Ley de humedales y resignación colonial

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Ley de humedales y resignación colonial

Nuevo proyecto de ley de humedales (el cuarto). La resignación no cambia su rumbo: siempre es mejor cuidar del pelotazo a los geranios del jardín, que planificar el jardín y que los nietos jueguen en el campito…
Por Pablo Casals
La noticia como noticia, es vieja. Pero la importancia del hecho esta en algunas de sus implicancias. La semana pasada, el Diputado Nacional del Frente de Todos, Leonardo Grosso, presentó nuevamente el proyecto de Ley para regular y proteger los humedales.
Entre los puntos salientes de la iniciativa se encuentran la penalización de los incendios intencionales en dichos territorios; crear un Inventario Nacional de Humedales, para mapearlos y estudiarlos; y regular “la aplicación de sustancias contaminantes, productos químicos o residuos de cualquier origen”.
Desde la cartera de Ambiente consideraron a la medida como “necesaria”, por lo imprescindible de una herramienta legal sobre la cual desarrollar una política respecto de los humedales. Sectores ecologistas apoyaron la misiva de cara a que se constituya una “institucionalidad ambiental”, que proteja y se aboque a esos territorios que constituyen “el 21% del territorio nacional, con definiciones y objetivos concretos en cuanto a su preservación y restauración, su uso racional y sostenible, y el reconocimiento de su identidad y su valor”. La sanción de la ley, también es reclamada por organizaciones de la sociedad civil, entre ellas Greenpeace, Amnistía Internacional, la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), Eco House, entre otras.
Lo que llama poderosamente la atención del proyecto y de su campaña de difusión, es la resignación colonial que la misma encierra.
Hay una realidad incuestionable: el modo de producción agropecuario instaurado en Argentina desde mediados de los ’90 – y su paquete tecnológico mediante -, genera que año a año las cosechas y los rendimientos deban ser mayores; que los granos y oleaginosas resistan más tiempo en su almacenaje; y sean más versátiles en términos industriales.
Para que esto pueda suceder, se necesita asimismo, ampliar cada vez más la frontera agrícola. Esto es: aquellas tierras que no se cultivaban, ahora sí se cultivan; los suelos que no eran aptos para cultivo intensivo, con químicos se adaptan a esa necesidad; y podríamos seguir enumerando motivos.
A cambio del paquete asumido, los distintos gobiernos desde entonces adoptaron lo que llamamos una mirada fiscalista de la producción agropecuaria, que parece basarse en esta frase argumental: “el modelo de producción está entre nosotros y no podemos hacer nada contra él; veamos que podemos conseguir de él”. Y desde 2005 a esta parte que la discusión por los márgenes, las rentas y arriendos y los impuestos relacionados con el agro, van y viene todos los días frente a nuestros ojos por los medios de comunicación.
Más de 140 millones de toneladas al año salen de nuestros puertos hacia el mundo, y la única idea que se les cae es cobrar impuestos sobre las exportaciones, sin siquiera poder desvincular el precio interno con el internacional. El colmo de la resignación colonial. Lo único que parece oponérsele, es la propuesta – ridícula por el fracaso rotundo que porta – de cancelar el modelo productivo por otro “agroecológico” de escala extensiva… la huerta de mi mamá, pero grande, en el país de la comida.
Un modelo de agricultura de campesinos urbanos, en un país sin campesinos. En Argentina hay productores agropecuarios no ciervos de la gleba… ¡Brutos! O cómplices…
Porque tanto el modelo vigente, como su reemplazo disparatado, son las dos caras de la resignación colonial: “hay un monarca llamado X (ponga el nombre de la multinacional que más le guste) que manda sobre nosotros, un puñado de perros gregarios que lo obedecen, y centenas de miles de productores que bailan las cueca que toca, porque hay que seguir viviendo y no responden a nosotros”. Entonces cobrémosle algún peaje y tengamos comidilla asegurada. La otra cara nos dice que es tan poco seria la propuesta, que mejor que sigan las cosas como están.
Y así crece la resignación colonial
Sin embargo hay otra opción, y la ley de humedales puede ser un hermoso trampolín para la discusión y la pelea que debería darse: planificar la producción agropecuaria en función de las necesidades de alimentos de los argentinos y de las necesidades de quienes trabajan en relación con el mundo agropecuario; sin perder de vista que la tierra en Argentina es un factor estratégico en términos geopolíticos: quien decide sobre el territorio, tiene el poder.
Si se utilizan las herramientas estatales para la planificación, producción y comercialización de los frutos agropecuarios del país, no haría falta una ley de humedales, o las de protección de bosques nativos, o la de los caminos de sirga. El trabajo y su desarrollo en dirección a la satisfacción de las necesidades conjuntas, moviliza por si misma las fuerzas productivas.
Argentina produce alimentos para once o doce veces más su población: Nadie debería tener hambre o pasar miseria. La facturación de los productores sería más alta y equitativamente distribuida, si se ejerciera el comercio exterior por parte del Estado Argentino: solo hay que planificar la producción en base al territorio y a nuestros intereses. Y no al revés como ocurre ahora.
Por tanto, la ley de humedales será una normativa importante y necesaria para el pueblo argentino, si el Estado Nacional toma las riendas de resolver sobre la producción, su planificación y su facturación. De lo contrario será una prédica de abuela: “jugá con la pelota y no me rompas las plantas”…
Pero la pelota endemoniada siempre azota contra los geranios, y la nonna nos mira resignada…

Fuentes: Télam

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