Sin ofensa ni temor 58: El vertiginoso paquete llave en mano de Pinedo

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Sin ofensa ni temor 58: El vertiginoso paquete llave en mano de Pinedo

Columna destinada a mover la cabeza. Si temes hacerlo, no la leas. La pieza periodística que compartimos hoy tiene 51 años; pero habla de algo que sucedió hace cerca de noventa: el plan que el entonces ministro de Hacienda, Federico Pinedo, que entregaba los instrumentos financieros argentinos a la geopolítica inglesa.

El Editor Federal

La nota que compartimos a continuación fue publicada en la revista “Panorama”, en el número de abril de 1971. No posee a nuestros ojos el carácter de joya periodística, pero sí, anda bien como documento de archivo. Sin jugarse demasiado en la posición política, ordena algunos datos que siempre es bueno tener presentes.

El plan de Pinedo – Oscar A. Troncoso

«Durante el gobierno del general Uriburu, siguiendo una vieja idea que yo tenía en el año 1928 -afirmó Raúl Prebisch en una entrevista periodística- le conversé alguna vez acerca de la necesidad de que el Gobierno Provisional preparara un proyecto de Banco Central para presentarlo al Congreso. Logré convencerlo y el ministro de Hacienda encomendó a un grupo de cuatro personas que prepararan un proyecto que se hizo en la segunda mitad del año 1931. Cuando cambió el gobierno y llegó al Ministerio de Hacienda el doctor Hueyo, se asustó un poco porque esos proyectos habían logrado introducir la idea de la revaluación del oro, de la que no me arrepiento, pero como le pareció una cosa demasiado arriesgada, la dejó de lado».
«Yo actué como subsecretario durante un mes y luego viajé a Europa para descansar, y allí supe que el doctor Hueyo había contratado al perito británico Otto Niemeyer para que revisara ese proyecto. Yo jamás sugerí la venida del señor Niemeyer, por quien tengo gran respeto. Lo conocí en Europa después que él había presentado su proyecto al gobierno argentino y descubrí, con gran sorpresa, que no le habían mostrado claramente la situación; no sabía que el sistema bancario argentino estaba en ruinas».
«De toda la labor realizada por la empeñosa y progresista administración de la que tuve el honor de formar parte -dice Federico Pinedo en su libro “En tiempos de la República”- la más espectacular fue la que tuvo por mira poner límite a los males de la depresión económica producida por la crisis mundial. Creo poder afirmar sin inmodestia, aunque, se halle vinculada a mi propia acción, que la que tuvo efectos más permanentes fue la obra de saneamiento y reorganización bancaria, cuyas piezas principales de carácter estable fueron el Banco Central y la ley de Bancos, complementados por el Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias como instrumento transitorio».
«Cuando el doctor Pinedo llegó al Ministerio de Hacienda -prosigue Prebisch-, me encomendó un nuevo proyecto de Banco Central. Debo aclarar previamente que cuando en 1931 el general Uriburu hizo una declaración en La Nación, abogando por el proyecto de Banco Central, el doctor Pinedo atacó la idea en el periódico Libertad, que editaba el partido Socialista Independiente, y no solamente eso, sino que dio una serie de conferencias en el Colegio Libre de Estudios Superiores contra la creación del Banco Central».
«Como yo era amigo suyo traté de convencerlo de la necesidad de su creación, y como es un hombre de gran talento se convenció y después me encargó ese proyecto a mí. Puedo decirles que el proyecto argentino de Banco Central difiere en puntos fundamentales del proyecto del señor Niemeyer. Esa es la verdad histórica acerca de la influencia del señor Niemeyer y del Banco de Inglaterra en el Banco Central».
«El doctor Prebisch ha tenido la amabilidad de informar al público que gracias a su dialéctica fui sacado de mis errores -ironiza Pinedo-, pues me demostró que los conceptos que dejó enunciados eran los correctos y generosamente me atribuye veinticinco años más tarde, capacidad para haberlo comprendido, lo que, por supuesto, obliga a mi gratitud».
«Se refiere el doctor Pinedo a ideas mías de hace veinte o treinta años -insiste Prebisch- y declara que no está en condiciones de certificar si ellas han existido o no. En realidad, no podría hacerlo, porque el grupo de hombres que él llamó a colaborar a fines de 1933, ya estaba formado de mucho tiempo atrás y había desarrollado su propia forma de pensar independientemente del doctor Pinedo».

«Prebisch fue nombrado gerente del Banco Central por indicación mía -puntualiza Pinedo-. Y hubo parcialidad excesiva a favor del proyecto británico de Banco Central, del cual adoptamos no sólo muchas ideas sino también la fraseología, cuando me pareció que no había en ello inconveniente serio, aunque creyéramos que podían adoptarse a veces mejores textos. Lo hicimos porque no queríamos crear inconvenientes inútiles a la sanción de los proyectos y sabíamos que por una curiosa modalidad del espíritu colectivo, en ese momento se facilitaba la adopción de las iniciativas del gobierno si podíamos presentarlas como coincidiendo en mucho con lo aconsejado por el perito extranjero».
A casi cuarenta años los protagonistas de aquellas medidas económicas del gobierno de Agustín P. Justo, no se ponen de acuerdo sobre su paternidad. Apasionamiento que da una idea del clima que se vivió en la época y de la importancia excepcional de lo que en esa ocasión se resolvió.

Un ministro inflexible

Al asumir Justo, el 20 de febrero de 1932, nombró ministro de Hacienda al doctor Alberto Hueyo, que no era político ni economista, sino un abogado estudioso de las finanzas, en el momento en que la Argentina sufría las consecuencias de la crisis mundial desencadenada en 1929, con el agravante de tener prácticamente agotado el crédito exterior, cerrados los mercados para sus productos agropecuarios, vacilante su incipiente industria y languideciendo su actividad comercial, con elevado índice de quebrantos.
Como medida inmediata, Hueyo solicitó la colaboración de la banca privada para superar las dificultades, que al serle retaceada apeló a los pequeños ahorristas lanzando el Empréstito Patriótico. Logró aclarar en parte el panorama pagando los sueldos atrasados y las deudas a los proveedores del Estado, pero la medida suscitó fricciones y serias resistencias entre sus colegas del gobierno. Dificultades que se agravaban por su temperamento inflexible, porque como estaba convencido de que sus tesis económicas eran las más acertadas para superar la crisis y no transigía con quienes discrepaban con él.
Como las dificultades económicas eran múltiples, «y además porque las transacciones externas de la Argentina, en la proporción de un tercio se encuentran vinculadas al Reino Unido, se vio al ministro de Hacienda argentino golpear a las puertas del Banco de Inglaterra -explica en su libro “La Argentina en la depresión mundial”. La misión enviada tiene a su frente la difundida personalidad de sir Otto Niemeyer, miembro de los directorios del Banco de Inglaterra y del Internacional de Ajustes de Basilea y que ha presidido también la Comisión Financiera de la Liga de las Naciones. Sir Otto ha presentado su estudio sobre la situación argentina; el informe y los proyectos que lo acompañan han de constituir la base de los que el Poder Ejecutivo eleve a la consideración de las Cámaras Legislativas».
El motivo básico de las diferencias de Hueyo con los otros ministros fue la amortización de la deuda. Contra lo que podía suponerse, las tensiones se acentuaron con la firma del pacto Roca-Runciman, porque sostuvo que el acuerdo con Gran Bretaña era desventajoso y en modo alguno compensatorio de las retribuciones que surgían del convenio. También rechazó cualquier tipo de maniobra monetaria, «mi oposición a toda idea de devaluación -afirmó- obedecía a que la moneda argentina ya había sufrido un quebranto apreciable, pese a que durante el período en que me tocó actuar no tuvo una sola oscilación».
Su mandato duró diecisiete meses, y en medio de censuras, Alberto Hueyo renunció el 28 de julio de 1933.

El dúo dinámico

La dimisión de Hueyo y la muerte de Antonio De Tomaso, ocurrida el 3 de agosto de 1933, pusieron al general Justo en la necesidad de reconstituir su gabinete en las carteras claves para el proceso económico. Los conciliábulos fueron largos y recién un mes después, el 20 de agosto, fueron designados Federico Pinedo en Hacienda y Luis Duhau en Agricultura.
Para ambas elecciones el presidente tuvo en cuenta los antecedentes y las opiniones de los especialistas que coincidían acerca de la capacidad técnica de sus nuevos colaboradores. Pinedo se había doctorado en derecho a los veinte años con una tesis que enfocaba las Manifestaciones concretas de socialización del derecho de propiedad; elegido diputado nacional por el Partido Socialista, su diploma fue rechazado por no contar con la edad mínima requerida por la Constitución. Reelecto después de un tiempo, formó parte de la Comisión de Presupuesto de la Cámara acompañando en su gestión a Juan B. Justo. Al dividirse su partido, optó por los socialistas independientes que se embarcaron en una violenta lucha contra Yrigoyen; revolucionario el 6 de setiembre, apoyó posteriormente al general Justo, de quien llegó a ser ministro cuando tenía treinta y ocho años. Por su parte, el Ingeniero Duhau había sido presidente de la Sociedad Rural e integrante de la misión Roca en Inglaterra en calidad de experto.
Mientras Hueyo adoptaba medidas económicas con parsimonia y aseguraba el resultado efectivo de las decisiones que adoptaba. Pinedo acometió con un plan de reformas audaces.
Para defender el precio de los productos agrícolas, especialmente el trigo, el maíz y lino, se creó la Junta Nacional de Granos y para buscar mercados y colocar los productos ganaderos se constituyó la Junta Nacional de Carnes. Completando todos los frentes para resguardar el campo argentino, se dio vida a la Comisión Nacional contra la Langosta, terrible plaga que entonces esterilizaba en gran proporción el esfuerzo en los agricultores, como sucedió con efectos devastadores en 1933.
El reverso de aquellas medidas, que afectó el valor de la moneda, fue puesto de relieve por los socialistas en la Cámara de Diputados cuando se interpeló al ministro de Hacienda. Enrique Dickmann, que llevó a cabo esa tarea, aludió a la baja del peso provocada por los decretos de Pinedo del 28 de noviembre de 1933, dictados sin ley que lo autorizara y sin facultades constitucionales para ello. Leyendo numerosas planillas con datos demostrativos del aumento inmediato sufrido por muchos artículos, importados o no, Dickmann destacó la reducción del poder adquisitivo de los salarios obreros, hecho que ni Pinedo ni Duhau se atrevieron a negar. Este último como excusa afirmó que en la cifra total del comercio mundial la Argentina sólo entraba en un 2 por ciento, lo que representaba, según él, una proporción despreciable.

«Será tan despreciable cuanto se quiera tomada en su valor relativo -contestó Dickmann-, pero para nosotros tiene casi un valor absoluto desde que representa la mayor parte de nuestra actividad. ¡Tan asombrosas expresiones se ven asomar en boca de ciertos librecambistas cuando sus convicciones son sometidas a la presión del ambiente oficial!»

El trust de cerebros

En marzo de 1934 se efectuaron elecciones en todo el país, obteniendo los socialistas en la Capital Federal un rotundo triunfo que provocó desconcierto en los círculos gubernamentales. Estos atribuyeron el resultado a la actitud de los diarios que no informaron debidamente acerca de la naturaleza íntima de las medidas financieras del gobierno, haciéndolo impopular en la Ciudad de Buenos Aires.
Al día siguiente de los comicios, en el propio partido de Pinedo se produjo una grave situación. Los diputados socialistas independientes Augusto Bunge, Carlos Manacorda, Manuel González Maseda y un grupo de afiliados pidieron la renuncia de los cuerpos directivos de la agrupación, porque «una táctica premeditada de desmoralización ha dado sus frutos inevitables en la acción política y en la vida interna del partido, conduciéndolo al decaimiento de su acción propia, y a su disolución de hecho en el Partido Demócrata Nacional de la Capital».
Los efectos de la crisis económica tampoco se habían disipado con las medidas aplicadas por el ministro de Hacienda en sus primeros meses de actuación. Fue entonces cuando tomó estado público la existencia de un trust de cerebros -así lo llamaban los diarios- que asesoraba a Federico Pinedo. Se trataba de un grupo de jóvenes representantes de una concepción menos ortodoxa para encarar las cuestiones económico-financieras, entre los que se encontraba Raúl Prebisch. Ese equipo en menos de dos meses mandó al Congreso seis proyectos: creación del Banco Central, Ley de Bancos, Instituto Movilizador, Ley Orgánica del Banco Hipotecario, Ley Orgánica del Banco de la Nación y Ley de Organización de las instituciones mencionadas.
Niemeyer remitió desde Londres una carta a Pinedo en abril de 1934, documento transcrito por primera vez por Raúl Scalabrini Ortiz en su libro Política británica en el Río de la Plata, señalando la urgencia de la sanción de los proyectos bancarios y monetarios, así como el método a emplear. «En fin, me esfuerzo, en convencerle de que es más fácil en una operación la sanción de todas las leyes, que en varias etapas. Cualquier controversia -le advertía- que se suscite, puede ser tratada con mayor eficacia con un paso decisivo, que por una serie de pasos que prolonga la controversia y que, a causa de ser irresoluto no aseguran los beneficios que es la mira de toda la Nación».
De acuerdo con el consejo de Niemeyer, la sorpresa y la fecha de entrada de aquel manojo de leyes en el Senado (ingreso verificado el 18 de enero de 1935, quince días después que el radicalismo abandonara la abstención electoral) eran dos términos claves para el éxito, y los hechos posteriores certificaron que se aplicó el criterio del experto inglés. Fue en pleno verano, con los legisladores de vacaciones y las actividades generales en receso, cuando el gobierno provocó un debate de tanta trascendencia.
Lisandro de la Torre la señaló admonitoriamente: «Los proyectos en discusión, preparados sigilosamente por el Poder Ejecutivo, fueron traídos a esta Cámara ‘ex abruto’, con la intención de tratarlos en sesiones extraordinarias, convocadas para otros objetos, y se pudo ver desde el principio el deseo de imprimir a su sanción una velocidad vertiginosa. Llegó a pretenderse que se debían despachar y sancionar en 48 horas. Un modus operandi tan extraño -acotó el senador santafesino- sugirió la sospecha de que se deseaba dificultar el debate, y evitar los esclarecimientos amplios exigidos por la trascendencia de los proyectos y por sus notorios proyectos. Finalmente se nos acordaron piadosamente cinco días para estudiar los proyectos complejos que trasforman fundamentalmente el régimen monetario y bancario de la Nación».

Fuente: Mágicas Ruinas

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