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Sobrevolar los Balcanes

Compartimos un interesante artículo sobre los países que integraban la ex-Yugoslavia. La nota fue escrita por Facundo Cruz, y titulada “Referéndums con balas: historia política de los Balcanes”. Le hicimos desde la Redacción algunos cortes, que no han variado el contenido ni restado información. Un muy buen trabajo; útil para quienes no sabemos demasiado sobre esa región y los por qué de su separación; más allá de los treinta años que han pasado desde la guerra.

Redacción

Las elecciones en Bosnia-Herzegovina y en Eslovenia son una excusa para hablar de los Balcanes. Las partidos, los actores y las instituciones. Cómo juegan. El bizantino sistema bosnio. ¿Qué instituciones los gobiernan? ¿De dónde vienen? ¿Qué discuten en política? ¿Quiénes los representan? Y, sobre todo, ¿cómo se llevan?

La historia de estos países y estas instituciones

Muchas veces las cosas comienzan con una guerra. En realidad, con la firma de su paz. No se puede entender cómo funciona la política, las elecciones y las instituciones de Bosnia-Herzegovina (BiH) y de Eslovenia si no rastreamos para atrás lo que se conoció como la Guerra de Bosnia, que tuvo lugar entre abril de 1992 y diciembre de 1995. Entre los múltiples factores que la detonaron se encuentra la disolución de República Federativa Socialista de Yugoslavia, el Estado comunista que existió después de la II Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. Estuvo integrado por seis repúblicas: BiH, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia.

Duró toda juntita mientras vivió Josip Broz Tito, El Mariscal, ese buen mozo señor de cara de pocos amigos que pudo controlar a comunidades con distintas tradiciones, costumbres e ideas políticas. Cuando Tito pasó a mejor vida, afloraron muchos sentimientos nacionalistas al interior de una construcción que había mantenido unida a esas dispares comunidades. El comunismo cayó, el control estatal pasó a descontrol y nació el sálvense quien pueda en la región.

Acá entra el factor religioso. La vieja Yugoslavia agrupaba a bosnios musulmanes (los bosniacos), serbios que eran cristianos ortodoxos y croatas que eran católicos. Sin una autoridad fuerte, las profundas diferencias de cómo veían al otro en términos confesionales no tardaron en aflorar y dominar.

Una cadena de sucesos lamentables fue sumando municiones a un conflicto que ya había empezado con algunos tiros sueltos: las conocidas Guerras Yugoslavas. A comienzos de 1991 líderes de las seis repúblicas que formaban la vieja Yugoslavia comenzaron tratativas para mantener alguna forma institucional que los uniera, pero todos se vetaban entre sí. El juego yugoslavo imposible combinó plebiscitos con balas.

El primer gran salto se dio entre mayo y julio de ese año con la declaración de independencia de Croacia vía referéndum y de Eslovenia, también vía referéndum después de la Guerra de los 10 Días. Macedonia siguió en septiembre con la misma modalidad. Unos meses después, en octubre, el parlamento de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina aprobó un memorándum que refería a la soberanía del país por mayoría simple. Era, en los hechos pero no en la norma, otra declaración de independencia y separación. Los representantes serbios del cuerpo se quejaron al argumentar que un texto de esa magnitud requería 2/3 para ser discutido y aprobado. Poca bola les dieron porque avanzaron y lo aprobaron igual. Ninguneados y despreciados, los representantes serbios proclamaron la Asamblea del Pueblo Serbio de Bosnia-Herzegovina el 24 de ese mes, afirmando que querían permanecer dentro de Yugoslavia, que en ese entonces pasó a llamarse República Federal de Yugoslavia con lo poco que quedaba de ella. Le pusieron un poco de picante cuando en enero de 1992 proclamaron la creación de la República Srpska como unidad soberana separada de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

En este punto, “la apuesta territorial del nacionalismo serbio en Bosnia llegó a su punto máximo” – según cuenta Matías Figal, sociólogo, becario del CONICET y una de las personas que más sabe de BiH-. Nacionalismo potenciado, además, por la existencia de tres partidos fuertes, que le habían hecho frente al comunismo a comienzos de los ’90 pero que ahora se miraban con mucha desconfianza: el Partido de Acción Democrática (bosniaco), el Partido Democrático Serbio (serbio) y la Unión Democrática Croata (croata). “Para el liderazgo nacionalista croata en Bosnia, al igual que para el liderazgo nacionalista croata en Croacia misma, Yugoslavia solo podía llegar a continuar existiendo como una confederación. Al no ser posible, abogaban por la independencia de Bosnia”, amplía.

Fue en el medio de todo esto que apareció la discusión sobre la independencia de BiH, siguiendo los pasos de los tres que ya se habían separado. Pero el panorama acá era mucho más espeso y menos homogéneo que los anteriores. BiH no se percibía como una única nación porque vivían bosniacos, croatas y serbios. Los dos primeros querían la independencia de Bosnia, los terceros quedarse en Yugoslavia.

Comenzó el rosqueo con tiroteo para que cada bando lograra sus objetivos. Una comisión de arbitraje determinó que la independencia no alcanzaba con memos y declaraciones porque no se había celebrado ningún referéndum que le diera sustento. Así fue que entre febrero y marzo de 1992 se organizó uno, con resultado abrumadoramente mayoritario para la independencia. Pero, claro, con un fuerte boicot serbio: participó el 63% de la población, entre 20 y 12 puntos menos que en los otros tres ya realizados. Este escenario sirvió de pretexto para que todo escalara unos buenos escalones más y terminara en el conflicto armado que enfrentó a bosniacos, croatas y serbios entre 1992 y 1995.

Pero, como te dije, vino la paz. Y con ella, reglas e instituciones. En noviembre de 1995 se celebraron los Acuerdos de Dayton. Su promotor fue Bill Clinton, quien logró sentar a las tres partes: el presidente de Serbia, Slobodan Milošević; el de BiH, Alija Izetbegović; y el de Croacia, Franjo Tudjman.

“Se podría decir que todos ganaron un poco y todos perdieron un poco. Pero todos sienten que los otros ganaron más”, detalla Matías. Y aunque todo esto te parezca largo, tiene un sentido institucional actual.

Los acuerdos establecieron la conformación del Estado de Bosnia-Herzegovina (BiH), conformado por la unión de la Federación de Bosnia-Herzegovina y de la República Srpska (la que armaron los serbios). La primera parece más familiar, pero la segunda no tanto. Una parte clave del acuerdo fue reconocer la zona que controlaban los serbios durante el conflicto armado. Así quedaron las fronteras después de la firma. Lo más hermoso de todo fue otro Disneylandia para politólogos: acordaron, tal vez, el diseño institucional más rebuscado del mundo para evitar que volvieran los tiros.

Bosnia no siempre anda

Es un sistema político bizantino donde todos tienen su pedacito de poder. Los Acuerdos de Dayton establecieron que BiH iba a ser en adelante un único Estado con dos entidades constitutivas, pero que jamás iban a poder separarse salvo que mediara un proceso legalmente reconocido y aceptado. Acá es donde aparece la magia de las concesiones. BiH funciona como un federalismo impotente, donde la autoridad central tiene pocas competencias y la mayoría se concentra en sus dos partes componentes. La política real se juega en las entidades, no en el Estado. Estas dos partes constitutivas tienen sus propios gobiernos y asambleas con representación de las tres comunidades. Además de impotente el federalismo bosnio es desbalanceado, dado que tiene 4 niveles en la Federación de Bosnia-Herzegovina (de arriba a abajo estatal, entidad, cantones y municipios) y 3 en la República Srpska (estatal, entidad y cantones). Los cantones son como las provincias o los Estados.

En cuanto al gobierno estatal (el gobierno central) se adoptó una forma tripartita presidencial con esquema rotativo, un banco central y una corte constitucional. De las tres definiciones, la central es la presidencia de tres cabezas: una representa a los bosniacos, otra a los croatas y otra a los serbios. Las dos primeras son electas en la Federación de Bosnia-Herzegovina y la restante en la República Srpska. Son, en cierta medida, las caras de la paz en los territorios que conquistaron y defendieron en guerra. Hay una representación étnica pero simultáneamente territorial, dado que, por ejemplo, un candidato bosniaco no puede ser electo en la República Srpska. Los tres se alternan en períodos de 8 meses para la firma, para las conferencias internacionales y para la botonera. Esta ingeniería requiere una cuota de imaginación. Es como si Ciudad de Buenos Aires, Provincia de Buenos Aires y La Pampa fueran un país, cada una de ellas eligiera a una parte de la presidencia y, al mismo tiempo, tuvieran sus propios gobiernos electos con más poder que la autoridad que los uniera. Sí, bizantino.

Acá, claro, aparecen las maldades de la política. La coordinación entre ellas suele ser compleja. Como todos sus titulares rotan, y como todos representan a una comunidad étnica y religiosa, a la par que lo hacen sobre una entidad territorialmente delimitada, les queda poco tiempo para dejar una marca propia. Con años de divisiones y conflictos, pasan cosas.

Hay dos ejemplos que surgen de la primera entrevista a Matías. Uno es la política exterior, la cual está totalmente descoordinada. Es norma informalmente aceptada que el miembro serbio de la presidencia designa al embajador en Rusia por su histórico vínculo de fraternidad. De la misma manera, el bosniaco lo hace en los países musulmanes que privilegia. Entre las partes se respetan estos intereses, pero de base hay una dificultad sustantiva para coordinar directrices de política exterior común cuando esos intereses chocan. El otro ejemplo es el del veto cruzado. Aunque el gobierno central tiene pocas competencias, cada cabeza tiene firma. Cuando cambian, lo que escribió uno con la mano lo borra el siguiente con el codo, y suelen dar marcha atrás o cambiar la dirección de la decisión. Pensá en un presidente que se levanta un día y veta su propio decreto. Algo así, pero con sustento identitario y regional detrás de esta esquizofrenia institucional. Reglas para la paz, no tanto para la ejecutividad.

Y llegó el turno de las elecciones de octubre en BiH.

Matías puntualiza que “a más de 15 días de las elecciones, aún no finalizó en su totalidad el recuento de votos”. Al sistema bizantino se le suman el fraude, un cambio de reglas electorales el mismo día de los comicios y resultados poco claros en términos políticos. Adicionalmente, solo votó el 50% de la población, cuando generalmente lo hacía entre el 55 y el 60 (llegando al 80% en los ’90). Las discusiones de antaño siguen tallando en la diaria. “Es posible sostener que los principales partidos nacionalistas como la Alianza de Socialdemócratas Independientes (inicialmente moderados, hoy muy nacionalistas serbios), el Partido de Acción Democrática y la Unión Democrática Croata son los que más apoyo electoral obtuvieron. En ese sentido, no hay un cambio sustancial respecto a las elecciones de 2018”, me precisa.

En términos generales, las voluntades electorales las arrastran las candidaturas individuales, sus trayectorias y sus discursos sobre el presente y el pasado, antes que los propios partidos políticos. En todas las elecciones ganadores y perdedores dicen lo mismo: “estamos en la crisis política más grande después de la guerra”. Vox populi. Y a pesar de que el diseño institucional compensa las tensiones generadas pre y durante la guerra, su funcionamiento es trunco.

Matías me detalla que “la última presidencia colectiva (la electa en 2018) se caracterizó por tener de un lado a Željko Komšić (croata del Frente Democrático) y a Šefik Džaferović (bosniaco del Partido de Acción Democrática), y del otro a Milorad Dodik (serbio de la Alianza). Hubo vetos, acusaciones cruzadas de falta de representatividad, de no respetar la ley, y también por supuesto acciones unilaterales, donde uno de los miembros va y hace lo que quiere, sin tener el respaldo de los otros”. Por ejemplo, los encuentros y declaraciones de apoyo de Dodik con y hacia Vladimir Putin.

En este escenario, parece difícil pensar que surja un partido político o coalición que englobe a las tres comunidades, los represente y los defienda en simultáneo. Esto está alentado por dos factores. El primero es histórico, religioso y anclado en los conflictos bélicos de los ’90. El segundo es que el propio diseño institucional consolida las divisiones, las refuerza y las reproduce.

El único punto en común es que en BiH los partidos nacionalistas son fuertes. Casi todos se asumen como tal. Y el electorado los vota. El tema es que son nacionalistas de tres naciones distintas. “Hay tendencia a votar nacionalistas en el electorado bosnio, pero hay un sistema electoral y de gobierno que favorece la nacionalización (o la ‘etnicización’) de las identidades políticas. El caso de la presidencia (tripartita) es claro ejemplo de ello”, responde Matías ante la pregunta incisiva. “Es muy difícil, en caso de que a un partido le interese, coordinar tres candidaturas para los tres miembros. Ante todo, a muchos no les interesa: cada partido nacionalista apunta a su posición. Además, los llamados partidos no-nacionalistas no suelen tener mucho apoyo en la República Srpska”, precisa.

“¿Qué pasa con un judío, un gitano, o un simple habitante de Bosnia sin afinidades nacionales? Bueno, no pueden ser electos a menos que se identifiquen con alguna de las tres nacionalidades ‘constituyentes’. Vale aclarar que hace años la Corte Europea de Derechos Humanos en un fallo sostuvo que este funcionamiento viola la Convención Europea de Derechos Humanos y debe ser modificado. Pero por el momento ese fallo no ha sido aplicado”, cierra Matías Figal, terminante.

Eslovenia votó en abril parlamentarias (y el domingo -por hoy – presidenciales).

Como te conté más arriba, Eslovenia ya tuvo elecciones y ahora le toca elegir a su presidente en unos días. En los papeles es un semipresidencialismo, en los hechos no tanto. La cabeza del Estado dura 5 años en el cargo, es electo por mayoría absoluta con ballotage y pueden tener un segundo mandato consecutivo.

La política eslovena, este año, tuvo un giro de 180°. En las parlamentarias de abril perdió el pez gordo del país, Janez Janša, líder de Slovenska demokratska stranka (SDS, Partido Demócratico Esloveno) y ganó Robert Golob de Gibanje Svoboda (GS, Movimiento Libertad), exgerente de una empresa de energía verde.

Para profundizar hablé con Sebastián Parnes, politólogo de la UBA y especialista en la región. Me cuenta que, en términos históricos, “Eslovenia no tuvo relación directa con los Acuerdos de Dayton. Desde la independencia la política siempre miró al sur del que formaba parte, con una perspectiva para conducirlos hacia la democracia liberal y la economía de mercado. Las relaciones están normalizadas. No es común ver conflictos”, me dice.

Pero sí hubo un hecho relevante que rememoró las balas de los ’90. “En marzo de 2021 se filtró a la prensa un ‘non-paper’ en el que el último gobierno de Jansa sugeriría ‘solucionar todos los conflictos potenciales de los Balcanes’ a través de un redistritado fronterizo. No solo quebraba el marco acordado para Bosnia sino que planteaba la anexión de Kosovo por parte de Albania”, detalla. Fue un escándalo diplomático, que quedó ahí. Por suerte.

En cuanto a la dinámica política-electoral propia, Seba puntualiza: “Eslovenia tiene el sistema más volátil de toda Europa Central y del Este. Como Bulgaria y República Checa. Es común que surjan partidos personalistas o etiquetas de bajo arraigo social que canalizan rechazos en el corto plazo”. Este eje conductor es muy claro en años recientes. La política se ha dividido en tres partes: una de derecha, una de centro liberal y otra de centroizquierda. Las tres con distintos derroteros recientes. “La derecha es mucho más estable dado que hace treinta años domina el sector el SDS. Si bien hubo intentos para competirles, nunca fueron competidores reales. Eso se explica por Janez Janša”, me aclara.

Su carrera ha sido de película. Fue miembro de las juventudes comunistas yugoslavas, héroe de la independencia, se movió a la derecha social y, hace poco, a la populista. Es lo más parecido a Viktor Orbán en Hungría, por agenda, discurso y vasos comunicantes entre ambos. En cuanto al centro liberal, “es muy distinto”, me dice. “La Liberalna demokracija Slovenije (LDS, Democracia Liberal de Eslovenia) desapareció electoralmente luego de gobernar casi 14 años consecutivos. La figura que aparece hoy, después de las elecciones de abril, es Golob”, ahonda.

El nuevo primer ministro de Eslovenia no fundó un partido, lo adquirió. Entró, cambió a sus dirigentes, su nombre y su programa. A él se plegaron otras fuerzas liberales, producto del éxito electoral. Hoy gobierna con socialdemócratas e izquierda, que tienen sus propios problemas. “(Hay) una fuerza emergente y otra tradicional en declive. Lo nuevo es representado por Levica, una unión de partidos neomarxistas asesorados por (Slavoj) Žižek. Del lado tradicional están los Socialni demokrati (SD), en profunda crisis pero claves para que Golob sea PM”, me aclara. Esta división tripartita, sin embargo, tiene una dinámica bipolar. “Jansa o no Jansa, socialdemócratas liberales o derecha radical nacionalista”, suelen marcar la agenda política diaria, me cuenta.

En este clima, el domingo tienen elecciones presidenciales para ocupar un cargo más simbólico que político real. Hay tres principales y un puñado de relleno. “Todos quieren tener su candidato, aunque les de vergüenza decirlo”, me dice Seba Parnes. El SDS apoya al excanciller Anze Logar, que se presentó como independiente sin partido. “Es muy complicado para él despegarse de la figura de Jansa”.

El nuevo gobierno esloveno tuvo sus problemas para rosquear. “El espacio de Golob presentó a Marka Kos, la vicepresidenta del partido, como candidata. Pero duró apenas unos meses, principalmente porque no era una buena imagen para sus socios que los tres principales cargos del Estado estén en manos de un mismo partido. Entonces, llegaron a un acuerdo con los socialdemócratas. El candidato en común es Milan Brglez, europarlamentario por la izquierda tradicional”, agrega. “La tercera candidata es Nataša Pirc Musar, cuyo principal valor es ser independiente sin partido. Es una periodista reconocida, una abogada influyente y que pueda ser la primera presidenta mujer le da un plus sustancial. Tiene apoyo de relevantes figuras políticas nacionales, por ejemplo el expresidente Danilo Turk y el líder de la independencia, Milan Kucan”, cierra.

También hay perlas. Janez Cigler Kralj es el único politólogo en la carrera y un partido de extrema derecha antivacunas (Resni.ca) presenta a Sabina Senčar.

Logar (derecha) pica en punta, pero está a 20 puntos del ballotage. El juego pasa por quién se le va a enfrentar el 13 de noviembre, si Pirc Musar (independiente) o Brglez (oficialismo). Entre estos dos seguro habrá apoyos para evitar que SDS se quede con un pedacito de Estado.

¿Y esto qué nos dice de la política general en los Balcanes?

Para eso hablé con Ruth Ferrero, profesora de Ciencia Política (UCM) y especialista en política balcánica. Los actores políticos suelen movilizarse a partir del conflicto histórico de los 90, usando el nacionalismo que quedó de la guerra para activar militancia, adherentes y votantes. La disputa política, en este sentido, es más bien nacional, no tan regional. Paradójicamente, no hay muchos temas que engloben a todos los países y los involucren en esas disputas. Salvo, como puntualiza Ruth, cuando se activan discusiones de límites y fronteras, o de corte simbólico. “Como el caso de Serbia y Kosovo, por ejemplo, o el caso entre Macedonia del Norte y Grecia. Son más bien puntuales”, me aclara. Este último parece menor, pero no lo es.

Ruth me detalla que “a pesar de que haya un intento para avanzar en clivajes etnonacionales en el seno de sociedades diversas, se hace cada vez más complicado. Es importante no tomar a todos los Balcanes como un todo homogéneo. Los debates no son lo mismo en Bosnia, Serbia o Croacia”. Hubo intentos de lograr un espacio de cooperación regional como el mini-Schengen, “que cuenta con algunas adhesiones, como la de Serbia, Albania y Macedonia del Norte. Pero no han tenido demasiado éxito en su implantación”.

En este escenario, entender a los partidos que hacen la política cotidiana también implica comprender la diversidad de países. Ruth considera que, en esencia, se mantienen los mismos partidos de siempre. Algunos abogan por el nacionalismo étnico (como el caso de Bosnia) frente a otros que son más transversales que plantean una agenda más económica y social.

En el medio de todo este berenjenal hay espacio para el populismo a la europea. “En el caso de Serbia el partido de (Aleksander) Vučić apuesta por un refuerzo de la autoridad estatal por parte del partido, que lo lleva a la construcción de una democracia iliberal similar a la Hungría de Orbán. Esto tiene que ser abordado de manera individual para cada partido. No es lo mismo hablar de Serbia que de Bosnia”, puntualiza. Esto, sin embargo, no implica un avance sustantivo en la consolidación de una discusión política plural y respetuosa en la región. “Hay tímidos avances en términos de la democracia procedimental, pero en términos de la democracia real son realmente mínimos”, cierra.

A 30 años de los primeros procesos independentistas y a 27 del fin de la Guerra de Bosnia, las reglas sin duda evitaron escaladas y guardaron las balas. Queda, en BiH al menos, una cuenta pendiente en términos de eficiencia gubernamental y representatividad efectiva. En una región con credenciales geopolíticas probadas, parece que las instituciones atan con alambre lo que los partidos se esfuerzan (cada tanto) por desatar. Como si otra vez jugaran con fuego. Más.

Fuente: Portal Cenital

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