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Sin ofensa ni temor 54: Los Unitarios

Columna destinada a mover la cabeza. Si temes hacerlo, no la leas. Un texto de Vivian Trías que tiene sus años pero nos trae un poco de aire fresco. Las rescatamos de los Cuadernos de la Izquierda Nacional” que solía publicar El Ortiba hace unos años. Peguenle una leída
El Editor Federal

Los unitarios Por Vivian Trías*

A la luz de la arquitectura satelizada que le sirve de fundamento, se comprenden diáfanamente los objetivos y los rasgos del unitarismo.
Su concepción de la unidad nacional consiste en un gobierno centralizado en la provincia.-metrópoli y capaz de imponer al conjunto del país su política económica liberal y pro-inglesa. Procuran la unidad nacional, porque pretenden disponer de todo el mercado interno para usufructuar los beneficios de la libre importación y revender hasta en los más alejados confines, las manufacturas fabricadas en Inglaterra.
Piedra angular de su poder es la dictadura monoportuaria.

A excepción de Montevideo, Buenos Aires es el único puerto de ultramar de la nación y su aduana es la principal fuente de recursos financieros del gobierno (sobre todo después de perder las minas altoperuanas en la batalla de Huaqui).
El punto de vista unitario es que el manejo del puerto y las rentas de la aduana son patrimonio exclusivo de Buenos Aires o, mejor de sus clases dominantes.
Esto significa que la producción exportable de las otras provincias ha de pasar, inexorablemente, por el puerto único y ha de rendir su tributo impositivo en la aduana correspondiente. Lo mismo acaece con el flujo de importaciones destinadas al interior.
Supongamos que un vecino de Santiago del Estero compra un poncho inglés importado y paga por él un precio en el cual, por supuesto, se incluye el gravamen aduanero pertinente. Ese gravamen no se acredita a Santiago, por más que sea un santiagueño el que lo pague, sino a Buenos Aires. Lo mismo ocurre con los impuestos de exportación que abaten el precio real percibido por el productor provinciano (es decir que, en definitiva, es dicho productor quien lo paga, ya que el comprador extranjero se ajusta a cotizaciones internacionales inflexibles).
La dictadura monoportuaria actúa, pues, como una bomba de succión financiera sobre las restantes provincias. Traspasa recursos del interior a Buenos Aires, empobrece al interior para enriquecer a Buenos Aires.
Es cierto que las provincias litorales (Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes) podrían zafarse del escamoteo apelando a sus puertos fluviales sobre el Paraná o el Paraguay, pero Buenos Aires, estratégicamente ubicada en la boca de la red fluvial, cierra su navegación a hacha y martillo y obliga a sus hermanas litoraleñas a pasar, también, por las horcas caudinas del puerto único y señor.
En suma, el objetivo medular del unitarismo es aplicar una política económica liberal; lo que coincide, naturalmente, con los intereses esenciales del Imperio Británico. Para ello pretende someter a las provincias interiores y litorales a la hegemonía de Buenos Aires y armar, en esa forma, la unidad nacional sobre la base de la estructura satelizada descrita.
Instrumento primordial, clave, para alcanzar tales metas es el ejercicio de la dictadura uniportuaria y el usufructo provincial exclusivo de las rentas aduaneras. Las restantes provincias quedan, por esa vía, uncidas, dependientes, supeditadas al manejo del comercio exterior que realizan las clases dominantes porteñas.
Por otro lado, el despojo de las rentas aduaneras hace la opulencia de Buenos Aires y el pauperismo de “los trece ranchos” (como se llamó a las provincias pobres). La política de los unitarios cuenta con abundantes recursos financieros y ello explica que haga la guerra civil con ejércitos de línea uniformados y pertrechados a la europea; mientras el interior pelea con montoneras, lanzas y viejas armas de fuego. No es la guerra entre los “civilizados” y los “bárbaros”, sino la guerra entre los “ricos” y los “pobres”.
Tal infraestructura económico-social del unitarismo se refleja puntualmente en sus concepciones ideológicas y políticas, así como en sus hábitos y actitudes.
La interpretación histórica de las luchas intestinas como un enfrentamiento entre la ciudad europeizada y progresista (“la civilización”), y las sociedades rurales atrasadas y primitivas (“la barbarie”), no es otra cosa que la expresión ideológica de las contradicciones de clases e intereses analizados.
Ni la maestría literaria de Domingo Faustino Sarmiento, ha podido evitar el naufragio de criterio tan endeble como falaz.
Desde el punto de vista político se planteó a los unitarios una paradoja insoluble. De acuerdo a las corrientes demo-liberales inspiradas en los filósofos del siglo XVIII, debieron ser firmes partidarios de la república democrática fundada en el sufragio popular. Pero ello estaba fatalmente reñido con sus metas económicas liberales que causaban, inapelablemente, la miseria de las masas.
A poco andar, se apercibieron de que en Europa era muy congruente la práctica conjunta del liberalismo económico y del liberalismo político, puesto que allí el capitalismo y la burguesía eran esencialmente nacionales y venían a desmantelar al perimido orden feudal.
Pero en los países dependientes y semicoloniales, la burguesía se apoya en el capital extranjero y sirve en la función de explotar a su propio pueblo hasta los últimos extremos. Las contradicciones de clase tienden, de esa manera, a atenuarse en la metrópoli y a agudizarse en las colonias.
O sea, que en éstas el liberalismo económico y el liberalismo político son inconciliables.
Por eso los unitarios involucionaron de sus liminares arrebatos populares de los días de Mayo, a postular gobiernos de élite, abjurando del sufragio universal y terminaron convirtiéndose en monárquicos desesperados a la búsqueda de un príncipe de segundo, o tercer orden, para coronar en el Plata, con tal que trajera recursos suficientes para someter a las masas sublevadas.
La alienación unitaria se extendió a sus preferencias literarias, a su afán imitativo de las modas europeas, a sus costumbres y lenguaje.
Intentaban remedar, en la tierra natal, un mundillo europeizante con el cual soñaban hasta el delirio.
Así se distanciaron tan abismalmente del pueblo y sus necesidades, que éste llegó al odio y al desprecio por los “hombres de casaca negra”.
En conclusión: la solución unitaria a la cuestión de la organización nacional no conducía a la creación de una nación soberana, dueña de su destino y capaz de desarrollarse económicamente, sino a una semicolonia y a esa situación deformante y enajenada que hoy designamos subdesarrollo.

* Cuaderno de la Izquierda Nacional. Dirigidos por Alberto Franzoia. El texto de Trías fue extraído a su vez del libro “Juan Manuel de Rosas” – Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1970.

Fuente: El Ortiba.org

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