Sin ofensa ni temor 37: La soberanía ante la moral del amo y el esclavo

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Sin ofensa ni temor 37: La soberanía ante la moral del amo y el esclavo

Columna destinada a mover la cabeza. Si temes hacerlo, no la leas. Reproducimos, el artículo de Marcelo Ibarra*, publicado oportunamente en la Revista “Punzó”, donde se desarrolla la idea donde “a través de la dialéctica hegeliana y la noción de sacrificio batailleana, se propone fundar una ética radical de la igualdad a partir de recuperar la experiencia soberana en la militancia”.
El Editor Federal

I. Farsa y tragedia

Ingresa al bar y saluda a sus conocidos. Su corte de pelo sigue los parámetros impuestos por la moda, la barba dibuja contornos rigurosos de las barberías céntricas, la camisa ceñida al cuerpo, como cualquier estrella hollywoodense en la red carpet, pantalones chupines y zapatos de cuero con punta finita, recién sacados de alguna vidriera. El yuppie se acoda en la barra y pide un trago. Alguien, para chicanearlo, le hace el clásico chiste de “ustedes los peronistas se llenan la boca hablando de los trabajadores, pero viven todos en Puerto Madero”. Él no responde a las provocaciones, esboza una sonrisa y sigue empinando el codo. Su interlocutor vuelve a la palestra diciéndole que “son todos corruptos”, “son todos millonarios” y que, incluso, “la década ganada jamás existió”. El yuppie, finalmente, sube al ring, reacciona, aunque “reaccionar” suena fuerte. En rigor, retruca una respuesta que ha ensayado en su cabeza varias veces, incluso mirándose en el espejo: “¿Sabés cuál es el problema? El problema no es que yo viva en Puerto Madero o que pueda consumir. El problema es que no todos puedan hacerlo como yo”.
Esta escena, que todos hemos presenciado en asados, en comercios, en nuestros lugares de trabajo, en mesas familiares, permite, amerita y habilita una reflexión sobre el rumbo del peronismo. Podría decir sobre la política o la militancia en general, pero me interesa discutir el peronismo, con él, sobre él. Comencemos por un señalamiento incómodo, a riesgo de perder amigos en la vida real y “likes” en las redes sociales: el primer rasgo del peronismo actual es que el cinismo forma parte de su producción discursiva.
No me refiero a una vinculación filosófica con los cínicos griegos, sino al sentido que le damos al término cinismo en su uso cotidiano, como propiedad de un enunciado impúdico, deshonesto, indecoroso, pronunciado con total descaro por parte de un enunciador que descree de la validez de su postulado. El cinismo actual no se limita al yuppie que dice “el problema no es que yo consuma, sino que muchos no lo hagan”. Hoy, el cinismo afecta también a las pretendidas autocríticas de dirigentes, a diagnósticos lúgubres y eslóganes esperanzadores. Toda la dirigencia, dentro del peronismo, incurre en el cinismo desde el momento en que se administra un Estado que genera injusticia social y puede dormir tranquilamente todas las noches con esas estadísticas, como si la imposibilidad de resolver la pobreza fuera un castigo divino y no la consecuencia directa de acciones y omisiones.
Pero volvamos a nuestro yuppie, quien puede ser alguien que cante la marcha y ponga los dedos en “V” para la selfie o bien alguien que agite globitos amarillos al son de “sí se puede”. Su estética es similar, su horizonte filosófico también: la propuesta no sale de aumentar el consumo. Hay cierta simbiosis en estos personajes que los vemos pulular en oficinas públicas —siempre en mesas directivas, nunca en la tropa—, en la conducción de empresas, en altos cargos universitarios (no así en sindicatos, ¿vieron?). La simbiosis es producto del paradigma de la autopercepción, que ya no se limita a cuestiones de género. Hoy, es dirigente el que se autopercibe dirigente, no importa que no conduzca a nadie, que haya sido puesto a dedo, que no tenga armado territorial, que no sume votos, que no articule su militancia con la de otros espacios, que su militancia se reduzca a “pegar un cargo”. Esta es hoy la gran hamartia del peronismo, su error trágico.
El dirigente debe dirigir, sobre todo, a aquellos que no piensan como él, a aquellos con los cuales guarda diferencias irreconciliables porque es, precisamente, en esa alteridad, en esa otredad, donde se produce la construcción dialéctica de la historia. La historia ocurre dos veces, primero como tragedia y luego como farsa. La farsa fue copiar ese “cancherismo” de la estética menemista; la tragedia es que se tornó en la identidad del peronismo.

II. La dialéctica del amo y el esclavo

En uno de los pasajes más potentes de su clásico Fenomenología del espíritu, “Independencia y sujeción de la autoconciencia; Señorío y servidumbre”, Hegel desarrolla la famosa dialéctica del amo y el esclavo. Afirma que “la autoconciencia es en y para sí en cuanto lo es para otra autoconciencia; sólo es en cuanto se la reconoce” (p.113, cursivas originales). Es así que se da la inevitable “lucha de las autoconciencias contrapuestas”. “El comportamiento de las dos autoconciencias se halla determinado de tal modo que se comprueban por sí mismas y la una a la otra mediante la lucha a vida o muerte. Y deben entablar esta lucha, elevar la certeza de sí misma de ser para sí a la verdad en la otra y en ella misma. Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad, se prueba que la esencia de la autoconciencia no es el ser, sino que la autoconciencia sólo es puro ser para sí. El individuo que no ha arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido como persona, pero no ha alcanzado la verdad de este reconocimiento como autoconciencia independiente” (p.115-16).
Dicho en criollo, la lucha entre estas dos conciencias es por el reconocimiento. El amo desea que el esclavo lo reconozca como su superior y el esclavo antepone su temor a la muerte a su deseo de ser reconocido como supremo. Miedo a la muerte antes que el deseo. Por eso el amo logra someter al otro. “El señor se relaciona al siervo de un modo mediato, a través del ser independiente, pues a esto es a lo que se halla sujeto el siervo; ésta es su cadena, de la que no puede abstraerse en la lucha, y por ella se demuestra como dependiente” (p.117-18).
Durante la pandemia, el “temor a la muerte” hegeliano nos inoculó y atravesó a todos. Fue lo más parecido al Apocalipsis bíblico y cinematográfico: salir a la calle se convirtió en sinónimo de arriesgar la vida, reunirse con otros se volvió un peligro, nadie salió de la pandemia convertido en un “superhombre”. A cada uno de los nuestros, “las políticas del cuidado” le surtieron distintas consecuencias, desde querer confinarse, divorciarse o cambiar de laburo.
Pero no podemos dejar de reconocer que, transcurrida la pandemia, cuando la pandemia se convirtió en una “cotidianidad”, la derecha se envalentonó, tomó la calle, quemó barbijos, inundó el espacio público con eslóganes antivacunas. En tanto, el campo popular, el peronismo, la izquierda, siguió respetando a rajatabla los métodos de cuidado. Es decir, la derecha desafió a la muerte, se ganó su condición de amo.
Aquí podríamos caer en el facilismo de culpar al fascismo financiero, autopercibido “libertario”, a los medios hegemónicos, a las corporaciones, a la publicidad y un infinito etcétera, pero dijimos al comienzo que no era la intención “ganar likes”. Desde la irrupción de las redes sociales, de la convivencia con la llamada “realidad virtual”, la sociedad “en red”, el mayor peligro para los movimientos populares no son los autopercibidos “libertarios”, sino el progresismo neoliberal. Este último tiene como única meta alargar la vida a costa de bajar la intensidad. Que la vida no sea tan intensa, que no implique riesgos, ni desafío a la muerte. Una especie de “profilaxis existencial permanente”, ya que siempre hay enemigos afuera, desde el clima, las gripes, la viruela del mono, el contacto con los otros.
Lo que han perdido los movimientos populares, el peronismo a la cabeza, es la épica de otros tiempos, arriesgar la vida, poner el cuerpo, dar “la vida por Perón”. Si el primer rasgo del peronismo actual es que el cinismo forma parte de su producción discursiva, el segundo rasgo es que el peronismo ha perdido la moral del amo.

III. La patria es el nosotros

Con su obra “La parte maldita”, Georges Bataille aspiraba a ser reconocido con el premio Nobel. Sin dudas, que su aporte es más significativo que el de Barack Obama, pero la academia sueca tiene sus caprichos (y si no, observen la preferencia por el investigador de los laboratorios privados Bernardo Houssay antes que el médico sanitarista y hombre del Estado Ramón Carrillo). La tesis de Bataille es que el ser humano produce mucha más energía que la que necesita para subsistir. Produce un excedente con el que no puede hacer otra cosa más que derrocharlo inútilmente. De eso se trata la “dilapidación” y el “gasto improductivo”: la vida es más exuberante que los límites que le impone la utilidad, la ganancia y la conservación.
Bataille recupera de los pueblos “primitivos” la práctica del potlach como núcleo para pensar el pasaje de la economía restringida del capitalismo, que sólo incluye actividades humanas que se rigen por la utilidad y el lucro, a una economía general, que permite dar cuenta de las operaciones de pérdida, lujo, derroche, don. La figura del potlach implica la existencia del gasto improductivo con una función social. Se trata de un regalo, un don, que impone tres obligaciones: dar, recibir y devolver. Aquel que recibía un regalo en clave de potlach era humillado, desafiado y obligado a responder a un rival. Una comitiva podía viajar meses para encontrarse con otra tribu y entregarle un regalo, una ofrenda, sin utilidad productiva. Precisamente, la pérdida pasa a tener una propiedad positiva de la cual derivan el honor, la nobleza, el rango en la jerarquía.
También, en clave de potlach, Bataille analiza la función del sacrificio en la sociedad Maya, ya que este busca restituir al mundo sagrado lo que el uso servil degradó y cosificó. El sacrificio es, según el pensador francés, la forma exterior que asumen las fuerzas excedentes destinadas a la dilapidación; la parte maldita no es otra cosa que las fuerzas excedentes ligadas a la experiencia interior del hombre, ya que su intimidad ya no responde a la utilidad, la ganancia, la conservación. El sacrificio es el punto máximo de la experiencia soberana. En Bataille, la característica fundamental de la soberanía consiste, siempre, en exponer un riesgo, pues, la vida soberana comienza sólo cuando, asegurado lo necesario, las posibilidades de la vida se abren sobre su límite.
La autoconciencia de uno mismo y el reconocimiento de la autoconciencia del otro en Hegel no es otra que la soberanía en Bataille. El camino con atajos, aunque también abyecto, es una autoconciencia sin más, degradada, que eluda la lucha dialéctica, que no desee la búsqueda del reconocimiento del otro, en suma, “autopercibirse dirigente” sin dirigir a nadie, sin trayectoria de lucha, sin conquistas colectivas, sin desafiar la muerte porque, recordemos, “cuando un peronista comienza a sentirse más de lo que es, empieza a convertirse en oligarca”.
La consigna de “recuperar la épica” sólo tiene sentido si las y los militantes estamos dispuestos a enrolarnos en la batalla dialéctica hegeliana de reconocer al otro como dirigente. Y reconocemos a un otro como dirigente solo si él ha desafiado la muerte, si ha demostrado ser “el mejor de los nuestros”, si nos ha dado sobradas muestras de que “no nos va a cagar”, que dará la vida por un proyecto colectivo. No está de más reparar en que “para conducir a un pueblo, la primera condición es que uno haya salido del pueblo; que sienta y piense como el pueblo, vale decir que sea como el pueblo”.
“Recuperar la épica” sólo tiene sentido si asumimos que el sacrificio batailleano cosiste, en política, en que el dirigente lleve a cabo una vida sin especulación, sin el cálculo de llevar a cabo una militancia con el solo objetivo de la obtención de un cargo, sino que sea capaz que dilapidar su existencia en pos de un proyecto colectivo, si asume que “la patria es un peligro que florece”, parafraseando a Marechal, si entiende que debe “renunciar a los honores, pero no a la lucha”, en definitiva, si toda su energía deja de estar puesta al servicio de la noción ganancia y lleva a cabo una vida arriesgada, que es el punto máximo de la soberanía.
Siendo entrevistada por Oliver Stone, en su documental “Al sur de la frontera” (2009), Cristina Fernández de Kirchner afirma que, por primera vez en la historia, los dirigentes de Sudamérica se parecen a sus pueblos.
Habría que preguntarse por qué los humildes, los trabajadores, los precarizados ya no se sienten convocados por los dirigentes yuppies del peronismo, por qué han preferido globitos amarillos o “libertarios” financieros. En clave hegeliana, habría que reformular aquella consigna de “la patria es el otro” por “la patria es el nosotros”, ya que es siempre la soberanía la que irrumpe, una y otra vez, dentro nuestro para encender las alarmas cuando llevamos una vida sin riesgos. Está en nosotros reconocer a uno de los nuestros como dirigente y hacer carne la existencia soberana.

Bibliografía

Bataille, Georges, La parte maldita, Las Cuarenta, 2007.
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich, Fenomenología del espíritu, FCE, México, 1966.
Perón, Juan Domingo, Conducción política, Ediciones Mundo Peronista, 1952.
Stone, Oliver, Al sur de la frontera, 2009. Disponible en línea, cliqueando aquí.

Fuente: Revista Punzó

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