Limones a las vacas y tomates a los chanchos

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El pueblo se amarga porque tiran la comida. Un crimen intolerable. Pero también es un llamado de atención, o en algunos caso un grito desesperado. No le vemos uñas de guitarrero al nuevo “presidente real”, como tampoco se las vimos al “mandatario simbólico”. Lo que sigue pretende invitar a pensar.

Por Pablo Casals

Desde que el modelo extractivista agropecuario se hizo definitivamente hegemónico en Argentina, allá por 2005, las denominadas economías regionales han ido decayendo en volumen, resultados, rindes, facturación y territorio. No hay una sola razón para explicar el fenómeno; pero sin embargo, la mayoría de ellas confluyen en las disparidades, desacoples y lógicas de funcionamiento de las cadenas de valor regionales, que han pretendido en su mayoría apostar a la exportación y proveer con lo justo y necesario al mercado interno.

Esta dinámica como era de esperarse, sirve para no dejar huérfano al circuito interno de la mercadería, pero asimismo – por efecto de su forzada escasez – se intenta “equiparar” el precio interno con el de exportación.

Según pasan los años, las economías regionales van en franco deterioro, mientras se incrementan sus niveles internos de concentración de la propiedad y de comercialización; en una danza en reflejo con el avance de los denominados commodities de escala global que Argentina produce. Claro está que un productor de limones en Tucumán, o naranjas en Entre Ríos, o manzanas en Rio Negro, no podrá igualarse en producción y facturación con un pool de siembra que explote campos en Pergamino y Casilda.

Desde el Estado nacional, salvo excepciones extremadamente excepcionales, la mirada está puesta en “lo fiscal” que promueve el sector. La diferencia entre producir manzana o soja, se mide en términos de espesor de los subsidios a la actividad, saldo exportable, facturación FOB. Lógicamente, cualquier funcionario dirá que esto no es así, pero hace por lo menos 17 años que ocurre así. Así nos encontramos que el sector gubernamental desconoce la dinámica general de la actividad del pequeño productor; sus costos; sus buenas y malas tradiciones; y las vinculaciones posibles. Por ello, las alternativas ofrecidas a las regiones suelen ser “te ayudo a exportar si no podés; el precio en verdulería o en la industria es éste; y tomá unos pesos por su cae granizo o llueve poco”.

Entonces, un día, el argentino ve por televisión que en Corrientes le dan el tomate a los chanchos, o en Salta los limones a las vacas. Más allá de las especulaciones y pretensiones del sector – cobrar por la soja como si fueran gigantes del acero, o el tomate al precio de exportación -, hay tres puntos que siempre son coincidentes, recurrentes y que revientan al más chico:

  1. el flete interno, los gastos generales y los costos de exportación los termina pagando el productor más chico;
  2. todos los gastos y factores que el productor debe atender para sacar la campaña adelante, están cotizados a precio internacional, no existe referencia de mercado interno, ni ejercicio de la actividad que marque un camino distinto;
  3. las negociaciones con el organismo estatal se asemejan a la negociación con la exportadora: “¿a cuántos dólares me tomas la producción para fijar el precio de referencia”. ¿Y qué hacen los cráneos ministeriales? Miran los precios de Chicago, Kansas, Londres, la Bolsa de Rosario, o contratan una consultora “amiga”. El Estado Nacional, no hace costos.

Así, cuales niños que están aprendiendo a caminar, los precios se levantan y se caen en función de una cantidad de elementos que nada tienen que ver con el trabajo agropecuario propiamente dicho. Un productor de limones no puede levantar su cosecha porque no alcanza a pagar la mano de obra de recolección y el flete interno tranquera afuera; para eso, deja que se caigan, los mezcla con maíz y se los da a las vacas.

El tomate correntino, o la verdura de hoja mendocina, deben usar el precio de referencia que establece el Mercado Central de Buenos Aires, pero a 600 o 1.300 kilómetros de distancia. De yapa, no se trata de una entidad que posee información de rindes, stocks y condición promedio de maniobra estiba. No se trata de una entidad, que desde su centralismo, operativiza costos y “banca” servicios para el resto del territorio. No. Solamente ha incorporado la tecnología de dispensar subsidios a los productores quinteros radicados no más allá del anillo de la Ruta 6.

Tampoco posee efecto concreto el renegar contra la oligarquía terrateniente. Quejarse, siempre se van a quejar; y jamás responderán a la conducción en términos productivos del Estado. A menos que el Gobierno de turno obedezca los designios de quienes conducen a la denominada oligarquía: ya no es Inglaterra; ahora son los consorcios internacionales de comercialización de granos + compañías navieras + bancos internacionales + agencias de seguros y calificación.

“- ¡Ahhh! Los de toda la vida…” – dirá algún viejo conocedor de estas cosas, al que jamás van a convocar para que las explique al que resuelve y les haga los números. Ese, no tiene una consultora.

Por lo tanto urge que el Gobierno Nacional sepa cuánto vale producir cosas: comida, ropa, tornillos, ruedas. No todo se trata de una bolsa de guita, diseño gráfico, y redes sociales.

Existe una Argentina real, de mujeres y hombres de trabajo. A ella de deben.

Fuente: El Tribuno / AgroNOA

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