Sin ofensa ni temor 55: Los que mataron al Che

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Columna destinada a mover la cabeza. Si temes hacerlo, no la leas. Dando continuidad a nuestro suicidio comercial, e incrementando nuestras ansias de rescate de ideas y personajes que intentaron con mayor o menor suerte que los pueblos de América se liberaran, integraran e independizaran de todo imperialismo, publicamos aquí, una entrevista “no tradicional” respecto de la muerte de Ernesto “Che” Guevara. Publicada tres semanas después de la ejecución del argentino, por la revista “Siete Días”*, la misma tiene la particularidad que fue hecha a los “rangers”, y resulta un testimonio bastante “fresco” de lo que aún no se puede hablar con cierta claridad por los enconos que despierta.

El Editor Federal

Los que mataron al Che

Reportaje exclusivo realizado a los “rangers” bolivianos que abatieron al líder guerrillero. El coronel Selnich dialoga con el “Che”. Los últimos instantes vividos por el guerrillero argentino-cubano.
Al correr de los días, la atención pública se desplaza de la singular figura de Ernesto «Che” Guevara para concentrarse en los parcos perfiles de quienes lo capturaron y le dieron muerte. Siete Días viajó a Bolivia, estuvo con los oficiales y soldados «rangers” dedicados a la lucha antiguerrillera y entrevistó especialmente al periodista Franco Pierini, del semanario italiano L’Europeo, que rastreó las últimas horas de vida del «Che”, llegando a conclusiones que parecen decisivas.

Pierini descarta la hipótesis de que el «Che” haya muerto por desangramiento. Después de capturado, intentó llegar caminando a Higuera, pero tuvo más coraje que fuerzas y fue llevado en andas durante los tres kilómetros que mediaban entre el sitio de la refriega y el centro «ranger”. Si bien Guevara sufría intensamente, su capacidad de dialogar y de discutir no estaba mellada y hasta altas horas de la noche su comportamiento era totalmente distinto del que cabe esperar en un agonizante que se va desangrando. El periodista italiano recogió el testimonio de un soldado «ranger” herido, Benito Jiménez, que yacía no muy lejos de Guevara. Según este soldado, un coronel boliviano de apellido Selnich conversó más de dos horas con el “Che”, montando en cólera muchas veces contra el prisionero, al que reprochaba la muerte de un subordinado muy querido durante un encuentro con la guerrilla. El «Che” respondía con voz calma y no muy audible. En cierto momento, el coronel Selnich le habría dicho «jefe de bandidos” y el «Che” habría replicado propinándole un bofetón cerca de la boca. Esa fue la última acción del guerrillero: poco después llegó la orden de Valle Grande, y en la penumbra ya clara de la noche que concluía se oyó el disparo de revólver que perforó el corazón de Guevara.
Franco Pierini parece convencido de que el «Che” estaba condenado a muerte de antemano. Lo probaría el haber permanecido tantas horas en Higuera sin la adecuada asistencia médica, y el que se haya transportado al hospital de Valle Grande a los soldados heridos y no al guerrillero, pese a que la distancia se mide en veinte cortísimos minutos de helicóptero. Uno de los soldados que se encuentran internados en Valle Grande, Miguel Tanada, dijo ingenuamente al periodista italiano: ‘»El coronel Selnich quiere mucho a sus soldados. Me hizo traer a Valle Grande en lugar del ‘Che’. El mayor (Niño de Guzmán, piloto del helicóptero) quería traer a Guevara, pero el coronel impuso su voluntad después de una discusión”. El mayor De Guzmán niega estas versiones diciendo que «si bien era perfectamente factible trasladar a Guevara a Valle Grande, la orden era llevar a los soldados heridos y las órdenes no se discuten”.
A través del relato que Pierini hizo a Siete Días, surge la bien fundamentada sospecha de que el coronel Selnich fue quien ejecutó a Guevara cumpliendo la orden impartida de común acuerdo por el presidente Barrientos y el general Ovando Candía. Así, no habría sido el comandante de los «rangers” Gary Prado Salmón, como muchos supusieron, el encargado del «tiro de gracia”. Gary Prado Salmón, por otra parte, respondió indignado al periodista italiano que «él era un soldado, no un verdugo”. El joven comandante de los «rangers” es además uno de los muchos oficiales bolivianos que se refieren respetuosamente al “Che” como al «señor Guevara” o «doctor Guevara”; la minoría —entre los que se cuenta el coronel Selnich— manifiesta evidente hostilidad hacia el líder guerrillero, al que prefiere nombrar siempre «jefe de bandidos”.
Pierini ha señalado de paso algunas de las características de los «rangers”. Tanto oficiales como soldados están condicionados para realizar cada uno su tarea específica automáticamente, sin la demora que supone «pensar” una acción.
Cuando Siete Días visitó el campamento donde se entrenan los soldados «rangers” pudo comprobar esta característica. Se crea en la tropa un reflejo de acción-reacción; es simple y es vital para la lucha antiguerrillera. Por ejemplo, se lleva a los soldados a la selva y se hace pasar a distancia una figura: apenas los ojos distinguen el movimiento, ya el fusil apunta hacia “eso” que se ha movido y ya han salido dos certeras balas del cañón del arma. Todo se realiza en escasísimos segundos, de modo que resulta prácticamente instantáneo. El «ranger” es el ideal que el “Che” pedía para el guerrillero: ser una “máquina de matar”.
En un antiguo ingenio, “La Esperanza”, a 80 kilómetros de Santa Cruz, está el reducto en el que los soldados bolivianos aprenden a defenderse de la guerrilla. Los “rangers” no son elementos especialmente elegidos, sino simples reclutas a los que por sorteo les tocó formar parte de las unidades antiguerrilleras. Física y moralmente, tienen los rasgos típicos de los pobladores del altiplano. El 15 de setiembre unos 400 soldados terminaron el curso de seis meses y salieron a luchar: el resultado fue, nada menos, la captura y la muerte del ya legendario “Che” Guevara.
Esta “primera promoción” de “rangers” bolivianos enorgullece a sus instructores estadounidenses, 13 oficiales y 13 sargentos con amplia experiencia en la dura guerrilla asiática. Ralph Shelton, de Tennessee, un oficial que luchó en Laos y en Corea y que pronto dejará de entrenar “rangers” para dedicarse a la política, asegura: «Estos soldados bolivianos son excelentes, y podrían compararse con cualquier regimiento antiguerrillero de los Estados Unidos”. Todos los instructores coincidieron en señalar que las 12 horas diarias de intenso entrenamiento son duras. Sin embargo, los soldados interrogados por Siete Días dijeron: “No es para tanto. . .».
El “ranger” no sólo tiene que convertirse en una máquina de reflejos condicionados que le aseguren la supervivencia y el triunfo sobre el enemigo; debe saber dormir en cualquier parte, comer cualquier cosa, hierbas salvajes y víboras, distinguir las alimañas peligrosas de las inofensivas, marchar borrando sus propias huellas y detectar la menor huella “ajena”. Los jóvenes del altiplano boliviano son ideales para ello; son “aguantadores” al máximo, obedientes e incapaces de hacer o hacerse preguntas tales como: “¿Para qué lucho?”, “¿Para qué lucha mi enemigo?”… A este respecto, el periodista Franco Pierini detectó un total desinterés ideológico en los soldados y en los jefes bolivianos. El mayor Miguel Ayoroa, formado en la Escuela antiguerrillera que los estadounidenses tienen en Panamá para luchar contra la subversión en toda América latina, apenas sí escuchó lo que decía Guevara, explicando: “Son las cosas usuales que dicen los rojos”. Tampoco se interesó por replicarle, por rebatirle sus razonas a fin de imponer la validez de las propias. El lenguaje de las balas basta.
Si esta “primera camada” de “rangers” bolivianos llevó seis meses de preparación, los próximos cursos serán más breves. Por ahora la tropa se entrenará en Bolivia y la oficialidad en Panamá, en esa “Escuela de las Américas” que ya ha formado 22.000 alumnos desde su fundación en 1949, cuando todavía el castrismo no existía, pero ya se agitaba el “tercer mundo” y amenazaba la “guerra fría”.
El conocido periodista francés Jean Larteguy visitó hace pocos meses, justo antes de comenzar la guerrilla boliviana, la escuela antiguerrillera de Panamá fundada por el general Porter, que sigue dirigiéndola desde entonces. “Usted está aquí en la anti-Cuba”, le dijeron. Es la clave de toda la estrategia estadounidense en los territorios al sur del Río Grande, hasta la Tierra del Fuego. El español es lengua oficial; los instructores estadounidenses lo hablan a la perfección y aun entre ellos y estando a solas deben seguir usando ese idioma en vez del inglés. Todos los instructores asistieron a cursos universitarios; tienen nociones de etnografía, de sociología, de historia y geografía; a veces hasta conocen dialectos indígenas. Sobre todo, saben cuidar que no sea lastimada la susceptibilidad nacionalista de sus alumnos. Es cierto que algunos de los tres mil oficiales o suboficiales latinoamericanos que prepara la escuela antiguerrillera de Panamá terminan haciéndose guerrilleros como Yon Sosa, de Guatemala, pero la gran mayoría de ellos sirven eficazmente a los fines propuestos.
Larteguy señala que “contra los 3.000 militares egresados anualmente de Panamá, Fidel Castro sólo cuenta con un millar de guerrilleros en total. Pero cuenta también con 200 millones de descontentos. Claro que por ahora esos 200 millones optan por aguardar un progreso pacífico.

* La nota “Los que mataron al Che”, fue publicada por la Revista “Siete Días Ilustrados” en su edición del 31 de octubre de 1967. Guevara, había sido ejecutado el 9 de octubre de ese mismo año; solo que tres semanas antes.

Fuente: Mágicas Ruinas

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