda de matriceros, torneros, fresadores, ajustadores, montadores y demás oficios de la metalurgia hizo de todos ellos un motivo de bienestar, orgullo y prestigio social… que se hacía sentir en los convenios colectivos de trabajo con pautas salariales en otro tiempo imposibles de imaginar. El obrero industrial se hacía valer.
Pronto, estas potencias internas de la Patria argentina y su Pueblo trabajador, encendieron alarmas imperiales al norte del Río Bravo. En el rubro automovilístico, la indiferencia ante las multinacionales, antes alabadas hasta la obsecuencia, hacía pensar en una reedición agigantada del paradigma Torino y la total sustitución de cualquier marca extranjera por el motivo que fuese. Ya estaban importando apenas el 5% de cada automóvil y la situación tendía a consolidarse. En el rubro energético, la construcción exitosa de partes nucleares más el dominio de las tecnologías de reactores lentos y rápidos por igual, con toda solvencia y un cierto donaire, ponía la construcción de la bomba atómica al alcance de la mano. Consciente y divertida con la alarma que causaba a los servicios de inteligencia propios y ajenos, la militancia decía que, quien puede lo más puede lo menos, y que la bomba era para las centrales algo simple, como una molotov para un mecánico. Ya implantado el terrorismo de estado, siendo el ARS proveedor nuclear de Embalse Río Tercero y
Atucha, se realizaron estudios para la construcción de submarinos nucleares con el reactor hoy conocido como tipo Carem, dado su estrecho volumen de inscripción. Después el Alm. Massera se llevó la inquietud a Tandanor, creando el Astillero Domecq García, consagrado a submarinos y equipado por Thyssen Gruppe de Alemania, con la idea de comenzar por convencionales no-nucleares. Prueba de su iniciativa y consecuente acción industrial, la constituye el hecho de que la planta sigue virgen de toda producción, a medio siglo de creada, y sin las costosísimas máquinas, que habrían emigrado de modo non sancto a Brasil, durante Menem.

No está bien omitir en la memoria, verdad y justicia de lo que pasó en el terrorismo de estado las causas profundas que le dieron lugar. La matanza fue la herramienta de restauración violenta del orden colonial capitalista, que la política del gobierno y las militancias nacionales y populares de la época superaban largamente. Esta realidad no-policial, socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana, es el motivo por el cual los militares golpistas usurparon el gobierno. Con la anuencia de políticos profesionales, empresarios capitalistas y jerarcas religiosos, que sentían amenazados sus privilegios de clase no-trabajadora por la continuidad de la política a manos de una juventud que ya había hecho el trasvasamiento generacional, la actualización doctrinaria y se mandaba, con toda fe y esperanza, hacia el socialismo nacional.
Nada grande se hace sin alegría. Y aquella juventud era alegre, solidaria, comprometida. Decía que iba a hacer las más grandes cosas, y después las hacía. Prometió que iba a traer a Perón de regreso, y cumplió. Anhelaba el pleno empleo para todos, y lo alcanzó apenas recuperada la democracia. Deseaba salarios justos, y los logró cada vez que se lo propuso. Porque era particularmente consciente de que no puede haber hambre en el país de los alimentos. Hoy hay 42 millones de argentinos, el país exporta alimentos para 460 millones de bocas… y, sin embargo, hay gente que pasa necesidades. El propio territorio está sub-habitado en enormes extensiones… pero también faltan terreno y vivienda para gran parte de los argentinos. El país revista en la categoría de sub-desarrollado, casi todo aún está por hacerse… pero, a pesar de ello, falta trabajo. Es decir, la injusticia social, hoy en democracia como ayer en terrorismo de estado, es un objetivo político arteramente planificado y no un efecto colateral indeseado. Por lo tanto, el país no es pobre sino que es empobrecido.
Pero ese empobrecimiento planificado excluye al empresariado capitalista, que tanto fabrica en el país como importa del extranjero, que si no produce especula financieramente, y que se beneficia del temor del obrero, los salarios a la baja, las malas condiciones de trabajo, el 5% de desocupados que el capitalismo asimila al pleno empleo… a números de hoy, aquí y ahora, 1.250.000 desocupados, nada menos. Entonces debería llamarse al banquillo de los acusados a la Sociedad Rural Argentina, la Unión industrial Argentina y todas las instituciones empresarias de aquel entonces que prohijaron el terrorismo de estado para restablecer las condiciones coloniales de injusticia que maximizaban sus ganancias y minimizaban sus costos capitalistas. Sería más memoria, más verdad y más justicia, complementarias de las tan noblemente conseguidas en estos años. Las causales profundas del violentamiento de la democracia de entonces, aún pendientes de registro.
También las embajadas norteamericana e inglesa. También las europeas y la japonesa. También la rusa y la china. Nadie dejó de hacer negocios. La que se perdió fue la libertad política, democrática. No la de mercado. Todos sus agregados comerciales siguieron transando negocios sobre el trasfondo del secuestro, la tortura y el asesinato de los 30.000. La noria capitalista no se detuvo. El terrorismo de estado la protegía. Y a sus márgenes de ganancia también. Porque no fue que justicia social, liberación económica y soberanía política los dejaran afuera. Sino que reducían sus utilidades y su dominio estratégico de los mercados a un nivel justo y equitativo para el código peronista: fifty-fifty, mitad para el capital, mitad para el trabajo.
Esto, y no otra cosa, es lo que les resultó insoportable a la embajada y al pentágono. Porque en su geopolítica imperial, el capitalismo establece que las reguladoras fácticas del mercado colonial son las multinacionales que le pertenecen. La propiedad privada y extranjera de los grandes medios de producción. No la propiedad social argentina. No YPF, no ARS, no ELMA, no SEGBA, no CONEA, no SOMISA. No el Estado Empresario argentino, no las SyCEs, Sociedades y Corporaciones del Estado, no los directores obreros gramscianos que Perón le ordenó a Robledo crear, elegir y respetar en todas las empresas de defensa.
Contra eso fue el terrorismo de estado, contra la máxima socialización posible de un medio de producción, que es la propiedad estatal nacional, que hace dueños del mismo a los 42 millones de habitantes. La llave estratégica de regulación del mercado interno del país. El 20% de los trabajadores que, desde allí, crea y conduce la actividad del 60% de los enrolados en la pyme y el restante 20%, de las multinacionales. Por eso el terror y la privatización periférica a manos del golpismo militar y sus socios capitalistas.

Fuente: Social 21, La Tendencia


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