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Sin ofensa ni temor 92: “¿Habrá lugar para un criollo?”

Columna destinada a mover la cabeza. Si temes hacerlo, no la leas. Compartimos una entrevista a Alberto Buela, publicada por el Centro de Estudios Hernández Arregui, y firmada por Ezequiel Pinacchio* en el marco del denominado Proyecto: “Filosofía y transición democrática”.

El Editor Federal

¿Cuándo surgió su interés por la filosofía? ¿Dónde estudió? ¿Cuáles eran sus expectativas y aspiraciones al comenzar la carrera de filosofía? 

Mi interés nació a eso de los 15 años cuando, aunque no recuerdo bien si fue el cura de San Bartolomé de Chiclana y Boedo o “el filósofo Juan Romano”, así le decían en el barrio, quien me regaló el Criterio de Jaime Balmes y al leer que la verdad es la realidad de la cosa me entusiasme con estudiar filosofía.       

Estudié filosofía en la UBA de la avenida Independencia a la que iba caminando. Si hubiera tenido que ir en bondi no se si hubiese ida porque siempre el dinero estuvo reñido con mi vida. Mis aspiraciones eran como te digo conocer la verdad de las cosas y su esencia. 

¿Cuáles son los pensadores europeos y latinoamericanos que más la influenciaron en sus años de formación?

En la UBA los que más me influenciaron fueron Conrado Eggers Lan y Andrés Mercado Vera, uno en antigua y otro en moderna.  También, aunque ya no estaban Ángel Vasallo y Juan Guerrero. Fuera de la universidad Arturo Sampay, Leonardo Castellani y Julio Meinvielle. Este último me regaló muchos libros. Fue el que le pagó el primer viaje a Alemania a Eggers y a mí me editó mi primer libro El ente y los trascendentales el día en me casé 27/10/72. Era mi tesis que la realicé con Eggers, Massuh y de Estrada.

Me niego a hablar de latinoamérica que es el primer sometimiento al imperialismo, porque en la guerra la semántica es la primera que se pierde. Nosotros tenemos que hablar de Hispanoamérica, de Iberoamérica, de la América Criolla, de Nuestra América (como propuso Martí), de América Románica (como propuso Disandro), de Eurindia (como propuso Ricardo Rojas), etc. pero no, ni nunca de Latinamérica un concepto que hoy es políticamente correcto y expresión del pensamiento único. Es por eso que el marxismo, la Iglesia, el progresismo, el liberalismo y tutti quanti hablan de Latinoamérica.

De los pensadores hispanoamericanos son varios, porque yo estudié en profundidad durante muchos años el pensamiento americano. De destacar fue mi tocayo Alberto Wagner de Reyna, el peruano introductor de Heidegger a la filosofía en castellano. También está en venezolano Ernesto Mayz Vallenilla y los mejicanos Luis Villoro y Antonio Gómez Robledo. El nicaragüense Julio Icaza Tijerino y el uruguayo Juan Llambías de Azevedo, el introductor de Max Scheler, más allá y con mayor profundidad de la que tuviera Ortega.

¿En qué temáticas se interesaba en dichos años?

Y calculen ustedes, estando Eggers y Mercado en la Universidad la temática para mí era la filosofía antigua y la moderna. En la antigua Platón y Aristóteles, y en la moderna Leibniz y Hegel.

¿Cómo se produjo su inserción profesional en el campo filosófico, tanto en la docencia como en la investigación y en la participación en congresos y publicaciones? 

Hubo en 1972 un concurso público, salió publicado en Clarín y La Nación un domingo, para un profesor de humanidades y otro de ciencias en la reciente Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y allí me presenté y lo gané porque no se presentó nadie. En ciencias lo ganó un norteamericano Coorning que era matemático y estaba de viaje.

Allí me quedé unos años hasta que entré en el CONICET junto con Alberto Gorrini, que era de mi barrio y compañero del secundario, con una beca de iniciación dirigidos por Ricardo Maliandi, quien recién había llegado de Venezuela y había tomado la cátedra de ética. Realicé trabajos sobre Hegel donde surgió mi libro “Hegel: derecho, moral y Estado” que lleva por subtítulo “La génesis de la idea de comunidad organizada”. Y que Mercado Vera en carta dijo sobre él: “es el libro que yo hubiera querido escribir”. Gorrini hizo estudios sobre Sartre y fue uno de los primeros desaparecidos de la Facultad de Filosofía y Letras.

Renuncié al CONICET porque me enteré que todos nuestros trabajos iban a parar a un cajón y nadie los leía. Ni Maliandi los leía. Me fui a la Universidad Nacional de Mar del Plata y allí me agarro el golpe de Estado del 76.

No pude viajar al segundo Congreso Nacional de Filosofía de 1972 en Córdoba, pero envié una comunicación sobre “América como lo hóspito” que fue muy bien recibida por el profesor cordobés Nimio de Anquín. A quien después conocí. También participé del primer congreso nacional de estudios clásicos de enero de 1974 en Resistencia donde envié una comunicación “Corruptio optima pessima est”. Allí conocí al latinista Alberto Disandro y sus tesis sobre la sinarquía y el poder mundial y a la excelente helenista chaqueña María Luisa Acuña, traductora del Protágoras de Platón.

A los pocos días se produjo el Golpe y una plancha de plomo se posó sobre la inteligencia argentina. Todo pasó a hacer la plancha para no ahogarse. A mi me expulsaron y me dediqué a otra cosa como herrar caballos. “Marechal ferrand on dit”; en francais queda mejor.

¿Qué tipo de debates se daban en torno al rol de los filósofos en dicha época? ¿Cuál era su posición al respecto?

Alrededor del 72 comienza el tema de la filosofía de la liberación que era un poco hija de la teología de la liberación que venía desarrollándose un poco antes desde Medellin de 68. Como ustedes saben la corriente de la liberación tiene dos ramas: una popular y otra marxista. Yo por influencia de Eggers, de Rodolfo Kusch (fue mi profesor de alemán en la Uba) y de Nimio de Anquín me inscribí en la primera, donde estaba Casalla, Maresca Chaparro, de Zan. En la marxista se enrolaron Dussell, Cerutti Gulberg, Roig y otros.

Pero al poco tiempo comenzamos a cuestionarla, sobre todo por los trabajos de don Nimio sobre la singularidad americana que nos despertaron del sueño dogmático de la izquierda cristiana, y con Maresca, Máximo Chaparro hicimos rancho aparte. El argumento de Silvio Maresca fue contundente: ¿si hacemos filosofía de la liberación hacemos filosofía contra alguien, es decir, no hacemos filosofía sino ideología? Dejamos de hacer filosofía sin más. Y comenzamos a partir del escrito de don Nimio “El ser visto desde América (1953) a plantear los temas. En mi caso los planteos sobre la identidad, que me llevaron a por el ser de América, el tiempo americano, América como lo hóspito, la idea de ecúmene para terminar en el pensamiento alternativo a lo dado y la teoría del disenso. A Maresca por el tema de la singularidad americana (trabajo que, lamentable, nunca terminó) y a Chaparro por la educación para ser nosotros mismos (tiene dos libros). En fin es muy largo de explicar.

¿Qué consecuencias tuvo para el campo filosófico y para el rol social de los/as filósofos/as el golpe de estado de 1976? 

Ya les digo fue una loza de plomo sobre la filosofía en y de Argentina. Dejamos por unos años de producir. Ningún filósofo argentino que se precie de tal escribió nada. Como ejemplo recuerdo que a causa de un mini congreso organizado en Córdoba visité al profesor Alberto Caturelli, nada peronista y más bien pro milico, y le comenté “Profesor leí su bibliografía y usted no publicó nada entre 1976 y 1980. Y me respondió: “Y que quiere Buela, estaban los milicos”.

¿Cuáles fueron las particularidades del nuevo escenario filosófico que se abrió con el retorno de la democracia? 

El escenario filosófico lo ocuparon los radicales con algunos popes que venían del golpe del 55 como Klimosky. Crearon sociedad de filosofía desde donde organizaron el tercer congreso nacional de octubre de 1980 y todos los restantes hasta que se jubilaron. De Olaso, Guariglia, Klimosky, Rabossi, Nino y otros. Todos a la sombra de un liberal y gorila empedernido como Víctor Massuh que por entonces era secretario general de la UNESCO.

Y no es que quiera hablar mal de Massuh pues fue muy bueno conmigo. Primero en su cátedra conocí a mi mujer con la que llevamos juntos medio siglo y segundo, me sacó de una comisaría parisina cuando en la guerra de Malvinas quemé la bandera del consulado inglés en París.

Unos años antes de fallecer cenamos dos o tres veces juntos en la casa de Blanca Parfait la segunda mujer de Adolfo Carpio, un prócer de la UBA a la sombra de Francisco Romero y su funesta idea de “la normaliad filosófica”. Esta normalidad sostiene que para hacer filosofía hay que hacer el cursus honorum desde Ayudante a Jefe de Trabajos Prácticos y de Adjunto hasta Emérito; estar al día con todas la publicaciones que haya y contactarse con todos los profesores, preferentemente, europeos y norteamericanos posibles. Pensar los temas que uniformemente se piensan y actuar con los modales de uso.

En una palabra no sacar los pies del plato, para poder conseguir todas las becas y canonjías que se presentan. Y así llegar a y jubilarse y tener un buen pasar. Eso sí, de pensar con cabeza propia, ni por casualidad.           

¿Qué autores se leían y cuáles se dejaron de leer?

Me volqué a la lectura de filósofos argentinos como de Anquín, Diego Pró, Manuel Casas, Juan Sepich, Héctor Raurich (a quien nunca dejaron ejercer en la UBA y se refugió en La Plata), Miguel Ángel Virasoro, el primer metafísico argentino, Juan Luis Guerrero, el que descubrió primero a Heidegger, escribió el primer sistema de estética en castellano y rechazó la instalación en Buenos Aires de la Escuela de Frankfurt. Y seguí con mis lecturas europeas de Heidegger, Scheler y Brentano (autor que nunca se dictó en la UBA claro está, fue el crítico más despiadado y contundente de Kant).

Dejé de leer a Sartre, a Marcuse, a Fanon. De los nuestros no leí más a Fatone, a Imatz, a Dujovne, a Dussell y a todos aquellos que se fueron sumando al pensamiento único.

¿Qué temáticas se privilegiaron en las investigaciones y publicaciones?

No puedo hablar de todas. Pero siguieron con cierto rigor gracias a don Eugenio Pucciarelli los Cuadernos de Filosofía de UBA que había fundado Astrada. Se privilegiaron los trabajos sobre filosofía del lenguaje, de las ciencias y analítica. Y cada tanto se las matizaba con trabajos sobre Kant y Hegel.

En los 90 comenzó la lectura torcida de Nietzsche que Silvio Maresca denunció. Y la troica francesa de Foucault, Deleuze y Derrida, no teniendo en cuenta a un metafísico de la talla de Pierre Boutang (el sucesor de Levinas en la cátedra de metafísica de la Sorbona y autor de Ontologie du Secret, sucesor natural de Sein und Zeit) o un investigador como Pierre Aubenque.

La imitación fue galopante. Nosotros creamos la revista de filosofía y metapolítica Disenso que se editó por un lustro 1994-1999 y donde colaboraron en todos los números pensadores iberoamericanos y europeos, junto con nosotros.

¿Cuáles fueron las principales revistas científicas?

Para mi Cuadernos de Filosofía, pero la principal y de mayor difusión fue la de la Asociación filosófica argentina de análisis filosófico, con su revista Latinoamericana de filosofía que se manejaba al margen de la Universidad, pero con dinero del Estado. Quienes con el gobierno de Alfonsín se apoderaron de todo.

Testimonio de la profesora Celina Lértora del Instituto de pensamiento a argentino e iberoamericano: “PD te explico la frase final: fueron dañinos porque al confundir y ligar la política a la filosofía, no dijeron «vamos a echar del CONICET, de la UBA etc.- a los que no sean radicales, que es la única posición política válida», sino «vamos a echar, con fundados argumentos académicos, a los que no sean analíticos que es la única posición filosófica válida». Y eso lo sufrimos todos, radicales o no, más allá de la política.”

¿Cuáles fueron las principales fuentes de financiamiento de las investigaciones?

Todo el período de Alfonsín, Menem, de la Rúa que está marcado el radicalismo filosófico, como no podía ser de otra manera, está bancado por los aportes del Estado. Pues no hay que olvidar lo aquello que caracteriza a un dirigente radical: es que siempre, pero siempre está a treinta metros de la tesorería del Estado. Los dirigentes peronistas son distintos, ellos se caracterizan por correr raudamente en auxilio al vencedor.

¿Qué transformaciones se produjeron en términos institucionales en las universidades en lo que respecta a los planes de estudio, las cátedras, los concursos, etc.?

No sé porque a mi me marginaron en el 76 y cuando me incorporé en el 84, como doctor por la Sorbona, me declararon todos los concursos desiertos. Lo fue a ver a entonces decano, el cordobés Rodríguez Bustamante y me respondió: “qué quiere Buela, usted es peronista”. Y me recomendó que me fuera al interior o al exterior.

¿Qué debates y posiciones existían en torno  del rol social de los/as filósofos/as?  

Después del 76 no se plantearon estos debates.  Como les dije, los años 80 y 90 fueron dominados por los analíticos y solo aparecieron algunos trabajos sobre ética con Maliandi, quien estaba en matrimonio con ellos, en fenomenología con el rosarino Roberto Walton y en filosofía en Argentina, con el chaqueño Diego Pró y el cordobés Alberto Caturelli. Todo lo que hizo Oscar Terán en la UBA sobre filosofía argentina fue copia ideologizada.

¿Qué tanto explica la transformación del campo institucional acontecida en los ochenta el estado actual de la filosofía argentina?

No sé

Considerando que siempre fue un espacio con mucha participación de estudiantes y sin embargo su acceso a cargos académicos y de gestión fue más tardía, ¿cómo vio este problema durante sus años de participación universitaria como estudiante y cómo docente? ¿Cómo piensa que se fue modificando?

Participé como estudiante creando una organización que se llamó Sindicato de filosofía en donde nos enfrentamos con el marxismo, los liberales y la indiferencia de la masa silenciosa. Nuestro lema era: “No ser un espejo opaco, que imita e imita mal”. “Pensar con cabeza propia”. “Privilegiar el estudio de los pensadores nacionales”. En este último sentido estuvimos con Arturo Armada, Argumedo, Nesprías y otros en la creación de “las cátedras nacionales.”

¿Cómo piensa que se fue modificando?

Cuando desaparece del discurso político, tal como lo anunció Dante Caputo, el canciller de Alfonsín, la idea de soberanía.  Desaparecieron los ideales y la idea de política autónoma. ¿Para qué luchar? Los gobiernos liberales de Menem y de la Rúa fueron, con variables, una continuación del de Alfonsín. Seguimos haciendo “la plancha filosófica” donde el ideario fue viajar al exterior y conchabarse con las mejores becas y cargos.

A comienzo de los 2000 se produce el gran cambio tecnológico, aparecen el Internet y el viagra. El viagra de los dejo a aquellos que se “autoperciben jóvenes”, aun cuando sean unos viejos decrépitos. Y con el Internet aparecieron los pseudo filósofos mediáticos más interesados en figurar y tener fama ofreciendo soluciones de bolsillo, que filosofar. Y así se sucedieron en la TV hasta el día de la fecha los Feinmann, Forster (nadie sabe en la UBA de dónde salió), Abraham, Aguinis Madanes, Rozitcher (el hijo de León, asesor de Macri), Kovaldoff, Wiñasky, “Strukembuker” o como se diga (Maresca lo llamaba Dionisio, porque en un último libro confunde al dios griego Dioniso y lo rebautiza como Dionisio).

Me pregunto, ¿habrá lugar para un criollo?

*Publicada el 6 de junio de 2023.

Fuente: Centro de Estudios Hernández Arregui

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